Bukkake sobre una niña de 12 años

 

Cuatro niños, de doce años, encerrando a una compañera de clase en el baño del colegio, y masturbándose sobre ella. Una vez por semana, al menos, y durante varios meses.

No es ficción.

Lo digo por los que preferís mirar hacia otro lado y no creeros la historia. Yo cuento un caso, el que conozco, pero no será el único. Seguro.

Cuatro niños. No la tocaban. No la desvestían. Sólo la forzaban a ponerse en el centro. Ella cerraba los ojos. No quería ver. Pero veía. No quería escuchar los gemidos y ruidos que producían. Pero los escuchaba.

Ella no contó nada. Sus padres vieron cómo perdía peso de forma alarmante. Creyendo siempre que era anorexia o bulimia -tiene 12 años, empiezan a gustarle los chicos, le disgusta su cuerpo-, sus padres insistían en que comiera. Las peleas eran constantes. Pero María –nombre ficticio- no había dejado de comer porque quisiera verse delgada.

Había dejado de comer porque le daba asco su cuerpo. Esos compañeros de clase habían conseguido que sintiese asco de ella misma. Que no soportara estar en su piel. En esa piel y esas caderas y ese pelo y esos pechos y esos ojos y esos labios que hacían que ellos le hicieran eso en los baños del colegio.

Al principio no la tocaban, pero el abuso fue creciendo en intensidad, hasta el día en que decidieron -como en un bukkake- correrse todos sobre ella. Ese fue el día en que la niña llegó a casa con el jersey manchado. De semen.

Y lo vomitó todo.

Los niños son inimputables, y alegan que sólo han hecho lo que han visto en sus móviles. Porno. Bukkakes. Sumisión de la mujer. Niños sin experiencia sexual que aprenden viendo porno. Cada vez más extremo. Y que creen que esas son las relaciones sexuales normales. Las que tienen que tener. Su umbral de excitación es cada vez más alto. Porque están “saturados” de ver porno y necesitan más.

El otro día conté esta historia en mi columna de Yo Dona. La repercusión ha sido brutal. Pero también hay quien ha decidido no creérsela, mirar hacia otro lado, insultarme a mí.

Y lo que no podemos hacer ahora mismo es eso. Nos toca coger el toro por los cuernos. A las familias. A la sociedad. Al sistema educativo. A los políticos. Porque o educamos nosotros a los niños y niñas en el sexo –alto y claro- o los educa el porno. Extremo.