El carácter de Biden: detrás del aire campechano, mecha corta y una obsesión por los detalles

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El presidente Joe Biden es descrito como un hombre de rutina y que delibera ampliamente antes de llegar a un acuerdo
El presidente Joe Biden es descrito como un hombre de rutina y que delibera ampliamente antes de llegar a un acuerdo

WASHINGTON.- El comandante en jefe se tomaba su tiempo, como de costumbre. Era hacia fines de marzo, y al presidente Joe Biden lo estaban presionado para que sancionara al presidente ruso Vladimir Putin por interferir en las elecciones y por el mayor ciberataque en la historia contra el gobierno y la industria norteamericanas. “Y tengo que hacerlo relativamente pronto”, le dijo Biden a Jake Sullivan, su asesor de seguridad nacional.

Biden ya se había pasado los dos primeros meses de su mandato debatiendo cómo responder ante Putin, y a pesar de saber desde marzo que debía actuar sin demora, sus deliberaciones no habían terminado, ni mucho menos. Convocó a otra reunión en el Sala de Crisis, que se extendió por dos horas y media, y ahí mismo le puso fecha a otra sesión una semana después.

“Tiene una especie de mantra: los detalles nunca sobran”, dice Sullivan.

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El estilo de Biden no es la rápida toma de decisiones. Su reputación de político de discurso llano esconde una verdad más compleja. Antes de decidirse, el presidente necesita horas de debate con pormenorizados detalles provistos por expertos en políticas públicas, a quienes arrastra a un “viaje socrático”, como le dicen en el Ala Oeste, antes de llegar a una conclusión.

Ron Klain, actual jefe de gabinete de Joe Biden es entrevistado en la Casa Blanca el 26 de enero de 2021
Doug Mills


Ron Klain, actual jefe de gabinete de Joe Biden es entrevistado en la Casa Blanca el 26 de enero de 2021 (Doug Mills/)

Esos viajes suelen ser arduos para sus asesores, a quienes a veces los sorprende con preguntas crípticas. Evitar la cólera de Biden en uno de esos seminarios de toma de decisiones implica no solo implica aportar algo más que las vaguedades que él rechazará, sino también evitar las respuestas con demasiadas siglas o minucias de procedimiento, que seguramente provocarán un estallido de frustración con sus correspondientes puteadas. Digámoslo sin medias tintas: se le suelta la cadena bastante seguido.

Las entrevistas a más de veinte actuales y excolaboradores de Biden permiten hacerse una idea temprana de su manejo de la presidencia: cómo delibera, a quiénes recurre en busca de consejo, y qué motiva sus decisiones, mientras se acomoda en el cargo que buscó ocupar durante más de tres décadas.

Lo que surge de esas entrevistas es el retrato de un presidente de mecha corta, obsesionado con entender bien cada detalle antes de tomar cualquier decisión, a veces en exceso, como cuando enfureció a aliados y adversarios por igual por demorar repetidamente la decisión sobre admitir más refugiados en los Estados Unidos.

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En lo referido a las políticas públicas, Biden, de 78 años, pasa días o semanas cuestionando su propio criterio y los demás, para recién luego tomar una decisión. Es un método de gobierno que puede resultar inapropiado frente a las urgencias de un país aún convaleciente por la pandemia y de una economía con problemas para recuperarse. Además, el presidente tiene a una escasa mayoría en el Congreso, que el próximo año directamente podría evaporarse, o sea que podrían quedarle pocos meses para implementar un legado de gobierno a largo plazo.

Sus allegados más cercanos dicen que Biden no está dispuesto, o no puede, pasar por alto la rutina. Como lo expresó un asesor de larga data, Biden necesita tiempo para procesar el material, hasta sentirse cómodo con la idea de salir a venderle esa idea a la opinión pública. Pero ese abordaje tiene sus riesgos, como lo descubrió el presidente Barack Obama cuando sus propios debates políticos, a veces prolongados, terminaron en feroces luchas internas o interminables cabildeos. Conclusión: la Casa Blanca de Obama dejó la imagen de estar sumida en sus propios procedimientos.

