El aumento del fatalismo climático no ayuda a la causa

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Calentamiento global, cambio climático. (Imagen creative commons vista en Pixabay).
Calentamiento global, cambio climático. (Imagen creative commons vista en Pixabay).

Como ciudadano del mundo, padre preocupado y lector de prensa compulsivo, debo reconocer que las noticias sobre el cambio climático me provocan un tremendo desasosiego. Tal parece que nos enfrentamos a una extinción global inevitable.

En cambio, como eterno optimista y “creyente” en las capacidades del hombre que también soy, agradezco muchísimo cualquier enfoque sobre el tema que huya de fatalismos fúnebres. El pasado 7 de octubre, por ejemplo, el conocido historiador medioambiental Dagomar Degroot (profesor en la Universidad de Georgetown de Washington D.C.) publicó una editorial muy interesante sobre el cambio climático en The Washington Post que se titulaba: “Nuestro planeta no está condenado, lo cual significa que podemos y debemos actuar”.

En el artículo de Degroot podía leerse:

Una nueva investigación sugiere que si dejamos de liberar más gases de efecto invernadero de los que el medio ambiente (y quizás las nuevas tecnologías) pueden absorber, la Tierra pronto dejará de calentarse. El cuándo dependería de si también dejamos de emitir contaminantes en aerosol y de la variabilidad natural en los climas de la Tierra. Aun así, seguimos sin comprometernos para evitar un futuro mucho más cálido.

¿Realmente el fatalismo climático es la corriente prevalente? Bueno, lo cierto es que pocas veces se pueden leer argumentos como los emitidos por el escritor Jonathan Franzen en 2019, cuando sostuvo que “necesitamos admitir que no podemos evitar el apocalipsis climático”. Una cosa está clara, no soy el único al que esta postura le rechina, los catastrofistas suelen recibir más críticas que alabanzas.

Aun así, de un modo u otro parece que el fatalismo acaba por impregnarlo todo, y a poco que se busque se encuentra en todas partes. De hecho no es necesario resignarse a la llegada de un cataclismo climático inevitable para abrazar el fatalismo.

* Confiar sistemáticamente en los escenarios de emisiones más inverosímiles, o en el peor de los casos que figuran en las constantes evaluaciones sobre el impacto climático que realizan los activistas es una forma de fatalismo.

* Que el enviado presidencial que Biden envió a la cumbre de Glasgow, John Kerry, declare que la cumbre es “la última y mejor esperanza para hacer lo que los científicos nos dicen que debemos hacer, esto es, evitar las peores consecuencias climáticas tomando decisiones e implementándolas desde ya”, también es una forma de fatalismo.

* Decidir que traer hijos al mundo en una nación desarrollada es una de las decisiones más perjudiciales para el medio ambiente que se puede tomar, también es una forma de fatalismo.

* Igualar todos los escenarios posibles que conduzcan a un aumento de la temperatura por encima de 1,5º como apocalípticos (y no solo a los peores, como el RCP8.5 que conduciría a una subida en el calentamiento de 5 o 6 grados) también es una forma de fatalismo.

Salvando el debate izquierda-derecha, que tiende a ver la botella medio llena o medio vacía según sus idearios, lo cierto es en las últimas décadas el nivel de riqueza global ha aumentado, al tiempo que ha disminuido la desigualdad global o el número de muertes por desastres naturales. Estos datos no cuadran bien con lo que algunos heraldos del apocalipsis climático sostienen desde hace años: “el fin ya ha comenzado”.

Los políticos deberían movilizar el apoyo de sus pueblos para lo que seguramente será un esfuerzo que durará décadas, con el objetivo de hacer frente al aumento de las emisiones y de las temperaturas. Sin embargo algunos, tal vez empeñados en dejar su huella ahora (las carreras políticas no suelen durar mucho) parecen preferir una especie de movilización bélica o estado de emergencia nacional, que lleve a resolver el problema de manera limpia y repentina. Por desgracia tal cosa es imposible.

Este enfoque tendría sentido si un asteroide se aproximase en curso de colisión con nuestro planeta. En tal caso habría que tomar en cuenta todas las acciones posibles, por radicales que fueran. Y ahí es donde los fatalistas climáticos parecen romper las reglas del juego. Por un lado nos dicen que el cataclismo es inminente (como en el caso del meteorito) pero por otro lado la reacción que emprendamos como especie debe alinearse con ciertos compromisos ideológicos. Por ello no dudarán en desechar cualquier solución que implique el uso de energía nuclear, agricultura modificada genéticamente o el uso de vehículos personales.

Por tanto, el catastrofismo climático no siempre toma la forma de apatía o nihilismo sino que muy a menudo se muestra en forma de pensamiento utópico. Ciertamente podemos afirmar que todo el alarmismo climático ha tenido un efecto positivo, en el sentido en que se han hecho y se harán progresos que harán cada vez menos probables los resultados más funestos. El problema es sumamente serio, no conviene nunca infravalorarlo. No obstante hay que reconocer que todas estas visiones catastrofistas han impactado a la sociedad en su conjunto de un modo a menudo perjudicial, intensificando la ansiedad y depresión en adultos, y sí, también en niños. Aunque solo fuera por esto, deberíamos considerar atenuar el fatalismo. Además, cuando los políticos y los activistas abandonan el pragmatismo y se apegan a los escenarios más inverosímiles, debilitan su capacidad de promover el progreso climático basado en el debate.

No obstante reconozco que la idea que defiendo, la de que el fatalismo exacerbado puede provocar el efecto contrario al que se persigue puede ser una premisa errónea basada precisamente en mi sesgo optimista antes citado. Tal vez como sostienen algunos famosos fatalistas como el mencionado Jonathan Franzen, debamos abandonar nuestras esperanzas, y tragarnos el sapo. Pero la verdad… no le encuentro sentido a esa aceptación ya que al hacerlo correría el riesgo de caer en una depresión existencialista que me empujaría a rendirme. 

Me temo que eso es algo que no puedo permitirme ya que he traído dos hijos a este mundo. Llamadme irresponsable.

Me enteré leyendo un artículo de Alex Trembath para Arc Digital

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