Brasil, un racismo sutil que lleva a la muerte

Sao Paulo, 9 jun (EFE).- A Liliane Rocha una infancia en la extrema pobreza no le impidió trazar una reputada carrera en el mundo corporativo. A sus 38 años, la empresaria tuvo que superar otro obstáculo, el del racismo, que en Brasil también se practica sutilmente y es muchas veces sinónimo de una muerte precoz.

Rocha creció y vivió hasta sus 9 años en una humilde choza de 18 metros cuadrados en Guarulhos, en la región metropolitana de Sao Paulo, pero su vida cambió después de que entró a la universidad y logró una práctica en una multinacional, donde iniciaría una exitosa carrera.

Fue solo cuando empezó la pasantía que se percató por primera vez del abismo racial que separa Brasil: "en mi familia hay negros, en los lugares que yo circulo hay negros, en el metro hay negros. Pero cuando entro en mi primera empresa, me doy cuenta de que no hay negros", reflexiona en una entrevista con Efe.

En Brasil, el país del mundo con más afrodescendientes, el 75 % de los pobres son negros. Muy pocos alcanzan la universidad y, entre los que trabajan, muchos lo hacen de forma precaria.

La vida le enseñó a Rocha que el racismo no depende de clase social, currículo o cargo profesional y se presenta en los más variados espectros, ya sea en el ambiente corporativo o en una noche con los amigos.

"Una de las historias que más me marcó fue cuando una supervisora me dijo durante una evaluación de trabajo que yo debería alisar mi pelo y usar ropas refinadas porque yo era negra", rememora Rocha, quien a la época ocupaba un cargo ejecutivo y gestionaba un equipo en diversos países de América Latina.

En ese momento, dice, se dio cuenta de que para los negros "no es suficiente la competencia técnica, la inteligencia o la experiencia", porque lo que se exige es que "seamos otra persona" y "escondamos trazos de nuestra etnia".

UN RACISMO SUTIL, VELADO Y PERPETUO

Rocha es graduada en Relaciones Públicas, tiene un postgrado en Sustentabilidad, una maestría en Políticas Públicas y es autora de un libro, además de ser premiada internacionalmente, hablar tres idiomas e impartir clases en algunas de las más reconocidas universidades del país.

Aún así, a menudo se ve obligada a lidiar con las miradas confusas y de reproche de quienes creen que ella no pertenece a determinados lugares.

"Fui a visitar una amiga en uno de los barrios más ricos de Sao Paulo y, cuando estaba en el ascensor, una vecina me mira, mira el reloj y me dice '¿te vas ya? Esta no es la hora que las empleadas domésticas se marchan", cuenta.

La propia trayectoria personal de Rocha es un ejemplo del abismo que separa blancos y negros en Brasil.

En los primeros nueve años de su vida vivió con su madre y sintió en la piel todas las dificultades y prejuicios que sufren los afrodescendientes, a pesar de que son más de la mitad de la población (56 %).

"Yo dormí en estaciones de autobuses, pedía dinero en la calle, pasé hambre. Viví todas las fragilidades que alguien que vive en la extrema pobreza pasa", afirma.

A diferencia de Estados Unidos, con un largo historial de lucha por los derechos negros, Brasil vive un "racismo sutil y velado" en el que influyeron casi cuatro siglos de esclavitud -fue el último país de América en abolirla en 1888- y una ausencia histórica de políticas públicas (las cuotas raciales se introdujeron a mediados de la década de 2000 con el Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva).

Además, se pretendió silenciar "las luchas y líderes negros de la historia" del país, lo que condujo a una falta de referentes para la población afrodescendiente.

CUANDO EL RACISMO ES SINÓNIMO DE MUERTE

Pero Rocha apunta que hay al menos una dura similitud entre los dos países: la violencia policial institucionalizada contra negros.

"Esa violencia que vemos ahora con las protestas en Estados Unidos (por la muerte de George Floyd), nosotros los negros ya la vivimos desde siempre", recalca.

Hace unos tres meses, la empresaria y un amigo fueron a un bar en el bohemio centro paulistano y, a la hora de salir, alguien les acusó de no haber pagado la cuenta.

"El guardia de seguridad agarró a mi amigo y empezó a ahorcarle. Yo llamé a la Policía y, cuando los agentes llegaron, la primera cosa que hicieron fue mirarnos y preguntarme si de hecho habíamos pagado", dice.

Los policías retuvieron los documentos de ambos y les condujeron a la comisaría, donde pasaron más de 10 horas "sin documentos, sin que nadie nos dijera una palabra y pensando qué nos iban a hacer".

"Si fuera la misma situación hoy, yo no llamaría a la Policía. El guardia iba a agredir a mi amigo y nos marcharíamos, porque la fragilidad de nuestros derechos sería la misma, pero no tendríamos el desgaste y todo el miedo que pasamos", señala.

Para la empresaria, ser negro en este país suramericano significa "nunca sentirse seguro, ni siquiera dentro de la propia casa".

En Brasil, un 75 % de las víctimas mortales policiales son negros y, solo en 2018, más de 4.000 afrodescendientes perdieron sus vidas a manos de la Policía, una cifra 21 veces mayor que el número de muertos por agentes del orden en Estados Unidos.

Recientemente, Joao Pedro, de 14 años y quien fue asesinado en plena pandemia durante una operación policial en el interior de su vivienda en Sao Goncalo, en la región metropolitana de Río de Janeiro, se convirtió en el símbolo de las protestas de las "Vidas negras importan" en Brasil.

Para Rocha, se trata de un caso más de cómo el racismo inveterado en el sistema estructural e histórico del país siempre "impactará a la población negra".

DEFICIENTE ACCESO A SERVICIOS SANITARIOS

Aparte de las muertes en operaciones policiales, la población negra brasileña es más proclive a tener más problemas de salud que el resto.

Según un informe de la ONU, la mortalidad en recién nacidos antes de los seis días de vida, infecciones de transmisión sexual, muertes maternas y tuberculosis afectan más a los afrodescendientes.

Y se debe a la influencia que desempeñan factores sociales y económicos externos, como la insalubridad de hogares y lugares de trabajo.

La pandemia también tiene un impacto mucho más grave entre los afrodescendientes que en el resto de la población: un negro tiene hasta cuatro veces más riesgo de morir por coronavirus.

Nayara Batschke

(c) Agencia EFE

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