Brasil, antes un modelo a seguir, lucha por contener el virus en medio de una convulsión política

Ernesto Londoño, Manuela Andreoni and Letícia Casado
El ataúd de Jose Maria Silva, de 79 años, que murió de COVID-19, es llevado a un área exclusiva para personas que han muerto en la pandemia, en el cementerio Caju en Río de Janeiro, el 14 de mayo de 2020. (Dado Galdieri/The New York Times)
Adriana Marto en su celular en su apartamento, desde donde trabaja, en São Paulo, Brasil, el 7 de mayo de 2020. (Victor Moriyama/The New York Times)

Bancos abarrotados. Vagones del metro atestados. Autobuses llenos de simpatizantes fervientes del presidente brasileño, Jair Bolsonaro, con destino a mítines en los que se exhorta a los brasileños a ignorar las órdenes de quedarse en casa emitidas por alcaldes y gobernadores y a, en cambio, seguir las directrices del mandatario de regresar a trabajar.

Escenas como estas son un reflejo de la respuesta contradictoria y caótica de Brasil a la pandemia de coronavirus, la cual fue evidente el viernes cuando el ministro de Salud renunció, tan solo semanas después de que su predecesor fue abruptamente despedido después de los conflictos con Bolsonaro.

La confusión nacional ha ayudado a impulsar la propagación de la enfermedad y contribuyó a convertir a Brasil en un epicentro emergente de la pandemia, con una tasa de letalidad diaria tan solo superada por la de Estados Unidos.

Expertos en salud pública afirman que el enfoque desordenado ha saturado más las unidades de terapia intensiva y las morgues y contribuyó a los fallecimientos de grandes cantidades de profesionales de la salud a medida que la economía más grande de América Latina se hunde en la que podría ser su recesión más profunda en la historia.

La crisis que enfrenta el país muestra un claro contraste con el historial de Brasil respecto a respuestas innovadoras y ágiles a los desafíos de la atención médica que lo convirtieron en un modelo a seguir entre los países en vías de desarrollo en las décadas pasadas.

“La de Brasil pudo haber sido una de las mejores respuestas a esta pandemia”, dijo Marcia Castro, una profesora en la Universidad de Harvard que es originaria de Brasil y se especializa en salud global. “Sin embargo, en este momento todo está completamente desorganizado, y nadie está trabajando para lograr soluciones conjuntas. Esto tiene un costo, y el costo son vidas humanas”.

Brasil tuvo meses para estudiar los errores y los aciertos de los primeros países en ser afectados por el virus. Su sólido sistema de salud pudo haber sido desplegado para realizar pruebas en grandes cantidades y rastrear los movimientos de los pacientes recién contagiados.

Su fracaso en actuar de manera temprana y agresiva no concuerda con los ingeniosos enfoques del país en crisis médicas pasadas, afirman los expertos en salud.

Después de un aumento repentino en infecciones por VIH en la década de los noventa, Brasil ofreció tratamiento universal y gratuito y presionó a la industria farmacéutica para reducir los costos. Amenazó con no respetar la patente de una empresa farmacéutica suiza de un medicamento para el VIH en 2001, y lo hizo en 2007, al fabricar su propia versión genérica y disminuir en gran medida la prevalencia de VIH.

En 2013, Brasil expandió en gran medida el acceso a la atención médica preventiva en áreas de escasos recursos al contratar a miles de médicos extranjeros, la mayoría de ellos cubanos. Y para combatir el brote de zika en 2014, Brasil creó mosquitos modificados genéticamente que ayudaron a disminuir la población del insecto, una táctica que pronto será desplegada en Florida y Texas.

El éxito anterior de Brasil fue resultado de la inversión en ciencia y el empoderamiento de los científicos, dijo Tania Lago, una profesora de Medicina en la Universidad Santa Casa en São Paulo, que trabajó en el Ministerio de Salud en la década de los noventa.

“Ahora ha habido una ruptura de la nación con su comunidad científica”, dijo. “Lo que me entristece es que estamos y seguiremos perdiendo vidas que se pudieron haber salvado”.

Conforme los países comenzaron a implementar medidas drásticas para frenar la propagación del virus en febrero y marzo, Bolsonaro le restó importancia a los riesgos y alentó las reuniones públicas. Ahora, insta a los brasileños a regresar a trabajar incluso a pesar de que los números de nuevos casos y decesos están en ascenso.

La semana pasada, el presidente emitió un decreto en el cual clasifica los gimnasios y los salones de belleza como negocios esenciales que deberían reabrir.

“La salud es vida”, dijo. Al igual que con algunas de sus otras decisiones relacionadas con la pandemia, fue en contra de medidas estatales y locales y pilló desprevenido al ministro de Salud.

Hasta el sábado, Brasil tenía 233.142 casos confirmados de coronavirus y 15.633 muertes. Sin embargo, la cifra real de fallecimientos es probable que sea mucho más alta, según los certificados de defunción recopilados por Fiocruz, un instituto gubernamental que estudia tendencias de atención médica.

Los expertos no esperan que la epidemia tenga su punto más crítico en Brasil hasta dentro de varias semanas. Hasta principios de mayo, tenía la tasa de contagios más alta de los 54 países estudiados por el Imperial College de Londres, el cual también descubrió que las medidas de contención existentes en Brasil han fracasado en poner la transmisión en una trayectoria descendente.

La convulsión política que ha azotado al Ministerio de Salud durante las semanas pasadas ha afectado más la capacidad del país de prepararse para la pandemia.

El ministro de Salud, Nelson Teich, renunció el viernes, a unos días de completar un mes en el cargo.

Bolsonaro despidió a su predecesor, Luiz Henrique Mandetta, después de que tuvieron conflictos sobre el desprecio del presidente por las medidas de cuarentena.

El empobrecido estado de Amazonas, en el norte del país, ha visto sus hospitales saturados y esto ha obligado a sus cementerios a recurrir a fosas comunes para lidiar con la gran cantidad de cadáveres.

Arthur Virgílio Neto, alcalde de Manaos, la capital estatal, ha llorado durante entrevistas televisadas mientras implora por asistencia federal. Bolsonaro, con su desdén por el distanciamiento social y otras medidas preventivas, ha sido parte del problema, sostuvo Virgílio.

“Las personas nunca dejaron de deambular por las calles; ha habido un flagante desprecio de nuestros decretos”, dijo, y culpó a Bolsonaro. “Él está en contra del distanciamiento social, y eso explica parte de la desobediencia”.

This article originally appeared in The New York Times.

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