Carta documento: los vecinos de Mar-a-Lago no quieren a Trump como vecino desde 2021

Manuel Roig-Franzia
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WASHINGTON.- Para Donald Trump, su propiedad de Mar-a-Lago, un club privado en Palm Beach, Florida, siempre ha sido su "Casa Blanca de verano", pero los habitantes de la zona tienen un mensaje para el presidente saliente: no lo quieren de vecino.

El mensaje fue transmitido en una carta documento enviada el martes a la alcaldía de Palm Beach y dirigida al Servicio Secreto de Estados Unidos, y dice que Trump perdió su derecho legal a vivir en Mar-a-Lago debido a un acuerdo que firmó a principios de la década de 1990, cuando convirtió el edificio de su residencia privada en la sede de un club privado. La maniobra legal de los vecinos podría obligar a Pal Beach a responder públicamente si Trump puede hacer de Mar-a-Lago su residencia legal oficial, como tiene pensado hacer cuando se convierta en expresidente, tras la jura de Joe Biden, el 20 de enero.

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La disputa deja planteado un escenario incómodo y sin precedente en la historia reciente: un exocupante de la Oficina Oval a quién se le impide oficialmente elegir su lugar de residencia. También implicaría un dolor de cabeza para Trump, porque ya había cambiado su domicilio legal a Mar-a-Lago, después de abandonar Manhattan, donde vivió hasta ser presidente y donde se hizo famoso como audaz desarrollador inmobiliario. (Al principio, Trump intentó registrarse para votar en Florida usando como domicilio la Casa Blanca, en Washington, algo prohibido por las leyes de Florida. Entonces se registró usando la dirección de Mar-a-Lago.)

En la carta documento, a la que tuvo acceso la prensa, el representante legal de los vecinos de Mar-a-Lago dicen que la alcaldía debería notificar a Trump que no puede usar Mar-a-Lago como residencia. La movida intenta evitar la "situación incómoda" que se viviría si el presidente saliente se muda al club y luego le ordenan mudarse, según la carta enviada en nombre de la familia DeMoss, vecinos que dirigen una fundación misionera internacional.

Hace años que los vecinos de Mar-a-Lago se quejan de los inconvenientes que causan las frecuentes visitas del presidente, como los embotellamientos y el cierre de calles. Ya antes de ser presidente, Trump cosechó la mala voluntad de sus vecinos, al negarse a cumplir con reglamentaciones básicas de la zona, como con la instalación de una inmensa asta de bandera que superaba los límites de altura establecidos y sus constantes intentos por esquivar las promesas que hizo cuando convirtió Mar-a-Lago en un club privado.

"No hay interpretación legal posible que permita usar esa propiedad como residencia y club al mismo tiempo", dice Glenn Zeitz, otro propietario vecino de Palm Beach que se ha sumado a la batalla contra Trump y que ya ha tenido cruces con el presidente por su intento de apropiarse de un terreno privado para ampliar su casino en Atlantic City. "Tiene todas las de perder. Esta vez no va a poder intimidar o engañar a la gente, porque vamos a estar todos ahí."

Ni los voceros de la Casa Blanca, ni el abogado de Trump en Florida ni el alcalde de Palm Beach respondieron a las preguntas de The Washington Post. Palm Beach no ha hecho ningún intento por impedir que Trump viva en Mar-a-Lago o use la propiedad como su domicilio legal.

Controversia y finanzas

La controversia sobre Mar-a-Lago arranca con el acuerdo al que llegó Trump en 1993, cuando sus finanzas personales flaqueaban y no podía sostener los multimillonarios gastos anuales de mantenimiento de la propiedad. Según ese acuerdo, los socios del club tienen prohibido pasar más de 21 días al año en las suites de invitados del club, y nunca más de siete días consecutivos. Antes de cerrarse el acuerdo, en una audiencia pública, un abogado del actual presidente le aseguró al Consejo de la ciudad que Trump nunca viviría en Mar-a-Lago.

