Borges. Historia de una página perdida

Pablo Gianera
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En uno de los "Two English Poems", Jorge Luis Borges se dirige a una segunda persona, a quien ofrece donaciones imposibles, entre ellas la siguiente: "I offer you my ancestors, my dead men, the ghosts that living men have honored in marble; my father's father killed in the frontier of Buenos Aires, two bullets through his lungs." El poema fue incluido en El otro, el mismo, de 1964, aunque está fechado en 1934, y bien puede servir como demostración de que esos ancestors, los "mayores" como le gustaba decir, no eran para Borges objeto de mera evocación ni garantía de la heráldica: había en la sangre una deuda contraída y una curiosidad siempre insatisfecha. Esa ofrenda es uno de los varios hilos que enhebran los escritos de Borges. El "padre del padre" mentado en el poema es el coronel Francisco Borges, muerto a balazos en 1874. Más íntimo es otro poema, "Junín", parte también de El otro, el mismo, pero fechado esta vez en 1966: "Soy, pero soy también el otro, el muerto,/ El otro de mi sangre y de mi nombre; [.]/ Vuelvo a Junín, donde no estuve nunca,/ A tu Junín, abuelo Borges. ¿Me oyes,/ Sombra o ceniza última, o desoyes/ En tu sueño de bronce esta voz trunca?" La pregunta no encuentra respuesta ni siquiera en la repetición del eco. Pero esta historia no termina en pregunta.

Hallazgo exclusivo: "Silvano Acosta", el texto inédito de Borges

Semanas atrás, haciendo de la necesidad de la cuarentena virtud, María Kodama decidió empezar a ordenar su archivo. Entre muchos papeles apareció una hoja suelta que Borges le dictó en 1985 y que registra un cambio de perspectiva sobre la vida del abuelo Francisco Borges. Kodama eligió a LA NACION, a instancias de Norberto Frigerio, director de Relaciones con la Comunidad del diario, para que "Silvano Acosta", la hoja suelta con el dictado, saliera ahora finalmente a la luz.

Para entender del todo la importancia del inédito, y con ella los motivos por los que Kodama decidió hacerlo público, es necesario revisar brevemente el vínculo, que no era únicamente de sangre, entre Borges y sus antepasados. Ya había hecho notar Alan Pauls en El factor Borges. Nueve ensayos ilustrados que Borges recurría al árbol genealógico "como capital, como reserva de valor, como argumento de autoridad, y también como garantía de cierta condición literaria". Podría agregarse también que en la genealogía había además tribulación y deberes. Otra buena lección de Borges es el desdén del parricidio, menosprecio que, dicho sea de paso, y acaso por causas diferentes, compartía con Kodama. En Autobiografía (esa memoria que salió primero en inglés, después, mutilada, en el diario La Opinión, y por último en libro, hacia 1999), cuenta lo siguiente: "Fue en la ciudad de Paraná donde Fanny Haslam conoció al coronel Francisco Borges. Ocurrió en 1870 o 1871, durante el sitio de la ciudad por los montoneros de Ricardo López Jordán. Borges, montado a caballo al frente de su regimiento, comandaba las tropas que defendían la ciudad. Fanny Haslam lo vio desde la azotea de su casa; y esa misma noche organizaron un baile para celebrar la llegada de las tropas gubernamentales de relevo. Fanny y el coronel se conocieron, bailaron, se enamoraron y con el tiempo se casaron".

Borges y LA NACION. Un vínculo estrecho

La escena, que para Pauls podría ser digna de la película Lo que el viento se llevó, presenta a Fanny Haslam, la lectora incansable, y al coronel, el hombre de acción. Suele pensarse que, en la tradición de los ancestros de Jorge Luis Borges, había dos linajes. El militar, y por lo tanto el épico, procedía del lado materno, los Acevedo; por el lado paterno, tenemos precisamente a la abuela, Fanny Haslam, y al padre, Jorge Guillermo. Ricardo Piglia derivó y simplificó las dos líneas de las ficciones de Borges, la libresca y la del culto del coraje. Sin embargo, el propio Piglia se puso en guardia ante el abuso mecánico de esa duplicidad: "Es una posición muy violenta y muy constitutiva de su escritura, en el sentido de que al cruzar los dos linajes (y él mismo es el punto donde esos dos linajes se cruzan) la tensión que él preserva es justamente lo que permite que la obra de Borges se convierta en lo que es".

Como sea, sería también verosímil que esos linajes estuvieran ya concentrados y contenidos en el encuentro de Francisco Borges y Fanny Haslam.

Borges que, desde ya, optó por el destino del hombre de letras, de épica sedente, concebía a su abuelo como emblema nostálgico del coraje, especialmente en el momento en que fue solo en busca de su muerte, cercado por la metralla. Lo dice en "Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833-1874)", poema de El hacedor (1960): "Está en lo cotidiano, en la batalla./ Alto lo dejo en su épico universo/ y casi no tocado por el verso".

Pero la epopeya, tan diferente del "sueño de bronce", ocultaba una deuda de signo inverso, la muerte injusta de Silvano Acosta, digamos más: la del "desertor" Silvano Acosta. "Fue en Buenos Aires donde Borges me dictó la página -cuenta Kodama-. Me dijo que el abuelo había hecho fusilar a este hombre que era completamente inocente, que no era ni traidor ni nada. Me dijo también: 'Qué cosa tan injusta, tan horrible que ha hecho mi abuelo'. Había que cumplir lo que Borges quería. Si no, ese hombre seguirá siendo anónimo. Era un complejo de culpa rarísimo, porque Borges no tenía nada que ver. Pero de todas maneras escribe eso para que la gente sepa que su abuelo lo había hecho fusilar. Al tener yo ese texto, nadie iba a enterarse. Y, como Borges cuenta, él se enteró de la historia por una carta que salió a remate público".

