Desde Bolivia, lecciones para una elección exitosa

Julie Turkewitz
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Un póster de campaña del expresidente Evo Morales permanece a lo largo de un paso a desnivel en El Alto, Bolivia, el 17 de octubre de 2020. (Tyler Hicks/The New York Times)
Un póster de campaña del expresidente Evo Morales permanece a lo largo de un paso a desnivel en El Alto, Bolivia, el 17 de octubre de 2020. (Tyler Hicks/The New York Times)
Luis Arce, un exministro de Economía que ganó la elección presidencial 2020 de Bolivia con el 55 por ciento de los votos, saluda a sus simpatizantes durante un desfile de celebración en El Alto, Bolivia, el 24 de octubre de 2020. (Tyler Hicks/The New York Times)
Luis Arce, un exministro de Economía que ganó la elección presidencial 2020 de Bolivia con el 55 por ciento de los votos, saluda a sus simpatizantes durante un desfile de celebración en El Alto, Bolivia, el 24 de octubre de 2020. (Tyler Hicks/The New York Times)

LA PAZ — A medida que el nacionalismo, la desinformación y la pandemia han emergido como amenazas a la democracia (y una elección presidencial ha sacudido a Estados Unidos), la relativamente pequeña nación de Bolivia, en crisis política durante la mayor parte de sus 195 años de historia, logró una votación libre y justa.

Lo hizo en medio de polarización extrema y división racial, aunadas a protestas violentas, mientras enfrentaba la desconfianza de los votantes y combatía uno de los peores brotes de coronavirus en el mundo.

Luis Arce, un exministro de Economía, ganó con el 55 por ciento de los votos, una señal clara de que gran parte del país aceptó el proyecto socialista de su partido. Las temidas protestas masivas y la violencia nunca ocurrieron. Además, la participación electoral alcanzó una cifra histórica al llegar a casi el 90 por ciento.

Analistas políticos afirman que el logro improbable de Bolivia está cimentado en parte en el cansancio con la incertidumbre, un plan del gobierno para votar bien recibido y una promesa del candidato en segundo lugar de respetar los resultados. Incluso con muchos menos recursos y más desafíos que muchas naciones, ¿Bolivia ha ofrecido al mundo un momento de aprendizaje?

¿Cuál fue el origen de las profundas divisiones del país?

Conforme se aproximaba su elección del 18 de octubre, Bolivia estaba dividida de manera intensa entre simpatizantes y críticos de Evo Morales, un exlíder de gran importancia que fue el primer presidente indígena del país.

Durante catorce años, Morales gobernó Bolivia y transformó al país al sacar a cientos de miles de personas de la pobreza, incluidos muchos bolivianos indígenas quienes por siglos habían sido marginados. La elección de Morales fue histórica, pero perdió simpatizantes a medida que persiguió a opositores, acosó a periodistas y puso al poder judicial a su favor.

A finales de 2019, su intento de contender por un cuarto periodo terminó en acusaciones de fraude electoral y en la exigencia de los manifestantes para que dejara el cargo. La policía y las Fuerzas Armadas pronto se unieron al llamado, por lo que huyó del país. Los simpatizantes calificaron su destitutución como golpe de Estado.

En los años turbulentos que siguieron, el país fue gobernado por una presidenta temporal, Jeanine Añez, que inició procesos contra los aliados de Morales y aterrorizó a gran parte de la población indígena con un duro discurso anti-Morales.

Después de que Añez asumió el poder, al menos veintitrés civiles indígenas fueron asesinados durante protestas pro-Morales. Agentes estatales fueron responsables, según un informe reciente de la Clínica Internacional de Derechos Humanos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard y la Red Universitaria para los Derechos Humanos. Nadie se ha hecho responsable.

Muchos bolivianos indígenas temían que un futuro con Añez (o cualquier candidato conservador) significara un regreso al pasado.

¿Cómo se sintieron los bolivianos en las elecciones?

El día de la elección enfrentó al sucesor elegido de Morales, Arce, contra un expresidente, Carlos Mesa.

A medida que el país se acercaba a la votación, muchas personas en ambos lados estaban enfurecidos. Había confianza limitada en el sistema electoral y preocupación extendida de que el resultado, para cualquier bando, conduciría a la violencia de parte de votantes furiosos.

