La cabeza reducida que estaba en Georgia fue devuelta a Ecuador

·4  min de lectura
Craig Byron, antropólogo de la Universidad de Mercer, analiza la cabeza reducida, conocida como tzantza. (Adam Kiefer/Universidad de Mercer vía The New York Times)
Craig Byron, antropólogo de la Universidad de Mercer, analiza la cabeza reducida, conocida como tzantza. (Adam Kiefer/Universidad de Mercer vía The New York Times)

Aunque no es más grande que un puño, la cabeza encogida se había convertido en un gran dolor de cabeza.

La cabeza, un trofeo de guerra momificado de la Amazonía llamado tzantza, había estado en poder de la Universidad de Mercer en Macon, Georgia, durante décadas. A lo largo de ese tiempo, desconcertó a los profesores, se utilizó como parte de la utilería en una comedia de John Huston y se expuso en un museo universitario. En 2019 fue devuelta a las autoridades ecuatorianas, pero solo después de confirmar su autenticidad con una lista de verificación de 33 elementos, según un artículo publicado esta semana por los investigadores de Mercer.

Antes de que la cabeza pudiera ser repatriada, los investigadores también tuvieron que cumplir con una lista adicional de normas proporcionadas por el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural de Ecuador. En el artículo, publicado el martes en la revista Heritage Science, describen cómo han rastreado la historia de la cabeza hasta al menos 1942 mediante la consulta de autobiografías y periódicos locales.

La cabeza fue entregada al Consulado General de Ecuador en Atlanta en junio de 2019 y, de acuerdo con Adam M. Kiefer, uno de los autores principales del artículo, los investigadores no saben qué ha sido de ella desde entonces.

“Nosotros no decidimos dónde termina este espécimen cultural”, dijo Kiefer el martes. “Nuestro trabajo era asegurarnos de que estuviera en poder de personas que conocen mejor la cultura y el contexto, para tomar la decisión adecuada sobre cómo exponerlo”.

Los investigadores de Mercer, que no tenían experiencia previa con cabezas reducidas, realizaron una tomografía computarizada para examinar la tzantza con todo detalle y crearon representaciones en 3D que les permitieron captar la forma de la cabeza, sus características y las puntadas a lo largo del cuero cabelludo.

“Una de las cosas que teníamos que reconocer es que se trata de restos humanos”, señaló Kiefer. “En algún momento fue una persona. Teníamos que asegurarnos de que no se tratara como un recuerdo, sino como restos humanos. No puedes entrar en un edificio con una cabeza humana. Estábamos construyendo el avión mientras aprendíamos a pilotarlo”.

Comprada en Ecuador en la década de 1940 por un futuro profesor de Biología, la cabeza reducida, llamada tzantza, había sido exhibida y almacenada en diferentes momentos en la Universidad de Mercer durante décadas. (Adam Kiefer/Universidad de Mercer vía The New York Times)
Comprada en Ecuador en la década de 1940 por un futuro profesor de Biología, la cabeza reducida, llamada tzantza, había sido exhibida y almacenada en diferentes momentos en la Universidad de Mercer durante décadas. (Adam Kiefer/Universidad de Mercer vía The New York Times)

Según el antropólogo Tobias M. R. Houlton, las tzantzas formaban parte de antiguas tradiciones ceremoniales y rituales en toda la Amazonía. Una cabeza humana decapitada solía reducirse al tamaño de una naranja grande con la extracción del cráneo, los músculos, la grasa y los órganos internos y luego el moldeado de la piel mientras se encogía, manteniendo intacto el pelo del cuero cabelludo de la persona.

En 1942, James Harrison, que entonces prestaba sus servicios en la Fuerza Aérea estadounidense, consiguió la tzantza mientras estaba en Ecuador.

En su autobiografía, describió una interacción que tuvo con hombres que hablaban una lengua de la familia lingüística chicham en la que intercambió monedas, una navaja y una insignia militar por la tzantza. Cubrió la cabeza con periódicos ecuatorianos y la llevó a Estados Unidos desde la Amazonía ecuatoriana.

“De todos modos, tenían dos cabezas humanas reducidas”, escribió Harrison, quien llegó a ser profesor de Biología de la Universidad de Mercer, en su autobiografía, al recordar cómo había negociado con los hombres por la tzantza. “Deseaba con ansias una de esas cabezas y con señas y gestos logré transmitir la idea”.

La tzantza se expuso en el Centro de Ciencias Willet de la Universidad de Mercer antes de ser colocada en el pequeño museo cultural de la universidad.

La cabeza se utilizó en la comedia de John Huston “El profeta del diablo”, de 1979, la cual se filmó cerca de la universidad. Después, la devolvieron al museo, donde se expuso y más tarde la guardaron en un almacén.

La práctica ceremonial de encoger cabezas era frecuente en el este de Ecuador y el norte de Perú, comentó Houlton el miércoles.

“En parte eran una manera de apaciguar a los espíritus ancestrales del vencedor, siguiendo una larga tradición de enemistad y venganza”, dijo Houlton, y añadió que las tzantzas también se utilizaban para atrapar el espíritu del enemigo.

Sujetaban la boca con tres alfileres que se ataban con una cuerda muy apretada.

El proceso de encogimiento convertía la cabeza en un amuleto para la comunidad del vencedor hasta que se creía que su potencia había disminuido, por lo general al cabo de unos dos años, explicó Houlton.

Una vez que vaciaban la cabeza, suturaban los párpados. A continuación, colocaban la piel en una vasija de arcilla llena de agua de río y la ponían al fuego. Este proceso encogía las fibras de colágeno de la piel.

A continuación, por el cuello se metía una piedra calentada al fuego y se usaba para quemar la piel interna hasta que la piedra se hacía demasiado pequeña. Después se utilizaba arena caliente hasta que se secaba la cabeza.

Kiefer y Craig D. Byron, el otro autor principal del artículo, afirmaron que este era uno de los proyectos más significativos en los que habían trabajado, usando la ciencia y la tecnología para devolver un artefacto cultural a los ecuatorianos.

“Nos sentimos como si fuéramos parte de algo”, dijo Byron el martes. “Nadie quiere leer mi investigación sobre los monos y las suturas craneales, en cambio todos quieren que les hable de la cabeza reducida”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.