Cómo las brujas de hoy en día reclaman una historia oscura para el feminismo

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En una reciente marcha de mujeres en protesta por la prohibición casi total del aborto en Texas, una manifestante sostenía en alto un cartel que decía, en furiosas letras rojas: “Somos las bisabuelas de las brujas que no quemaron”.

Otros mensajes que hacen referencia a la caza de brujas, y a las brujas ancestrales, han aparecido en concentraciones en todo Estados Unidos como parte de las protestas posteriores al #metoo contra una supuesta guerra contra los derechos de las mujeres.

“No es una coincidencia que haya habido un enorme aumento en el resurgimiento del interés por la brujería entre los jóvenes, al mismo tiempo que el resurgimiento del feminismo”, dice Frances F Denny, fotógrafa, cuyo libro Major Arcana: Portraits of Witches in America (Retratos de brujas en América) se publicó en 2020, es el tema de una exposición actual en el Museo Peabody Essex de Salem (Massachusetts), la ciudad de los juicios de brujas de 1692.

“Si miras la historia del feminismo en los años 60 y 70 y la historia de la brujería moderna, se mueven en tándem. Las olas están ocurriendo al mismo tiempo”.

Mientras investigaba su primer libro en 2014, Denny descubrió que uno de sus antepasados había sido juez durante los juicios de brujas de Salem. Los juicios marcaron uno de los periodos más oscuros, y que aún se siguen analizando, de la vida en las colonias. El pánico puritano en Massachusetts, alimentado por un año de condiciones sombrías -un brote de viruela, un invierno brutalmente frío y la inestabilidad política local- llevó a la acusación de brujería contra 200 personas, seguida de la ejecución de 20 de ellas: 14 mujeres y seis hombres.

Una de las acusadas, Mary Bliss Parsons, era también pariente de Denny. Aunque Parsons fue declarada inocente, la acusación de brujería ensombreció el resto de su vida. El descubrimiento de la familia de Denny la llevó a un viaje a través de Estados Unidos desde Nueva York, a San Francisco, a Maine y a Nueva Orleans, con el telón de fondo de la histeria de las brujas de Nueva Inglaterra, fotografiando a 75 brujas modernas, de entre 20 y 85 años. Su odisea duró tres años.

Los retratos, un aquelarre fotográfico diverso y ecléctico, forman ahora parte del final de una exposición en tres partes en Salem - “de vuelta a mi lugar”, dice Denny- en el Museo Peabody Essex. Junto a las reliquias de los juicios del siglo XVII, se encuentra un vestido del diseñador Alexander McQueen, confeccionado en 2007 en honor a su propia antepasada ejecutada en Salem, Elizabeth How. El museo alberga documentos originales de la época, expuestos en la primera parte de la muestra titulada “Nadie estaba a salvo”; órdenes de arresto y testimonios de los habitantes de Salem en los interrogatorios y cartas tanto en contra como a favor de los acusados. El testimonio de Elizabeth How, expuesto, responde a las acusaciones de maldecir a los aldeanos y al ganado: “Aunque fuera el último momento en el que viviera, Dios sabe que soy inocente de cualquier cosa de esta naturaleza. No quieres que confiese lo que no sé”.

Los hechos fueron inmortalizados en la obra de Arthur Miller de 1953, El crisol. El museo también conserva las cartas en las que se anulan todos los cargos en 1711 y se ordena el pago de daños a una lista de ejecutados.

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Varios estudios, uno de ellos realizado por el Centro de Investigación Pew en 2014, sugieren ahora que la identificación formal con la brujería está aumentando considerablemente en Estados Unidos, con cerca de un millón y medio de brujas practicantes. El Christian Post informó en 2018 que los wiccanos, una de las sectas más grandes dentro de la brujería, superaban en número a los presbiterianos. Las formas de practicar la brujería son tan diversas como la propia América: “Tienes sumas sacerdotisas wiccanas. Hay practicantes de vudú. Hay brujas de la cocina, brujas verdes, brujas del seto, brujas del sexo, brujas del espacio, y todas ellas interpretan esta idea de brujería y magia de forma individualizada”, dice Denny.

Cada una de las 75 brujas fotografiadas por Denny tiene su propio sistema de creencias y prácticas personalizadas. Aunque la brujería también la practican personas no binarias, trans y hombres, es imposible desligar la idea tradicional de brujería de la identidad femenina. Históricamente, las brujas se asociaban a mujeres que se situaban fuera de los límites de la sociedad: el sistema médico, la iglesia, el patriarcado o, en las tradiciones afrocaribeñas del vudú y el hoodoo, una forma de conservar las identidades tradicionales frente a la colonización y la esclavitud.

