¿La captura de carbono es una realidad?

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Stephan Hitz, un experimentado técnico de servicio de Climeworks, la empresa suiza que fabricó el dispositivo de captura directa de aire Orca, en las afueras de Reikiavik, Islandia, el 6 de octubre de 2021. (Sigga Ella/The New York Times)
Stephan Hitz, un experimentado técnico de servicio de Climeworks, la empresa suiza que fabricó el dispositivo de captura directa de aire Orca, en las afueras de Reikiavik, Islandia, el 6 de octubre de 2021. (Sigga Ella/The New York Times)

Stephan Hitz hizo una pausa en su trabajo con una máquina de aspecto extraño en un paisaje de otro mundo en Islandia y recurrió a una analogía de “La guerra de las galaxias” para explicar su trabajo en la frontera de la tecnología climática.

“Me siento como si hubiera venido del Lado Oscuro para convertirme en un guerrero jedi”, bromeó mientras se preparaba para hacer frente a un viento helado que soplaba a través de las franjas sin árboles de lava enfriada y volcanes lejanos.

Este técnico de servicios de 37 años de edad, originario de Zúrich, pasó nueve años trabajando en las industrias de la aviación y la marina antes de unirse a Climeworks, una empresa suiza que intenta reparar los daños causados por estas industrias tan contaminantes.

“Saber que estás ayudando al planeta en lugar de dañarlo te da mayor satisfacción”, afirma.

Del aire

Hitz y su pequeño equipo de técnicos dirigen Orca, el mayor dispositivo comercial de captura directa de aire (DAC, por su sigla en inglés) en el mundo, que en septiembre empezó a extraer el dióxido de carbono del aire en un lugar situado a 32 kilómetros de la capital, Reikiavik.

Mientras el viento agitaba las nubes de vapor procedentes de la cercana central geotérmica de Hellisheidi, Orca emitía un suave zumbido que se asemeja a cuatro enormes aparatos de aire acondicionado, cada uno del tamaño de un contenedor de transporte colocado encima de otro.

Cada contenedor guarda 12 grandes ventiladores redondos alimentados por la electricidad renovable de la planta geotérmica, que aspiran el aire hacia cajas de captación hecha de acero donde el dióxido de carbono, o CO2, el principal gas de efecto invernadero que provoca el calentamiento global, se une químicamente a una sustancia filtrante parecida a la arena.

Cuando se aplica calor a esa sustancia filtrante, se libera el CO2, que luego una empresa islandesa llamada Carbfix mezcla con agua para crear agua potable carbonatada.

Stephan Hitz, un experimentado técnico de servicio de Climeworks, la empresa suiza que fabricó el dispositivo de captura directa de aire Orca, trabaja en la máquina en las afueras de Reikiavik, Islandia, el 6 de octubre de 2021. (Sigga Ella/The New York Times)
Stephan Hitz, un experimentado técnico de servicio de Climeworks, la empresa suiza que fabricó el dispositivo de captura directa de aire Orca, trabaja en la máquina en las afueras de Reikiavik, Islandia, el 6 de octubre de 2021. (Sigga Ella/The New York Times)

Otras empresas intentan extraer el carbono del aire en Estados Unidos y otros lugares, pero solo aquí, en las mesetas volcánicas de Islandia, el CO2 se convierte en ese cóctel espumoso que se inyecta a varios cientos de metros de profundidad en el lecho basáltico.

Carbfix descubrió que su mezcla de CO2 hace una reacción química con el basalto y se convierte en roca en solo dos o tres años, en lugar de los siglos que se creía que tardaba el proceso de mineralización. Es por eso que la compañía toma el CO2 que capta el DAC de Climeworks y lo bombea al subsuelo a través de pozos protegidos del entorno inhóspito por iglús de acero que parecen la escenografía de una película del espacio.

Es una solución permanente, a diferencia de la plantación de bosques que pueden liberar su carbono al pudrirse, ser talados o arder en un planeta que se calienta. Algunos expertos temen que incluso el CO2 que otras empresas planean inyectar en yacimientos de petróleo y gas vacíos pueda acabar filtrándose, pero una vez que el carbono se convierte en roca no va a ninguna parte.

Orca proclama ser la primera unidad comercial DAC del mundo porque las 4000 toneladas métricas de CO2 que puede extraer cada año fueron pagadas por 8000 personas que se suscribieron en línea para eliminar parte del carbono, y por empresas como Stripe, Swiss Re, Audi y Microsoft.

No más ciencia-ficción

Hace poco, la banda de rock Coldplay se unió a esas empresas para pagar a Climeworks por créditos de carbono voluntarios con el propósito de compensar algunas de sus propias emisiones. La empresa espera obtener algún día beneficios si logra bajar sus costos por debajo del precio de venta de esos créditos.

El problema es que la producción de Orca solo equivale a tres segundos de las emisiones anuales de CO2 de la humanidad, que se acercan a los 40.000 millones de toneladas métricas, pero al menos Orca ha demostrado que el concepto de limpiar el aire y devolver el carbono al subsuelo ha pasado de la ciencia ficción a la ciencia.

Tarek Soliman, analista de cambio climático de HSBC Global Research con sede en Londres, dijo que el lanzamiento en Reikiavik no es el tipo de “salto cuántico” que demostraría que la tecnología puede alcanzar la escala y los costos necesarios para tener un impacto real en el cambio climático.

“Pero es un paso en esa dirección”, dijo Soliman. “Dado que muchos han considerado que la captura directa de aire es un disparate, esto supone la materialización de esa idea y la sitúa en la senda de la credibilidad”, agregó.

Christoph Gebald, cofundador de Climeworks, está convencido de que la tecnología puede convertirse en una industria multimillonaria en las próximas tres o cuatro décadas, un objetivo que, según él, se vería favorecido si en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, denominada COP26, que se celebra en Glasgow, Escocia, la mayoría de los países se comprometieran a alcanzar las emisiones netas cero para el año 2050.

“Ese sería un resultado ideal de Glasgow, junto con el reconocimiento por parte de los responsables de la toma de decisiones de que cualquier estrategia que conduzca a un cero neto debe incluir la eliminación de carbono además de la reducción de emisiones”, dijo desde Zúrich.

El reto dependerá de la reducción de los costos, que, según Gebald, se sitúan en la actualidad entre 600 y 800 dólares por tonelada métrica. El aumento de la producción podría reducir esos costos a 200 o 300 dólares por tonelada métrica en 2030, y a 100 o 150 dólares para 2035, señaló.

El DAC ya sería competitivo si recibiera las subvenciones que ayudaron a los vehículos eléctricos y a los paneles solares a implantarse y prosperar, dijo Gebald.

Una diferencia fundamental con respecto a la energía eólica y la solar es que, en última instancia, fueron impulsadas por el afán de lucro porque, una vez que las subvenciones contribuyeron a hacerlas competitivas, produjeron un activo valioso: electricidad barata.

En cambio, el principal “resultado” del CAD —ayudar a salvar el planeta— debe depender de las ayudas gubernamentales, como los créditos de emisión y los impuestos a los emisores de carbono, de ahí la importancia de reuniones como la de Glasgow. 

© 2021 The New York Times Company

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