Al borde de la extinción, estas ballenas también se están encogiendo

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Fotografía facilitada por John Durban y Holly Fearnbach de una ballena de los vascos en la bahía de Cape Cod, en Massachusetts. (John Durban y Holly Fearnbach vía The New York Times)
Fotografía facilitada por John Durban y Holly Fearnbach de una ballena de los vascos en la bahía de Cape Cod, en Massachusetts. (John Durban y Holly Fearnbach vía The New York Times)

Las ballenas francas glaciales están teniendo dificultades para sobrevivir, y se nota.

La mayoría de las aproximadamente 360 ballenas francas, también llamadas ballenas de los vascos, que están con vida presentan cicatrices de enmallamientos en equipos de pesca y colisiones con barcos a gran velocidad y, según un nuevo estudio, son mucho más pequeñas de lo que deberían ser.

Los científicos hace poco examinaron cómo ha cambiado en los últimos 40 años la relación entre el tamaño y la edad de las ballenas francas glaciales que viven en el Atlántico norte y descubrieron que estas ballenas en peligro de extinción son bastante más pequeñas que las generaciones anteriores de su especie.

Sus hallazgos, publicados el jueves en la revista Current Biology, sugiere que los factores de estrés inducidos por el ser humano, principalmente los enmallamientos, están frenando el crecimiento de las ballenas de los vascos, lo que a su vez reduce sus posibilidades de éxito reproductivo y aumenta sus probabilidades de morir. Los autores afirman que, a menos que se tomen medidas drásticas para reducir estos factores causantes de estrés, es posible que estas ballenas no estén siempre con nosotros.

Durante los últimos 40 años, los científicos han observado la menguante población de ballenas francas glaciales. Al fotografiar a las ballenas desde arriba, con aviones y drones, los científicos han recogido caudales de datos sobre sus tasas de crecimiento y condiciones corporales.

Con esta información, los científicos, entre los que se encuentra Joshua Stewart, ecólogo de conservación cuantitativa de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica y autor principal del nuevo estudio, evaluaron en últimas fechas cómo ha cambiado la relación entre la edad y el tamaño de las ballenas.

Al darle seguimientos a 129 ballenas previamente identificadas de las que se conocía la edad, Stewart y sus colegas descubrieron que la longitud de los animales ha disminuido un 7 por ciento en promedio desde 1981, lo que se traduce en una reducción de unos 90 centímetros.

Una fotografía sin fecha proporcionada por John Durban y Holly Fearnbach de una ballena franca fotografiada desde un dron, con cicatrices de antiguos enmallamiento de artes de pesca alrededor de su aleta caudal. (John Durban y Holly Fearnbach vía The New York Times)
Una fotografía sin fecha proporcionada por John Durban y Holly Fearnbach de una ballena franca fotografiada desde un dron, con cicatrices de antiguos enmallamiento de artes de pesca alrededor de su aleta caudal. (John Durban y Holly Fearnbach vía The New York Times)

Aunque una disminución media de 90 centímetros quizá no parezca gran cosa, dado que estas ballenas pueden medir 16 metros de longitud, muchas de las ballenas observadas en el estudio presentaban casos extremos de retraso en el crecimiento.

“Vimos ballenas de 5 e incluso 10 años que tenían el tamaño de ballenas de 2 años”, dijo Stewart. En un caso, una ballena de 11 años tenía el mismo tamaño que una de 1 año y medio.

Miles de toneladas de artes de pesca —sobre todo trampas y nasas usadas para capturar langostas y cangrejos— están presentes en las rutas migratorias y zonas de alimentación de las ballenas francas en Estados Unidos y Canadá. Algunos de estos utensilios llegan a pesar miles de kilogramos y tienen boyas que impiden a las ballenas enredadas sumergirse lo suficiente para encontrar comida. Las ballenas que no se ahogan o mueren de hambre pronto a veces llevan arrastrando las artes durante varios años. Esto puede crear laceraciones profundas en la carne blanda de las ballenas y restar energía a procesos esenciales como la reproducción y, según sospechan los investigadores, al crecimiento.

“Lo que pensamos que está pasando es que arrastrar estos montones de equipo crea una carga extra, la cual requiere de energía para jalar, energía que de otro modo probablemente se destinaría al crecimiento”, explicó Stewart.

Aunque desviar la energía que ocuparían en el crecimiento puede ayudar a las ballenas a sobrevivir a corto plazo, el hecho de que tantas tengan que hacerlo supone un problema para la supervivencia de la especie.

“Las ballenas francas más pequeñas son menos resilientes al cambio climático ya que no tienen el colchón nutricional que necesitan para adaptarse durante los años de escasez de alimentos”, dijo Amy Knowlton, científica titular del Acuario de Nueva Inglaterra y coautora del estudio. “Otros estudios han demostrado que las ballenas más pequeñas no tienen tanto éxito reproductivo, ya que se necesita una enorme cantidad de recursos nutricionales para quedar primero embarazada, luego amamantar a un ballenato durante un año y finalmente recuperarse para quedar embarazada otra vez”.

Dado que solo quedan unos pocos cientos de especímenes de las ballenas francas, de los que menos de 100 son hembras en edad reproductiva, la especie difícilmente puede permitirse un descenso en su tasa de natalidad.

Según los autores del nuevo estudio, la mejor manera de garantizar la supervivencia de la especie es presionar a los gerentes de las pesquerías de Estados Unidos y Canadá para que reduzcan considerablemente la cantidad de artes de pesca que usen cuerdas e implementen límites de velocidad a los barcos en el Atlántico norte.

“Todos consumimos productos que son movidos por el mar, y muchos comen langostas”, comentó Michael Moore, científico titular del Instituto Oceanográfico Woods Hole y coautor del estudio. “Si todos les exigiéramos estos cambios directivos a los funcionarios electos, entonces la situación cambiaría de manera dramática”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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