Pam Grossman es una de las brujas más destacadas de Estados Unidos en la actualidad. Es autora de dos libros, Waking the Witch: Reflections on Women, Magic and Power (2019) y Witchcraft. The Library of Esoterica, que se publicará a finales de este mes, y conductora del podcast The Witch Wave. Aparece en Major Arcana, y escribe en la introducción del libro: “La imagen de la bruja es uno de los primeros ejemplos de propaganda generalizada contra las mujeres”.

“[Algunas] me contaron que su identidad de bruja fue utilizada por sus excónyuges en su contra en los procesos de divorcio y en los tribunales de familia”, dice Denny. “Eso fue una verdadera llamada de atención para darme cuenta de que todavía hay mucho en juego con este proyecto, con esta palabra. Sigue siendo un tabú. Sigue siendo peligroso”.

La brujería -o al menos la adivinación- estaba penada por la ley en algunos estados hasta la década de 1970. Zsuzsanna Budapest -que aparece en el libro de Denny- fue detenida en California por leer cartas del tarot en 1975, después de que una agente de policía se hiciera pasar por cliente en su tienda, “Feminist Wicca”. Fue declarada culpable de adivinación, en contra de la ley estatal de la época, y, tras pagar la fianza, pasó nueve años apelando la condena (Gloria Steinem contribuyó a sus gastos legales), que fue revocada por el Tribunal Supremo de California por motivos de libertad religiosa en 1985.

Shine Blackhawk es otra de las brujas que aparecen en el libro de Denny y en la galería de Peabody Essex. Creció en Los Ángeles y aprendió brujería de su abuela, una mujer llamada Carlyn The Great. Cuando hablamos, está siendo observada por un gran cuadro de la diosa hindú Kali, que suele representarse pintada de azul, sosteniendo en alto una cabeza cortada. Blackhawk tiene dos velas encendidas delante de ella, una de ellas parpadeando a través de un cristal rojo. En su antebrazo derecho, tiene un tatuaje de una serpiente, con la boca de colmillos abierta.

Su madre era de Nueva Orleans, y su padre, un musulmán devoto. Tanto su abuela como su tía abuela, Bettye, se identificaban como brujas blancas. Dirigían una botica y eran botánicas tradicionales muy cualificadas. De niña, el imán de la mezquita local le dijo al padre de Blackhawk: “Te va a costar mucho trabajo”.

“Hacía demasiadas preguntas, siempre levantaba la mano, sabía recitar el Adhan (la llamada a la oración), que nunca debe ser pronunciado por una mujer; eso es vergonzoso, es un pecado”.

A los 20 años, Blackhawk se reconcilió con su brujería de “niña salvaje”, que ahora describe como ecléctica; en parte chamanismo, en parte hoodoo, pero esencialmente una forma viva de curación. “Sabía que tenía este poder desde que era una niña”, afirma. “Aunque en aquella época no utilizaba la palabra ‘bruja’, simplemente sabía que pertenecía a algo diferente, a otro mundo. Y pasé mucho tiempo en ese mundo diferente”. Perdió amigos, sobre todo cristianos devotos y musulmanes.

Actualmente vive en Phoenix (Arizona) y, además de trabajar como artista y música, fabrica remedios con base en plantas para todo tipo de dolencias. Trabaja con el tipo de raíces y hierbas que ahora se pueden adquirir en Whole Foods, comenta, y que se empaquetan de forma más aceptable como “homeopatía”.

“Para mí, mi iglesia está en el bosque, es mi santuario, es donde me siento más viva, y donde hago la mayor parte de mi trabajo es en la naturaleza. Cuando se habla de hechizos, maldiciones y maleficios, así es como rezamos”.

La base de su trabajo se centra casi por completo en las mujeres, curando y apoyando a las supervivientes de agresiones sexuales y violaciones.

“Todo el mundo tiene una vocación, y esa es la mía. Trabajar con mujeres. Soy una bruja solitaria. No creo en la jerarquía, no pertenezco a un aquelarre. No creo en seguir reglas ajenas a mí”. Aparece en la exposición de retratos de Denny en Salem, dice, orgullosa de estar junto a un grupo de otras brujas, ahí junto a las reliquias de los juicios de 1692.

¿Qué hace que una exposición sobre brujas sea tan importante ahora? “Que estas llamadas brujas modernas estén ahí para todas las mujeres a las que se les robó la voz hace 300 años es una de las cosas más importantes de las que he formado parte”, señala Blackhawk. “Los juicios fueron una parte muy dura de nuestra historia, pero estar entrelazados y conectados: es como si esas mujeres siguieran respirando, viviendo, bailando y moviéndose a través de nosotros. Es épico formar parte de eso”.

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