Cuando el periodismo entra en crisis: la aparición de "quinto poder"

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Actualidad | Planeta | 280 páginas | 149 pesos

Si un actor social fue puesto en tela de juicio durante el kirchnerismo, ese fue el periodismo. Después de 2008, claro: desatado el conflicto con el campo, se configuraron dos facciones de poder que se trasladaron a todos los ámbitos de la sociedad. Con el Gobierno nacional por un lado y el multimedios del otro, el conocido rol del periodismo como "cuarto poder" que fiscaliza al ejecutivo quedó, por lo menos, cuestionado.

"Los periodistas que tienen esa perspectiva anacrónica sobreactúan una heroicidad antigubernamental y antiestatal, espectacularizando la lógica de la denuncia, mientras el verdadero poder está en la corporación económica que le paga el sueldo todos los meses", explica Dante Palma. El filósofo, docente de la Universidad de Buenos Aires y columnista del programa 678 analiza el rol de un "quinto poder", llamado a cuestionar no sólo al Gobierno de turno, sino también al periodismo que se llama a sí mismo objetivo y neutral.

Activo usuario de las redes sociales, pero crítico también de ellas, Dante retoma el concepto de "quinto poder" del periodista y semiólogo Ignacio Ramonet, exdirector de Le Monde diplomatique, para hablar del "ocaso del periodismo". ¿De qué se trata este fenómeno? ¿En qué estado se encuentra hoy la profesión que se encarga de dar a conocer lo que sucede a la sociedad? ¿Qué es la contradictoria "censura democrática"? ¿No incurre 678 en el mismo tipo de argumentaciones que el programa critica? Aquí, Dante Palma cuenta de qué se trata el nuevo lanzamiento, y cómo el periodismo tal y como lo conocemos ya ha cambiado para siempre.

- ¿Qué implica este "quinto poder" del que habla Ramonet, y qué le agregás vos en tu nueva publicación?

- El quinto tiene que ver con la necesidad de generar un espacio que pueda ser el contrapeso del cuarto poder, el de la prensa. Supone readecuar el anacrónico esquema que enfrentaría a los 3 poderes de la república, autonomizados de los intereses de la ciudadanía y con poca representatividad, con un cuarto poder que vendría a controlar a aquellos poderes de la república mientras amplifica la voz de la sociedad civil. Sin embargo, mi mirada, a partir de la experiencia latinoamericana y Argentina específicamente, considera que no hay quinto poder sin la decisión política y sin un Estado que genere las condiciones para visibilizarlo y empoderarlo.    

- En un momento hablás de la censura como "sobreabundancia" de información. ¿Cómo sería esta "censura democrática", casi una contradicción en sus términos?

- Claro. Es una categoría de Ramonet a la cual esta vez sí suscribo enteramente. A diferencia de las censuras "clásicas" realizadas por los Estados, censuras que funcionaban a través de recortar o silenciar, es decir, de no permitir que saliese a la luz una información o una opinión que pusiera en jaque al poder, la censura democrática actúa de una manera mucho más sutil pues lo que hace es inundar de información, sobreinformar a partir de un manojo de noticias y desde diversos canales de información. Así, paradójicamente, existen cientos de espacios desde el cual se informa libremente pero la información que se elige publicar es aquella funcional a determinados intereses y la vehemencia de su repetición acaba ocultando la información relevante. Desde mi punto de vista, esto genera, a su vez, un cambio en el sujeto que censura pues si bien hay casos de censuras de parte de los Estados o el poder político, son especialmente las empresas privadas dueñas de los medios las que más presionan a los periodistas.      

- Calificás de "anacrónica" a la figura del periodista que opera como un contrapoder. ¿A qué te referís con esto?

- Considero anacrónico aquel punto de vista defendido por muchos periodistas que entiende que su labor es ser críticos del poder y afirman que el poder está en los gobiernos. Es anacrónico porque estoy de acuerdo con que el periodista sea crítico del poder, pero el poder está hoy en su empleador. Es decir, los medios de comunicación se han transformado en la cara visible de las corporaciones económicas y construyen sentido común en función de tales intereses. Ahí está el poder. No en los gobiernos ni en los Estados más allá de que en buena parte de Latinoamérica se ha recuperado el rol del Estado. Los periodistas que tienen esa perspectiva anacrónica sobreactúan una heroicidad antigubernamental y antiestatal espectacularizando la lógica del denuncismo, mientras el verdadero poder está en la corporación económica que le paga el sueldo todos los meses.   

-       Le dedicás un capítulo al "Hubris" diagnosticado por Nelson Castro hacia la Presidenta. ¿Qué te pareció esta editorial del periodista?

