Canadá no es un oasis para los refugiados, aunque Justin Trudeau diga lo contrario

El frío ha empezado a disiparse en el límite entre Estados Unidos y Canadá. Son cerca de 8.900 kilómetros de la frontera más extensa del mundo. La llegada de la primavera anima a quienes cruzan esa división con el sueño de instalarse en territorio canadiense. Huyen de la América de Donald Trump porque confían en que Justin Trudeau les abrirá los brazos a todos. A no pocos los aguarda el desengaño.

Las imágenes de Justin Trudeau recibiendo a refugiados sirios han alimentado las esperanzas (Nathan Denette/The Canadian Press vía AP, archivo)

En enero pasado, una semana después de la entronización de Trump, el primer ministro canadiense lanzó un tuit esperanzador: “A aquellos que escapan de la persecución, el terror y la guerra, los canadienses les ofrecen la bienvenida, sin importar su fe. La diversidad nos fortalece”. Desde entonces el número de entradas ilegales y solicitudes de asilo no ha dejado de crecer, a un ritmo que ha tomado por sorpresa a las autoridades migratorias.

Nadie duda de la hospitalidad de los canadienses, un valor bien arraigado en la identidad de los habitantes de este país norteamericano. Sin embargo, las palabras de Trudeau ocultan la estricta realidad del sistema de inmigración de Canadá. A juzgar por la historia reciente y las regulaciones en vigor, muchos de los que tomen el discurso del joven político al pie de la letra terminarán deportados o en una prisión provincial.

Trudeau derogó la exigencia de visa para los mexicanos en diciembre de 2016 (Fred Chartrand/The Canadian Press via AP, File)

Una apertura bien selectiva

Los mexicanos conocen bien la historia. En la década pasada, cuando arreció la guerra contra el narcotráfico, la cifra de demandantes de asilo se disparó hasta alcanzar cerca de 10.000 en 2009. Ottawa decidió entonces reintroducir la visa para los viajeros de ese país. Además, la abrumadora mayoría de las peticiones fueron rechazadas por los jueces canadienses de inmigración.

Los archivos de prensa guardan aún el drama de Grise, una mexicana de 24 años deportada en 2008 y asesinada meses después por narcotraficantes. Su solicitud había sido rechazada dos veces, a pesar de que su familia era perseguida por el cartel La Familia Michoacana. Su caso ilustraba la política migratoria del gobierno conservador de Stephen Harper, que no consideraba a México como un estado productor de refugiados.

El carisma de Trudeau no basta para cambiar esa política. De hecho, su ministro de Inmigración, Ahmed Hussen, afirmó a inicios de año que Canadá no modificaría sus reglas con respecto a los refugiados. Poco importa lo que dicte Trump. Eso significó, en datos concretos, el rechazo de una de cada tres solicitudes de asilo en 2016. Cientos de aplicaciones ni siquiera llegaron al final del proceso, cuando los jueces de inmigración comunican su veredicto.

En comparación con otras naciones desarrolladas Canadá tampoco justifica el optimismo frente a las palabras de Trudeau. De acuerdo con datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Ottawa se clasifica en el lugar 20 por el número de refugiados per cápita. El primer ministro liberal ha prometido elevar la acogida de asilados hasta 40.000, esto representa apenas 2.000 más que la estadística considerada por la OCDE.

La entrada de inmigrantes ilegales por la frontera con EEUU no ha dejado de crecer desde enero pasado (REUTERS/Christinne Muschi)

Canadá ofrece refugio a quienes huyen de la persecución por motivos de raza, religión, opinión política, nacionalidad o pertenencia a un grupo social vulnerable como las mujeres y las personas no heterosexuales. Además, acoge a quienes corren riesgo de ser torturadas o sometidas a otros tratos crueles en sus lugares de origen. Esos criterios excluyen a los que ya han sido reconocidos como refugiados en otros países, tienen antecedentes criminales, han sido rechazados en ocasiones anteriores o llegaron a través de la frontera con Estados Unidos.

Este último caso, descrito por el Acuerdo de Tercer País Seguro, impide a un viajero proveniente del vecino país presentarse en un puesto fronterizo y solicitar asilo. Para evitar la exclusión, los aspirantes a refugiados deben cruzar ilegalmente. Cuando la Real Policía Montada de Canadá los detiene, pueden entonces acogerse al programa para quienes hacen la solicitud desde el interior.

Las condiciones de detención de miles de inmigrantes empañan la reputación de Canadá (REUTERS/Christinne Muschi)

Sombras detrás de la buena reputación

Los canadienses cuentan ejemplos concretos de la compasión que les ha ganado admiración en el mundo. Alrededor de 40.000 refugiados húngaros se instalaron aquí tras la invasión soviética en 1956; más de 100.000 vietnamitas que huían de la guerra fueron acogidos por Canadá desde finales de la década de 1970; la misma suerte tuvieron 35.000 bosnios y 5.000 kosovares, víctimas de la contienda civil en la antigua Yugoslavia. Tras su victoria en las elecciones de octubre de 2015, Justin Trudeau confirmó la acogida de 40.000 refugiados sirios.

Pero esos gestos de humanidad no borran ciertos pasajes oscuros de la política migratoria canadiense. Antes de abrir las puertas a húngaros, vietnamitas y sirios, Ottawa esgrimió varias razones para justificar sus recelos: la posible presencia de militantes comunistas o terroristas islámicos, la inclusión de judíos cuyos caudales los descartaban como refugiados, la presunta incapacidad de los demandantes para adoptar los valores de la sociedad canadiense, los perjuicios de una supuesta “invasión” de inmigrantes…

Por otra parte, Naciones Unidas ha criticado a Canadá por las condiciones de detención de miles de inmigrantes, en particular de personas con problemas de salud mental. Un informe de la Universidad de Toronto, publicado en 2015, reveló cómo los detenidos en prisiones provinciales, junto a la población penal regular, caen con frecuencia en una suerte de agujero negro. Ese limbo legal agudiza el deterioro psicológico de los reclusos, el 75 por ciento de los cuales sufre de depresión.

“La detención de inmigrantes con problemas de salud mental en prisiones provinciales es una violación de las normas internacionales de derechos humanos y constituye un ejemplo de arresto arbitrario; tratamiento cruel, inhumano y degradante; discriminación por razones de discapacidad y violación del derecho a la salud y a cuidados médicos efectivos”, asevera el reporte.

La generosidad canadiense no se disipará a causa del terrorismo, los conflictos interminables, las crisis de refugiados, la mal disimulada xenofobia de algunos políticos extranjeros… Pero esa virtud no significa que la puerta está abierta para cualquiera que sueñe con un futuro mejor. La sonrisa de Justin Trudeau es solo eso, una mueca, no una garantía de residencia.