Biden podría correr la misma suerte, aunque tiene mucha más experiencia de gobierno que Obama en 2009. Hasta ahora, y por más que las deliberaciones del propio Biden pueden demorarse, lo cierto es que su gobierno se ha movido velozmente para enfrentar los problemas de Estados Unidos, y los funcionarios del gabinete trabajan sin horario.

Mecha corta

El presidente llega a la Oficina Oval alrededor de las 9.30 de la mañana, después de hacer ejercicio y de atravesar a pie la corta distancia que lo separa de su residencia, a menudo flanqueado por Champ y Major, sus pastores alemanes. A esa hora arrancan las reuniones programadas en su agenda.

En marzo, ante la inminente decisión de imponer sanciones a Rusia por su interferencia en las elecciones norteamericanas y su ciberataque SolarWinds, Biden se mantuvo fiel a su estilo e insistió en escuchar hasta la última opinión directamente de boca de los expertos.

FILE -- President Joe Biden signs executive actions in the Oval Office on Jan. 28, 2021, as Vice President Kamala Harris looks on. While aides say Biden is quick to demonstrate his displeasure, he is also prone to displays of unexpected warmth. (Doug Mills/The New York Times)
Doug Mills


FILE -- President Joe Biden signs executive actions in the Oval Office on Jan. 28, 2021, as Vice President Kamala Harris looks on. While aides say Biden is quick to demonstrate his displeasure, he is also prone to displays of unexpected warmth. (Doug Mills/The New York Times) (Doug Mills/)

En algún momento de esas reuniones, Biden dio cátedra sobre los matices de la personalidad de Putin ante un grupo de asesores políticos y experimentados funcionarios del Servicio Exterior, tratando de canalizar el pensamiento del líder ruso. Su conclusión: Putin quiere que sus rivales le hablen sin vueltas.

Finalmente, Biden llamó directamente a Putin y a continuación emitió una declaración pública sobre las sanciones a Rusia que duró apenas cinco minutos y 49 segundos. Más allá del aura de tranquilidad que intenta transmitir, de sus frecuentes palmaditas en la espalda, referencias a la poesía irlandesa y su estilo campechano, sus colaboradores dicen que detrás de escena tienen que prepararlo mucho para lograr ese efecto y que Biden proyecte esa imagen de seguridad.

La urgencia del momento tiene a Biden preso de una sensación de premura que lo hace propenso a estallidos de impaciencia, según numerosas personas que interactúan regularmente con él. El presidente ya manifestó su intención de postularse para un segundo mandato, pero según sus asesores, él sabe perfectamente que su capacidad para implementar su programa de gobierno está supeditada a que los republicanos no recuperan el poder en el Congreso en las elecciones de mitad del mandato del año que viene.

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Biden jamás tiene estallidos de furia como ocurría con el presidente Donald Trump, y rara vez transmite la bronca contenida o la sensación de profunda desazón a la que estaban acostumbrados los asesores de Obama.

Pero varias personas familiarizadas con su proceso de toma de decisiones dicen que Biden tiende a cortar abruptamente las conversaciones. De hecho, tres personas que trabajan con él dicen que si el presidente cree que le están haciendo perder el tiempo, incluso llega a colgar el teléfono. La mayoría dice que Biden les tiene poca paciencia a los asesores que no logran responder a sus muchas preguntas.

“Hay que ir súper preparado”, dice Dylan Loewe, que solía escribir algunos discursos de Biden. “Tenés que poder responder a todas las preguntas que te puedas imaginar”.

“Quiero los detalles”

Durante sus 36 años como senador y otros ochos como vicepresidente, Biden consolidó un estrecho círculo de amigos, familiares y asesores, de los que obtiene apoyo y asesoramiento personal.

En busca de consejo político y de gobierno, Biden suele recurrir al grupo que un asistente de la Casa Blanca llama “los históricos”: Ron Klain, jefe de gabinete y su colaborador desde hace muchos años, Bruce Reed, un importante asesor de gobierno que a veces manejaba su oficina cuando era vicepresidente, Mike Donilon, su consejero político y alter ego, y Steve Ricchetti, su gurú legislativo y amigo de toda la vida.