- Me pareció revelador de toda una cosmovisión. En primer lugar es parte de esa psicologización de la política, aquella que utilizan ciertas revistas que se dicen políticas al tiempo que persiguen la lógica del espectáculo. Esta psicologización hace que no se evalúen las acciones de gobierno sino que se realicen hipótesis acerca de las razones últimas por las que se tomaron tales decisiones. A su vez, Castro utiliza el valor de verdad del discurso médico en un fenómeno que es muy peligroso. Se está diciendo que quien lleva adelante determinado modelo está desequilibrado (tiene Hubris). Pero tal diagnóstico no apunta a la persona desequilibrada sino a instalar que lo desequilibrado es el modelo que se impulsa. Hay que ser muy cuidadosos con la metáfora médica porque recordemos que en los años 70 se mencionaban a determinados grupos como "cáncer social" y frente a ello el genocidio apareció como el tratamiento ideal. No acuso a Castro de genocida ni mucho menos. Solo advierto sobre la utilización de ese tipo de discursos.

-       ¿Qué es el "desprecio por la palabra" que mencionás?

- Diría que es un fenómeno que trasciende a la Argentina y que se puede observar en diferentes aspectos. Por lo pronto, vivimos en un  momento del capitalismo en el que la velocidad de los signos-mercancía impide cualquier forma de reflexión. Nos informamos a través de títulos o, simplemente, de imágenes. Hay una economización de las palabras en favor de un elogio de la velocidad. Sustituimos la secuencialidad por la simultaneidad, pues dejamos de hacer una cosa por vez para hacer muchas a la vez. Los discursos políticos resultan también cada vez más acotados, lo cual resulta una verdadera contradicción pues sin palabra no hay política.

 -       Sos un activo usuario de redes sociales, pero a la vez crítico de ellas. ¿Qué análisis hacés en el libro a partir de la llamada "Primavera Árabe"?

- Efectivamente, tengo un blog y utilizo mucho Facebook y Twitter pero soy crítico respecto de lo que considero ciertas visiones ingenuas acerca de las redes. Las redes pueden ser un espacio desde el cual denunciar o combatir las miradas hegemónicas, pero cada vez más se están transformando en un brazo más de las corporaciones y en una mera amplificación de la agenda impuesta por los medios tradicionales. Lo más nombrado en Twitter es lo que está pasando en la TV ahora o los comentarios a la nota del día del diario más importante. Es la mirada de los propios medios tradicionales la que presenta a las redes sociales como un espacio autoconvocado y libre de participación para generar esa falsa sensación de ser parte de la comunidad de la información. A su vez, cabe observar el modo en que las grandes corporaciones económicas dueñas de medios tradicionales han comprado o tienen acciones de las empresas más importantes de internet. En este contexto, no tenemos que creer que la revolución se encuentra a un clic o a un "Me Gusta" de distancia.

-       Como integrante de 678, ¿qué lectura hacés del programa? ¿Qué aporta a la esfera pública y en qué sentido es "una fractura en la corporación periodística, a pesar de su escaso rating", como describís en el libro?

- Los programas de archivos anteriores a 678 hacían énfasis en buscar los errores de las figuras del espectáculo o las contradicciones de la clase política. En cambio 678 utilizó ese recurso para exponer las contradicciones y operaciones de prensa de los medios y sus principales periodistas. Eso produjo una fractura, y la obsesión con que aquellos periodistas atacan a 678 tiene que ver con que el programa mostró que el periodismo es una facción interesada como cualquier facción política, y que es posible una comunicación sin intermediarios;  que la libertad de prensa no es lo mismo que la libertad de expresión. Por eso el programa recibe embates directos desde los sectores de la prensa dominante y embates indirectos y subterráneos por parte de la prensa más afín al gobierno que quiere seguir ocupando el lugar de "guardián moral" que siempre reivindicó para sí el periodismo.   

-       ¿No incurren 678 y los medios opositores en el mismo tipo de argumentación cuando echan culpas al "bando contrario" a la hora de explicar un determinado fenómeno social?

- Vivimos atravesados por los discursos y, probablemente, por la economía de palabras a la que hacía referencia antes, encontramos un empobrecimiento de las argumentaciones. Efectivamente, hay sectores de la Argentina que resuelven todos los temas preguntando de parte de quién viene. Si soy ultraopositor sé que todo lo que provenga del gobierno es malo o tiene otra intencionalidad, y si soy ultraoficialista entiendo que todo lo que sucede en la galaxia es culpa de Clarín. Pero hay que hacer un esfuerzo y encontrar la complejidad, darse cuenta que la política y las sociedades contemporáneas necesitan ser analizadas con precaución y con la mayor cantidad de matices posibles. El resultado de ese tipo de análisis, claro está, no te lleva necesariamente a "estar en el medio" de ambas posiciones. Hacer eso supone forzar una posición y lamentablemente está muy de moda: identifico un lado extremo y otro lado extremo (dos demonios) y digo que no estoy ni en uno ni en otro. Esto también es una falacia porque el análisis crítico te puede llevar a estar claramente posicionado de un lado. ¿A quién se le puede ocurrir que ser crítico es estar en el medio de todo?        

@juanbrodersen  












































Paradójico: existe la censura democrática (Foto: Facundo romero)
El Juego Limpio, el programa de Nelson Castro (Flickr)
Dante, en 678: critica a los guardianes morales