Por qué Rafael Nadal sabe que no puede competir con Carlos Alcázar

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MADRID, SPAIN - MAY 06: Carlos Alcaraz Garfia of Spain (R) and Rafael Nadal of Spain interact following their quarter-final match during day nine of Mutua Madrid Open at La Caja Magica on May 06, 2022 in Madrid, Spain. (Photo by Clive Brunskill/Getty Images)
El campeón, Rafael Nadal, felicita al aspirante, Carlos Alcaraz, después de la victoria de este último en los cuartos de final del torneo de Madrid (Photo by Clive Brunskill/Getty Images)

Todo empezó hace mucho tiempo, cuando Alcaraz era aún una promesa adolescente que apuntaba buenísimas maneras. Su solidez mental y su talento recordaban inevitablemente a Rafael Nadal y las comparaciones -rechazadas siempre por su entorno- se hicieron constantes en los medios y entre los aficionados. Durante los últimos diecinueve años, España ha sido un puño cerrado con Nadal: no solo en las victorias, no solo en las derrotas, sino también fuera de las pistas, una unidad absoluta entre jugador y país. El reto de Alcaraz en ese sentido era descomunal. Poco a poco, se va poniendo a la altura.

De hecho, el mallorquín ya se huele un cambio de guardia que va más allá de tal partido o tal torneo. El pasado jueves, tras ganar agónicamente a David Goffin en octavos de final, ya avisaba a todo el mundo: "Mi rivalidad fue con Federer y con Djokovic. Si tuviera diez años menos, tal vez la podría haber con Alcaraz, pero a estas alturas no es lo mismo". Son palabras de una enorme inteligencia: Nadal no puede meterse en una "guerra" con alguien a quien saca diecisiete años. No tiene sentido. En lo deportivo, uno solo puede ir a más y el otro solo puede ir a menos. Es ley de vida.

En lo social, tres cuartos de lo mismo. Nadal no puede competir con Alcaraz y lo sabe. Sabe que la ilusión del recién llegado, el entusiasmo con la cara nueva siempre arrasa con todo. Alcaraz va a ser el próximo gran fenómeno del deporte español y la única manera que tiene Nadal de no ser arrasado es echarse al carril de al lado y esperar desde ahí. Como bien dice Rafa, su objetivo no es ser el mejor ahora sino serlo en tres semanas, cuando llegue Roland Garros. Nadal apura los años que le quedan forzando solo en aquellos torneos que le harán pasar a la historia. El resto, a estas alturas, para él es folclore.

A Nadal no le interesa que le metan en una rivalidad con Alcaraz porque no tiene manera de ganarla. Puede ganar puntualmente, como había hecho dos veces antes de perder este viernes en Madrid, pero no puede ganar de forma sistemática. No está en esas, no es su objetivo en este momento. A Nadal, Alcaraz le da igual fuera de Australia, París, Londres o Nueva York. Él vive para esos cuatro torneos y sabe que a medio-largo plazo esos torneos serán para el murciano y no para él... pero, a corto, quién sabe. Uno tiene la experiencia y el otro, no. No es poca cosa.

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Aparte, como vimos en Madrid, Alcaraz es un hombre con una conexión brutal con la grada. La gente quería que ganara Carlos y es normal que así sea. Han visto ganar a Rafa mil veces, se han dejado la garganta y el corazón con él... saben que ya no lo necesita. Para Rafa, habría sido una victoria más. Para Carlos, es LA victoria de su carrera hasta el momento. La primera vez que se impone a un ex número uno del mundo y, además, al ex número uno del mundo que siempre había sido su referencia. ¿Qué gana Nadal haciendo de némesis de un héroe juvenil, un auténtico fenómeno pop? Nada, absolutamente nada.

La narrativa Nadal vs Alcaraz es absurda. No hay ninguna necesidad de elegir. El mensaje de Rafa en el fondo es ese: "Queredle como me quisisteis a mí, es su momento". No puede meterse en una guerra de afectos visto lo visto. El partido del viernes se lo habrá acabado de confirmar. La gente ve en Alcaraz lo que veía en él: el tipo que no se rinde, que aguanta el dolor y aprieta los dientes, que busca el golpe imposible, que levanta el puño para incendiar a la grada... Nadal, mientras, puede apelar al respeto, un respeto ganado a lo largo de tantísimos años, pero no puede pedir pasión. La pasión es cosa del pasado.

Esta primera victoria de Alcaraz sobre su compatriota será recordada durante muchísimo tiempo. Tiene algo de Federer ganando a Sampras, solo que esto no es Wimbledon sino un Masters 1000 de mayo. Será recordada por ser la primera y será recordada por lo improbable de la misma: el chico cuyo sueño se desmorona por una torcedura de tobillo... y que saca fuerzas no se sabe de dónde para recuperarse y seguir persiguiendo bolas por toda la pista. Admirable. Vale que Nadal está medio cojo y él mismo lo reconoce, pero ganarle a Nadal a resistir el dolor es algo inaudito.

Queda ver las consecuencias que la heroica tendrá sobre el futuro a corto plazo de su tobillo. Quizá lo más razonable habría sido retirarse, pero volvemos a lo de antes: no es el momento de ser razonables. La racionalidad, el cálculo, tiene uno que ganárselo. Alcaraz no quería irse de Madrid con un 0-3 en los enfrentamientos directos con Rafa. No iba a tolerarlo bajo ningún concepto. Tal vez mañana no pueda ni saltar a la pista contra Djokovic, pero mañana no existe para un chico de diecinueve años. Por eso es una competición imposible: el cálculo contra la pasión. No tiene sentido. Nadal lo sabe y hace bien en decirlo en voz alta por si alguien no se ha enterado.

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