Fuera de esa mesa chica, Biden escucha a una constelación cada vez más amplia de expertos internos de la administración, incluidos, entre otros, Rice y Brian Deese, director del Consejo Económico Nacional.

Un domingo de diciembre, en el transcurso de una videollamada de Zoom, el entonces presidente electo Biden pidió un debate sobre la conveniencia de desplegar tropas en servicio activo para combatir la pandemia. Hacía tiempo que les repetía a sus colaboradores que debían considerarse “en pie de guerra” contra el virus. ¿Pero qué significaba exactamente?

Joe Biden asiste a una reunión bicameral y bipartidista de legisladores junto con su jefe de gabinete Bruce Reed (izquierda) en 2011, durante su período como vicepresidente de Barack Obama
Getty Images


Joe Biden asiste a una reunión bicameral y bipartidista de legisladores junto con su jefe de gabinete Bruce Reed (izquierda) en 2011, durante su período como vicepresidente de Barack Obama (Getty Images/)

A partir de ese momento, empezó a acribillar con preguntas su recién nombrado asesor de la fuerza de tareas contra el coronavirus, Jeffrey Zients: ¿Cómo reaccionarían los estadounidenses ante el despliegue de personal militar en las calles? ¿Había antecedentes de una medida similar? ¿Qué escala debía tener el despliegue y qué tan rápido podría ampliarse?

Biden no quería escatimar ningún detalle accesorio. Tras asumir el cargo, su secretario de defensa desplegó 1100 soldados en cinco unidades de enfermeras, vacunadores y demás personal médico. Más tarde desplegó 4000 efectivos más.

El 21 de enero, su primer día completo como presidente, Biden se reunió nuevamente con su equipo de coronavirus, incluidos el doctor Anthony Fauci y la doctora Rochelle Walensky, que le presentaron su “plan integral”.

Después de la reunión, llevó a Zients a un costado y le dio una serie de instrucciones: “Traeme las noticias buenas, las malas y las peores. Vamos a tener momentos buenos y no tan buenos, y yo quiero saber los detalles de todo”, le dijo el presidente. “Quiero los detalles”.

Con el tiempo, el personal de la Casa Blanca ha aprendido la rutina. Arman la agenda del presidente con un descanso de 15 minutos de margen, porque saben que nunca terminarán a tiempo. Le asignan 30 minutos para el almuerzo, un menú rotativo de ensaladas, sopas y sándwiches. Debido a la pandemia, rara vez come acompañado, salvo con la vicepresidenta Kamala Harris, con quien almuerza una vez por semana.

¿Alguna actividad fuera de agenda? Ver horas de noticias por cable. El televisor que Trump mandó instalar en el comedor que está junto a la Oficina Oval sigue ahí, pero los asistentes dicen que rara vez se enciende durante el día.

Los leales

Biden suele volver a su residencia a las 7 de la tarde, para cenar con la primera dama. Al norteamericano le gustan las pastas, mientras que la primera dama prefiere pollo o pescado grillados.

Después de cenar, el presidente a veces sigue deliberando por teléfono con su círculo de asesores de alto nivel, que en los últimos meses se fue ampliando para incluir a Kate Bedingfield, su jefa de comunicaciones, Anita Dunn, una histórica asesora de la era Obama, Jen Psaki, su secretaria de prensa, Cedric Richmond, jefe de participación cívica; y Jen O’Malley Dillon, su gurú operacional.

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Pero la mayoría de las noches Biden se pone en contacto con los llamados “históricos”, esos que lo acompañanan desde hace décadas: Donilon, Klain, Reed y Ricchetti.

En una Casa Blanca donde hay más diversidad que en ninguna anterior, los asesores del presidente dicen que a la hora de hacer un repaso final, antes de tomar una decisión, Biden recurre a esos cuatro varones de raza blanca.

Traducción de Jaime Arrambide

The New York Times