En una nota que publicó LA NACION en febrero de 2003, Luis Esnal dio con el principio probable de la historia, la punta del ovillo. Refiere allí que el coleccionista brasileño Pedro Corrêa do Lago pasó por Buenos Aires en 1979 y le hizo una visita a Borges. Tras el encuentro, el instinto cinegético que gobierna a todo coleccionista lo llevó a la Casa Pardo. Mientras revisaba papeles, encontró una carta en la que el coronel Francisco Borges consignaba que había sido "pasado por armas el desertor Silvano Acosta". Corrêa do Lago compró la carta y decidió volver a la casa de Borges para mostrársela. Según este relato, Borges explicó que su abuela inglesa, Fanny, le había contado que su abuelo había hecho fusilar a un desertor, pero que nunca había sabido su nombre. Dice el coleccionista que dijo Borges: "Qué lindo, voy a escribir una milonga de Silvano Acosta".

Si las fechas de Corrêa do Lago fueran exactas, quedarían por saberse las causas que explican que la escritura se postergara cinco años, pero en todo caso, a cambio de la milonga, Borges dictó por fin "Silvano Acosta", suerte de confiteor de la sangre, de la sangre de la estirpe y de la sangre vertida, "inútil página", según la llama, que confía a la memoria la reparación del daño, pago de esa deuda con un desconocido que contrajo al nacer. Hay unos versos del poema "El tango" en los que Borges declara: "El tango crea un turbio/ pasado irreal que de algún modo es cierto,/ el recuerdo imposible de haber muerto/ peleando, en una esquina del suburbio". Fue con las palabras que Borges hizo posible lo imposible y tuvo el coraje de saldar esa deuda de sangre que, por lo menos en la letra -es decir, a su modo-, iguala los tantos.

Otros papeles perdidos y encontrados

En estos días, Kodama siente la "partida" (prefiere siempre esa palabra) de Franco Maria Ricci, que tanto los ayudó a ella y a Borges en momentos difíciles, y habló incluso por teléfono con su viuda, Laura Casalis. Entre muchas otras cosas, Ricci, que inventó la revista FMR, presa de coleccionismo, hizo con Borges la cuidadísima colección "La Biblioteca de Babel", y cumplió además un papel crucial en el casamiento de Kodama y Borges. Él mismo lo contó: "Cuando Borges estaba ya muy enfermo en Ginebra, donde yo lo visitaba todas las semanas, convencí a Kodama de que se casara con él. Recuerdo que él solía tomarme las manos y decirme: 'Franco, convencéla a María de que se case conmigo'"

Pasaron los años de vida juntos y fueron quedando, además de "Silvano Acosta", otros papeles, como la copia de un poema mecanografiado en una hoja con membrete de la Biblioteca Nacional: "Director". El título es "S.S." y es la primera versión de "Susana Soca", el poema incluido en El hacedor. Hay aquí una modesta sorpresa.

En el retrato de la escritora uruguaya que había muerto en un accidente de aviación en Río de Janeiro en 1959, Borges anota en el papelito: "Con lento amor miraba los dispersos/ Colores de la tarde. Le placía/ Perderse en la compleja melodía/ O en la curiosa vida de los versos./ No el rojo elemental sino los grises/ Hilaron su destino delicado,/ Hecho a discriminar y ejercitado/ En la vacilación y en los matices./ Sin atreverse a hollar este perplejo/ Laberinto, miraba desde afuera/ Las formas, el tumulto y la carrera,/ Como aquella otra dama del espejo./ Dioses que moran más allá del ruego/ La abandonaron a ese tigre, el Fuego."

No fue el título lo único que Borges cambió (de las iniciales al nombre completo); en la versión definitiva del poema en El hacedor sustituyó también un verbo: "atisbaba" en lugar de "miraba", muy probablemente porque le habrá disgustado la repetición con el verso primero: "Con lento amor miraba los dispersos/ colores de la tarde."

Borges fue uno de los primeros en darse cuenta de que no se podía escribir ya de otra manera que como lector, y de extraer de esa constatación las consecuencias necesarias. La literatura no se hace en relación con el mundo sino con la literatura, y que la literatura (como la música y la pintura) dialoga consigo misma, lo que en el caso de Borges implica no sólo las palabras ajenas que leía sino las palabras suyas leídas por él mismo.

Cuando todavía veía, Borges solía usar las publicaciones periódicas (sobre todo la revista Sur) casi como pruebas de galera, la excusa para llegar la versión final, como si necesitara la distancia de lo impreso precisamente para leer y llegar a la forma última. El hábito no se perdió cuando empezó a dictar. Kodama cuenta con humor el modus operandi: "Siempre me dictaba, también en los viajes. Después me pedía que le leyera lo que había dictado y me decía: 'No, esa palabra no. ¿Qué palabra pondría usted?' Tal, decía yo. 'Sí, me parece bien, pongamos ésa'. Volvía a leerle. 'No, mejor la mía'. Le leía de nuevo. 'No, mejor la suya'. ¡Bueno, decídase!, le decía yo. Era fascinante".