La carta de un médico residente que emocionó a sus compañeros

Alejandro Horvat

Gabriel Slubsci, de 27 años, es residente de cuarto año en el hospital Fernández, en el área de diagnóstico por imágenes. Él escribió una carta en la que describe las duras situaciones que atraviesan los residentes en los hospitales

Gabriel Slubsci, de 27 años, es residente de cuarto año en el hospital Fernández, en el área de diagnóstico por imágenes. Estudió medicina en la UBA y, como la gran mayoría de los residentes que reclaman para derogarla nueva ley que regula la formación médica aprobada en la Legislatura porteña días atrás, él también pasó interminables jornadas laborales que, en su opinión, van en detrimento de la formación y el servicio que se le pueda ofrecer al paciente.

El sábado pasado, en plena efervescencia por el paro de residentes, Slubsci salió a tomar algo con amigos. Mientras regresaba a su casa veía cómo en los grupos de WhatsApp de colegas se apilaban los mensajes que giraban en torno al hartazgo frente a un sistema que, según ellos, genera estragos en la vida profesional y personal.

Entonces sintió que debía ordenar esa maraña de ideas y emociones que se acumulaban en su cabeza e hizo lo que siempre hace cuando necesita canalizar algún sinsentido: se sentó a escribir. Redactó una carta en la que recopiló historias que había leído y escuchado de tantos compañeros distintos. Les puso un nombre ficticio a cada una y la hizo circular por WhatsApp. "Todas esas historias tienen algo en común: están cargadas de una profunda soledad", dice. Y ese texto se hizo viral. Y emocionó a más de un compañero que se sintió identificado.

Algunas de las historias de la carta:

Miércoles. 22 hs. Primavera. Micaela sale despedida del hospital, rápido, para poder llegar a su casa lo antes posible y ganar la máxima cantidad de horas de sueño posibles. Hacía 40 horas que estaba allí dentro. Extraña a su hermanito, a sus viejos. No los ve desde mayo, cuando decidió mudarse a Capital para hacer la residencia. La semana que viene tiene que pagar el alquiler. Personalmente, no sabe cuándo lo va a poder hacer. Nunca sale antes de las 20 hs. Se angustia. Se toma un taxi. Son 20 cuadras, pero son 20 minutos más de sueño. Agradece poder hacerlo. Se va a dormir sin cenar".

Miércoles, 22 hs. Primavera. Llora Macarena. Llora porque perdió a su abuela hace tres meses y todavía no pudo ir a llevarle unas flores un domingo. Llora porque ella la entendía mejor que nadie. Llora porque se siente sola, porque se siente insegura. Porque con frases hechas acerca de su formación constante, de todo lo que le falta aprender, se olvida de lo que sí aprendió, y teme olvidarse de las noches donde su abuela le cebaba mate para acompañar su estudio.

Miércoles, 22 hs. Primavera. Agustina llora en su habitación. Se peleó con su novio, la relación no pudo aguantar el ritmo de una residencia. Pensó que ahora en segundo año sería mejor, pero de repente es la superior a cargo de una sala con decenas de camas y cuatro residentes de primer año que poco entienden. No hay médicos de planta para asesorar. La situación la estresa más que sus guardias de primer año, donde se sentía más acompañada, o por superiores, o ya al final, por otros compañeros que estaban en su misma situación. Ahora es la "jefa". Llora durante los días, se quiebra. Busca empatía en su vecina en el ascensor mientras baja a comprar un chocolate para endulzar la noche. La medicina es así, es vocación, encuentra como respuesta. A todos les toca, tengo un sobrino que pasó por lo mismo. Se baja sin emitir respuesta.

Sobre la cuestión de la vocación, Slubsci asegura que no todo pasado fue mejor, que no importa cómo eran las cosas hace 50 años, porque cree que nadie puede alcanzar una buena formación estando 30 horas en el mismo lugar. "Todavía hay personajes que invocan al pasado como un escenario ideal, donde todos trabajaban 30 horas por día por la vocación. En primer lugar, las guardias no tenían la demanda que tienen hoy y, además, ese régimen estaba mal en 1950 y está mal ahora".

Él dice estar conforme con la residencia en la que está actualmente, aunque asegura que en otras residencias hay colegas que entran al hospital a las 5 y salen a las 23, incluso algunos a las 2 del otro día y por mera logística les conviene quedarse a dormir en el hospital.

Recuerda cuando él salía a las 3 al pabellón interno del hospital en el que estaba: "Ese es el máximo momento de soledad. Ese silencio de hospital, cuando salís al pabellón y no hay nadie. Ahí el paciente viene y está en tus manos. Creo que con todo esto que pasó nos dimos cuenta que estábamos solos, pero al mismo tiempo nos tenemos a nosotros, y nos debemos acompañarnos entre todos los residentes para poder estar mejor".