Caos en EEUU: ¿Manifestaciones antirracistas o 'terrorismo' anarquista?

Gonzalo Aguirregomezcorta
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Actos vandálicos realizados por un hombre de raza blanca. REUTERS/Nicholas Pfosi
Actos vandálicos realizados por un hombre de raza blanca. REUTERS/Nicholas Pfosi

Existen dos perspectivas encontradas relativas a los episodios que se están viviendo en Estados Unidos a raíz del asesinato de George Floyd: los que piensan que el espíritu de la lucha pasa a un segundo plano cuando el odio se canaliza en la violencia, y los que dan por hecho que la agresividad es la única manera de llamar la atención. Muchos de los que se identifican con los últimos parafrasean a Martin Luther King, cuando en los convulsos años sesenta dijo que “los disturbios son la voz de aquellos que no son escuchados”. Ambas visiones cuentan con matices históricos y actuales en una realidad marcada por la pandemia y por una recesión en la que 40 millones de estadounidenses han perdido sus empleos.

Así pasan los días y las décadas para una sociedad estadounidense envuelta en una espiral sin fin que tiene su origen en un mal endémico: el racismo. Los factores se repiten y cada cierto tiempo salen a la superficie males presentes como el despotismo, la opresión, la injusticia, la indignación y el caos. Es entonces cuando el coste de vidas humanas de personas afroamericanas - muchos se sienten víctimas de un sistema que no sólo no les representa, sino que les ahoga - provoca una reacción que sólo ellos pueden describir.

Entre los que salen a las calles se encuentran aquellos que protestan de manera pacífica y ven cómo los más violentos, los que más ruido hacen, manchan su proclama y contribuyen a que los medios publiquen fotografías de un caos con el que no se identifican. Aquellos que ponen en dificultades los negocios de compañías e individuales que nada tienen que ver con la lucha racial. Son muchas las voces que acusan a los antisistema de raza blanca de estar mancillando el espíritu de la marcha y apuntan con el dedo a algunos grupos radicales que son acusados de aprovechar la coyuntura para apropiarse de las calles y generar disturbios. Entre ellos está el grupo antifascista, Antifa.

Se trata de un conglomerado de activistas de extrema izquierda sin un liderazgo definido o centralizado que usa como tácticas de protesta, el activismo digital, los daños a la propiedad, la violencia y la intimidación contra aquellos que se identifican como fascistas, racistas o de extrema derecha. Este grupo que data de antes de la Segunda Guerra Mundial, defiende los derechos de la mujer y de las minorías étnicas. Desde la llegada al poder de Donald Trump en 2016, sus activistas han incrementado sus acciones, y este domingo, el presidente de EE.UU. ha incluido a la organización como grupo terrorista. Antifa ha quedado al mismo nivel que Al Qaeda o ISIS, una decisión que, según el Washington Post, es ilegal. Se trata de la enésima ocasión en la que el máximo mandatario estadounidense se convierte en una fuerza desestabilizadora en lugar de una figura que busque la cohesión y trate a todo este tipo de grupos con el mismo rasero, también a los de extrema derecha.

Sin embargo, la violencia en las manifestaciones que se están llevando a cabo en EE.UU. no sólo proviene de grupos antisistema, entre los protestantes afroamericanos hay quiénes optan por esa vía como “única alternativa para ser oídos”.

“La pregunta que quiero que la gente responda por mí, mientras observamos lo que pasa en las calles de Los Ángeles y en todo el país, es ¿qué quieren que la población negra hagamos?”, señaló a ABC la doctora en psicología de la Universidad de Loyola Marymount, Dr. Cheryl Grills. “A nadie le gusta o necesariamente apoya el tipo de disturbios que estamos viendo ahora mismo, pero ¿cuál es nuestra alternativa? ¿Cuál es la solución? ¿Apelamos a la justicia moral? Ya lo hemos intentado. ¿Votamos? Lo hemos hecho una y otra vez. ¿Litigios? Ya los hemos interpuesto. ¿Legislación? Hecho. ¿Protestas pacíficas? También las hemos llevado a cabo. ¿Rezar? ¿Llorar? ¿Dónde nos ha llevado todo esto?”, prosiguió la doctora Grills.

Actos vandálicos en el que prenden fuego a un coche de la policía en Nueva York. REUTERS
Actos vandálicos en el que prenden fuego a un coche de la policía en Nueva York. REUTERS

El lado de los manifestantes deja una mezcla desordenada de sentimientos y maneras de actuar que a los ojos de las autoridades son vistos y tratados por el mismo rasero. Sea uno pacifista, violento o periodista, cualquiera puede verse envuelto en alguno de los altercados que se han estado produciendo desde la muerte de Floyd (tiroteos, coches de policía que arrollan a la multitud, gases lacrimógenos, gas pimienta, pelotas de goma…) A los ojos de la policía todos los que tienen delante están - potencialmente - incitando al saqueo y la destrucción en nombre de la justicia social o el desorden. La escalada es inevitable y es fácil asumir que los disturbios son fruto de conductas irracionales. Según algunos intelectuales, esta idea es errónea, como afirmó el experto en comportamiento de masas y de orden público, el profesor Clifford Stott, de la Universidad de Keely.

“Hasta cierto punto, el saqueo es una expresión de poder - los ciudadanos negros pueden haberse sentido impotentes en relación con la policía - pero en el contexto de un motín, los alborotadores se vuelven momentáneamente más poderosos que ellos”, afirmó a la BBC.

En este ambiente en el que la violencia atrae más violencia, también existen casos entre las autoridades en los que prima la empatía. Un ejemplo son los policías de diferentes puntos de EE.UU. que han tomado partido por los manifestantes, han saludado y alentado a los participantes y han clavado la rodilla en el suelo para honrar al jugador de la NFL, Colin Kaepernick, quien se encuentra sin equipo desde que mostró en público su activismo como respuesta a los asesinatos de afroamericanos por la policía (hincó la rodilla durante el himno de EE.UU.). El gesto del atleta se ha convertido en uno de los símbolos del movimiento, Black Lives Matter.

Los sentimientos de ira está a flor de piel entre una parte de la población que está cansada de presenciar cómo la vida de un afroamericano vale menos que la de un caucásico. De hecho, una de cada mil personas de color fallece a manos de la policía en EE.UU., según un estudio de Rutgers University. Es decir, hay más posibilidades de que alguien de raza negra sea víctima de las autoridades, a que le toque la lotería. Pero todo esto se pierde en la nebulosa de la violencia, de los destrozos nacidos de aquellos a los que la muerte de Floyd les ha arrancado un trozo de su corazón y de los grupos que aprovechan el malestar para generar más caos. El ruido suele eclipsar otras acciones que no tienen nada que ver con el panorama desolador que se está viviendo. No hay que olvidar que hay una gran mayoría de manifestantes que claman contra el racismo, el abuso de poder y las injusticias sociales de manera pacífica; igual que hay policías ecuánimes a los que jamás se les ocurriría actuar con la sangre fría de Derek Chauvin.

Claro, que la cautela y la prudencia, casi siempre, pasan desapercibidas.

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