“Todos estamos asustados”, dijo Aida Pérez, de 27 años, una simpatizante de Mesa, previo a la elección. Después de la última elección, dijo, simpatizantes de Morales enfurecidos le lanzaron piedras.

¿Cómo logró el país una votación en calma?

Observadores electorales que habían llegado de todo el mundo, así como expertos bolivianos y votantes, atribuyeron la votación exitosa a diversos factores.

Primero, ante las consecuencias de la crisis de 2019 y la desconfianza que engendró en el sistema electoral, Bolivia trabajó para arreglar los fallos y las lagunas en sus instituciones y procesos que habían conducido a los problemas.

El país renovó su Tribunal Supremo Electoral, previamente lleno de personas fieles a Morales. Esto fue hecho a través de las aportaciones de varias personas involucradas: el nuevo presidente del tribunal, Salvador Romero, fue designado por Añez, pero solo después de una negociación entre miembros de los principales partidos.

Entonces, en los meses previos a la elección, el tribunal emprendió una campaña a gran escala de educación de votantes, la cual incluyó anuncios en televisión, radio, periódicos y redes sociales que buscaban reparar la fe en el sistema de votación al informar al público sobre los cambios.

La campaña garantizó a los bolivianos la seguridad de los materiales electorales, les explicó cómo revisar el registro y demostró las medidas de protección del día de la elección para estar a salvo del virus. Una serie de videos promovieron la idea de votar como una oportunidad para unir al país.

“Esto generó confianza”, dijo Naledi Lester, un experto que trabaja con el Centro Carter, un grupo de monitoreo de elecciones, para evaluar la votación.

Segundo, el enfoque del candidato que no era favorito ayudó a asegurar un resultado fácil. Mesa dijo en repetidas ocasiones en los días previos a la elección que aceptaría el conteo incluso si perdía; y concedió la victoria el día después de la elección, cuando ya fue claro a través de los datos de las encuestas de salida que su oponente tenía una ventaja significativa.

“No hubo violencia en Bolivia”, dijo Fernanda Wanderley, quien administra el instituto socioeconómico en la Universidad Católica Boliviana, porque Mesa y sus simpatizantes perdieron “y aceptaron que perdieron”.

Añez también aceptó el resultado de inmediato, así como lo hicieron gobiernos tan variados como Estados Unidos y Venezuela.

¿Cómo se desarrolló el día de la elección?

El 18 de octubre, alrededor de siete millones de bolivianos caminaron a sus estaciones de votación (la mayoría de los negocios cerraron y prohibieron manejar), se pararon con 2 metros de distancia y usaron mascarillas quirúrgicas mientras esperaban para sufragar.

Los trabajadores los rociaron con desinfectante cuando ingresaron a las estaciones de votación, que fueron en su mayoría escuelas con grandes patios exteriores.

Tras de un exhaustivo conteo manual, Arce emergió con la victoria, con el 55 por ciento de los votos, 26 puntos por delante de Mesa.

Días después, Arce realizó un enorme mitin de celebración en su bastión de El Alto, en las afueras de La Paz, la capital administrativa del país, y miles bailaron por horas, sin ningún incidente. “¡Mi corazón está feliz!”, gritó una votante, Nicolasa Balboa, de 60 años.

La Organización de los Estados Americanos, que criticó duramente la votación de 2019, calificó la elección de este año como “ejemplar”.

¿Qué papel desempeñaron los bolivianos comunes en todo esto?

Primero, el enorme margen a favor de Arce dificultó que sus oponentes cuestionaran los resultados.

Pero más importante, muchas personas en Bolivia atribuyeron la gran participación electoral y relativa calma a un abrumador deseo de regresar a las normas democráticas tras un año de conflicto particularmente agudo.

Cuando estaban formados para votar, muchos bolivianos describieron el acto, y el respeto por el resultado, como un deber moral.

“Nunca debimos haber llegado a este momento”, dijo Verónica Rocha, de 38 años, una simpatizante de Mesa en La Paz, en referencia a la polarización en algunos momentos violenta de este año.

“Sin embargo, desafortunadamente lo hicimos. Y aunque el camino hacia adelante puede ser difícil, es tiempo de comenzar a reconstruir las instituciones, y nuestro tejido social”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company