Primero, un caso leve; luego, un aluvión de miseria

Pam Belluck
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A patient showing the symptoms of the coronavirus lies in a bed while waiting for a test result in an emergency room at Providence Holy Cross Medical Center in the Mission Hills section of Los Angeles, Tuesday, Dec. 22, 2020. (AP Photo/Jae C. Hong)
(AP Photo/Jae C. Hong)

En el otoño, cuando contrajo un caso leve de COVID-19, Samar Khan esperaba recuperarse y regresar a su dinámica vida previa en Chicago. Después de todo, solo tenía 25 años y estaba sana.

Pero, semanas después, dijo, “comenzó a aparecer una extraña constelación de síntomas”.

Khan empezó a tener visión borrosa rodeada de halos extraños. Experimentó zumbidos en los oídos y todo le empezó a oler a cigarrillos o Lysol. Comenzó a sentir un hormigueo en una pierna y sus manos le temblaban cuando se ponía delineador de ojos.

También desarrolló una “‘niebla mental’ realmente intensa”, dijo. Al tratar de concentrarse en una llamada de su trabajo en servicios financieros, Khan sintió como si acabara de salir de la anestesia. Y durante un debate sobre política que tuvo con su esposo, Zayd Hayani, “no recordaba lo que estaba intentando decir o cuál era su postura, comentó.

Para finales de año, Khan había sido remitida a una clínica especial para síntomas neurológicos relacionados con COVID-19 en el Northwestern Memorial Hospital en Chicago, el cual ha estado evaluando y asesorando a cientos de personas de todo el país con problemas similares.

La clínica, que atiende a unos 60 nuevos pacientes al mes, en persona y por telemedicina, ha publicado el primer estudio centrado en síntomas neurológicos a largo plazo en personas que nunca estuvieron lo suficientemente enfermas a nivel físico de COVID-19 como para necesitar hospitalización, como Khan.

El estudio de 100 pacientes de 21 estados, publicado el 23 de marzo en The Annals of Clinical and Translational Neurology, encontró que el 85 por ciento de ellos experimentaron 4 o más problemas neurológicos como confusión mental, dolores de cabeza, hormigueo, dolor muscular y mareos.

“Estamos viendo que a personas que son en realidad muy funcionales, acostumbradas a realizar múltiples tareas al mismo tiempo de manera constante y que están en la plenitud de sus capacidades, de repente todo les cuesta y es una dura lucha para ellos”, señaló Igor J. Koralnik, jefe de enfermedades neuroinfecciosas y neurología global del Northwestern Medicine, quien supervisa la clínica y es el autor principal del estudio.

El informe, en el cual la edad promedio de los pacientes fue de 43 años, subraya la comprensión emergente de que, para muchas personas, el COVID-19 prolongado puede ser peor que sus episodios iniciales con la infección, por su compleja y persistente serie de síntomas.

Este mes, un estudio que analizó registros médicos electrónicos en California descubrió que casi un tercio de las personas que sufren de síntomas prolongados de COVID-19 —como dificultad para respirar, tos y dolor abdominal— no tuvieron ningún indicio de la enfermedad en los primeros 10 días tras haber dado positivo por el coronavirus. Encuestas creadas por grupos de pacientes también han encontrado que muchos sobrevivientes de COVID-19 con síntomas a largo plazo nunca fueron hospitalizados por la enfermedad.

En el estudio de Northwestern, muchos experimentaron síntomas que fluctuaron o persistieron durante meses. La mayoría mejoró con el tiempo, pero hubo una amplia variación.

“Algunas personas, tras 2 meses, están recuperadas un 95 por ciento; mientras que otras, tras 9 meses, solo tienen un 10 por ciento de recuperación”, dijo Koralnik. Los pacientes estimaron que 5 meses después de contraer el virus, se sentían recuperados en solo un 64 por ciento.

Por todo el país, los médicos que tratan a personas con síntomas neurológicos posteriores al COVID-19 afirman que las conclusiones del estudio reflejan lo que han estado viendo.

“Debemos tomarnos esto en serio”, indicó Kathleen Bell, presidenta del departamento de Medicina Física y Rehabilitación del Centro Médico de la Universidad de Texas Southwestern, quien no estuvo involucrada en el nuevo estudio. “Podemos dejar que las personas empeoren y la situación se complique más o podemos realmente darnos cuenta de que tenemos una crisis”.

Bell y Koralnik dijeron que muchos de los síntomas se parecían a los de personas que habían tenido conmociones cerebrales o lesiones cerebrales traumáticas o de personas que habían experimentado “nubosidad mental” tras recibir quimioterapia.

En el caso del COVID-19, dijo Bell, los expertos creen que los síntomas son causados por “una reacción inflamatoria al virus” que puede afectar tanto al cerebro como al resto del cuerpo. Y, según Bell, tiene sentido que algunas personas experimenten múltiples síntomas neurológicos al mismo tiempo o en cúmulos, porque “hay espacio limitado en el cerebro y hay mucho solapamiento” en regiones responsables de diferentes funciones cerebrales.

“Si tienes alteraciones inflamatorias, bien podrías tener efectos cognitivos y cosas como efectos emocionales. Es muy difícil tener solo un problema neurológico sin tener varios”, dijo.

En el estudio de Northwestern, Koralnik dijo que debido a la dificultad para conseguir pruebas de coronavirus al comienzo de la pandemia, solo la mitad de los participantes había dado positivo por coronavirus, pero todos tenían los síntomas físicos iniciales del COVID-19. El estudio halló muy pocas diferencias entre los que dieron positivo y los que no. Koralnik afirmó que los que dieron negativo tendían a contactar a la clínica alrededor de un mes después en el curso de la enfermedad que los que dieron positivo, posiblemente porque algunos habían pasado semanas siendo evaluados o tratando que otros médicos atendieran sus problemas.

Khan estuvo entre los participantes que tuvieron una prueba negativa para el virus, pero dijo que luego dio positivo en anticuerpos contra el coronavirus, lo que prueba que había estado infectada.

En el estudio de Northwestern, el 43 por ciento de los pacientes había tenido depresión antes de tener COVID-19, el 16 por ciento había tenido enfermedades autoinmunes previas, el mismo porcentaje de pacientes que tenían enfermedades pulmonares previas o habían tenido problemas de insomnio.

Los expertos advirtieron que debido a que el estudio era relativamente pequeño, estas condiciones preexistentes podrían o no ser representativas de todos los pacientes a largo plazo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company