Ya por entonces las autoridades locales desconfiaban de Trump, porque había demandado a la ciudad por impedir su intento de subdividir la histórica propiedad de Mar-a-Lago en parcelas edificables. Al poner límites a las estadías, se aseguraban de que la propiedad de Trump seguiría siendo un club privado, tal como había prometido, y que no devendría en hotel residencial.

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Fuente: LA NACION

Los documentos obtenidos por The Washington Post a través de una solicitud de registros públicos dejan entrever que Palm Beach podría tener problemas para forzar el cumplimiento de lo firmado entonces e impedir que Trump viva en el club. Según esos documentos, el club está obligado a informar anualmente si al menos el 50% de sus miembros viven o trabajan en Palm Beach, si el club tiene menos de 500 miembros, y si ninguno de ellos ha usado las suites de invitados más de 21 días al año. Sin embargo, la ciudad dice que no hay registros de esos informes de cuatro de los últimos 20 años.

Trump ha intentado repetidamente cambiar partes de aquel acuerdo. En 2018, le pidió a la ciudad que lo eximiera de la provisión contra la construcción de un muelle en el club, diciendo inicialmente que el Servicio Secreto y las fuerzas de seguridad locales necesitaban de esa estructura por razones de su seguridad personal. Más tarde cambió ese razonamiento para decir que el muelle sería de uso privativo del presidente y su primera dama, Melania Trump.

Los vecinos temían que el muelle fuese usado para el amarre de bulliciosos "cruceros de alcohol". A principios de este año, Trump retiró el pedido del muelle, tres días después de que The Washington Post sacara a flote los detalles de su acuerdo de 1993 con la ciudad de Palm Beach.

Durante su presidencia, Trump viajó a Mar-a-Lago al menos 30 veces, y pasó allí al menos 130 días, según el conteo del mismo periódico. No hay registros públicos de que la ciudad se haya manifestado objeciones. Y Trump también ha hecho caso omiso del acuerdo abiertamente: en el sitio web del club, el presidente dice tener habitaciones privadas en el lugar.

Durante la presidencia de Trump, Palm Beach ha tenido consideración y deferencia en cuestiones de seguridad, permitiendo la instalación de un helipuerto, algo expresamente prohibido por el acuerdo de 1993.

El acuerdo de 1993 no es el único documento que plantea dudas sobre si Trump puede vivir legalmente en Mar-a-Lago. El actual presidente también firmó un documento cediendo los derechos de desarrollo de Mar-a-Lago al Fondo Nacional de Preservación Histórica, una organización sin fines de lucro con sede en Washington y financiada con fondos privados que trabaja para preservar sitios históricos en todo el país. Como parte del acuerdo con esa entidad, Trump renunció "a perpetuidad" a sus derechos de desarrollo inmobiliario de Mar-a-Lago o a usar la propiedad "con cualquier propósito que no sea el club".

La controversia sobre el esperado traslado de Trump a Mar-a-Lago también podría complicar las cosas para el Servicio Secreto, que seguirá a cargo de protegerlo cuando deje el cargo. En el cumplimiento de sus funciones, las agencias del gobierno norteamericano se esfuerzan por cumplir con todas las leyes federales y locales, y una disputa legal sobre el derecho de Trump a establecer su residencia en Mar-a-Lago podría complicar los actuales preparativos del Servicio Secreto para dar seguridad permanente en ese lugar.

El vocero del Servicio Secreto se negó a hacer comentarios al respecto.

Desde las elecciones de noviembre, el Servicio Secreto se prepara para cuidar a Trump cuando deje la Casa Blanca y brindarle la protección que legalmente le corresponde como expresidente. Un grupo muy reducido de agentes del Servicio Secreto lo seguirá en su vida privada, y la agencia equipará y ocupará una habitación separada dentro de la propiedad, para usarla como base operativa.

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A los vecinos de Mar-a-Lago les gustaría que Trump encontrara otro lugar donde pasar sus noches. La carta documento, escrita por Reginald Stambaugh, abogado de West Palm Beach, incluye una chicana que resuena al lenguaje de los ricos históricos de la costa este de la Florida: "En Palm Beach hay muchas propiedades encantadoras que están a la venta, y estamos seguros de que el presidente Trump encontrará una que satisfaga sus necesidades."

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide