"Nadie quedó a salvo de la crueldad, el oscurantismo y la demencia de la dictadura"

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Pensamiento | Planeta | 216 páginas | 139 pesos

Tener una novia hermosa y que se la lleve la dictadura. Tener que deshacerse de una bomba, y que una madre, aunque "gorila", te de una mano para lograrlo. Estar exiliado, en las últimas y con culpa por los que se quedaron. Hernán López Echagüe las vivió todas, militando en la Unión de Estudiantes Secundarios, cuando tenía 16 años y lo cuenta en "Pibes, memorias de la militancia estudiantil de los años 70".

El Enano, como le decían sus amigos Lennon, Tony y Chiche, tenían en mente una cuestión muy clara: el mundo se había echado a andar por carriles equivocados. Los de la desigualdad, la injusticia y la inequidad. Y no se iban a quedar con los brazos cruzados: "Teníamos la certeza absoluta de que estaba viviendo un momento único, una situación política que difícilmente iba a repetirse", explica Echagüe.

El relato de "Pibes" es crudísimo: pocos libros cuentan en detalle la forma en la que los jóvenes militantes ligados a Montoneros vivieron la experiencia revolucionaria de una de las décadas de más conmoción política de la historia argentina. Y en primera persona: Echagüe volvió de su exilio en 1984 y desarrolló una labor periodística en medios como Perfil, Página 12, la revista Humor, además de los libros más venidos de investigación de la década del 90.

Pero tenía una cuenta pendiente: contarlo todo. Desde la tremenda depresión que sólo la soledad del exilio puede dar, hasta infantiles sanciones de Montoneros a sus militantes. Aquí, Echagüe cuenta un poco esta suerte de resaca emocional, con la prudente distancia que más de 40 años pueden aportarle a una de las heridas más grandes que la historia nacional haya conocido.

-El libro cuenta la historia de cuatro amigos militantes de la UES en los 70, y uno de ellos sos vos. Ya habías escrito novelas tuyas en las que contabas sobre tu vida. ¿Qué te llevó a este nuevo desafío?

- Primero debo aclarar que no es una novela. Todas las historias que cuento ocurrieron, o, al menos, ocurrieron tal como yo las recuerdo ahora, cuarenta años después. Ya conté parte de mi vida en dos libros anteriores, La resaca y Como viejos lobos. Esas sí fueron novelas. Ahora necesitaba despojar al relato de figuras equívocas y brindarle más espontaneidad, más llaneza, más situaciones vivas sin recurrir al refugio de la ficción. Una manera de decir, decirme: este soy yo porque de ahí vengo yo.

-Partís de una escena de insoportable depresión, aislamiento, en San Pablo. ¿Qué sentiste cuando te exiliaste y cómo reconstruiste tu vida allá, mediando la figura de Mandrake?

- Con todo lo que nos pasó, a todos, absolutamente a todos, uno no puede menos que ponerse a reconstruir su vida, a intentar retomar hilos de una vida que te cortaron de cuajo. Nadie quedó ileso o a salvo de la crueldad y el oscurantismo y la demencia de la dictadura. Y el exilio representa un desgarramiento muy duro, en el que se entreveran sensaciones muy particulares. La culpa por haberte ido; el dolor por la muerte o desaparición de los que se quedaron mientras uno, más allá de la pesadumbre, podía darse el lujo de meterse en un ómnibus y en poco más de una hora llegar, por caso, a las playas de Guarujá y comer un "espetinho" de camarón. En algún momento Galeano habló sobre "el amargo caviar del exilio".

-El clima de época de 1955 relacionaba la Juventud Peronista y la Unión de Estudiantes Secundarios con el amorío entre Perón y la joven Nelly Rivas. ¿Cómo veías vos a la UES y por qué te sumaste?

- Esas historias de Perón y alguna de las pibas de la UES en los 50, siempre me sonaron a invención de aristócratas y oligarcas pusilánimes. Mi vieja, gorila de veras, gorila puntual, implacable, siempre echaba mano de ese tipo de relatos para demostrarme que el peronismo era el mal de nuestra época. Tampoco era el bien, al menos para mí. Me acerqué a la UES porque creía que toda revolución en el país debía pasar inexorablemente por el peronismo. Pero lo hice desde una formación marxista-leninista.

- Y así y todo tu madre te ayudó a trasladar una bomba. ¿Cómo fue eso? ¿Por qué te ayudó?

- Una mañana de 1976, ante la posibilidad de un allanamiento a mi casa, tuve que deshacerme de todas las cosas que pudieran meter en problemas a mi mamá. Fue así que en un changuito de feria puse una bomba que guardaba en un armario, un montón de panfletos, alguna molotov, y con la ayuda de mi vieja la sacamos del departamento. Anduvimos unas cuadras y la dejamos frente a un edificio oficial. Después llamé a la policía desde un teléfono público y les avisé que en ese lugar había una bomba, para que se la llevaran, para evitar cualquier accidente. Mamá detestaba mi militancia, pero mientras viví con ella siempre me dio una mano para resolver los problemas, las macanas que yo me mandaba, como decía ella.

-¿Quién era tu novia y cómo la secuestraron? ¿Terminó desaparecida, o la volviste a reencontrar?

- Mi compañera era la China, una chica hermosa del colegio Carlos Pellegrini. La secuestraron en su casa, en mis narices, como cuento en el libro. Estuvo desaparecida unos meses, la pasó simplemente mal, muy mal, padeciendo todos los atropellos que te puedas figurar, y después, cuando la largaron, se fue con su familia a Estados Unidos. Me reencontré con ella un par de años atrás, y la semana pasada volvimos a juntarnos. Le di un ejemplar del libro.

-¿Por qué los sancionaba Montoneros? ¿Qué sanciones les impusieron en su momento?

- Nos sancionaban por tonterías. Ocurre que ya a fines de 1975 y comienzos de 1976 la militarización de las relaciones entre los compañeros era de locos. Te podían sancionar por haber llegado tarde una cita, por haberte olvidado un aerosol para una pintada en el asiento del colectivo, por negarte a participar de un operativo militar porque no estabas de acuerdo. El diálogo y la charla política acerca de lo que estaba pasando, se había roto. Sólo tenían valor las órdenes y cierta altanería caprichosa de la organización.

-¿Qué descubriste escribiendo el libro, tanto a nivel histórico como personal?

- En el terreno de la historia, descubrí poco y nada. En todo caso, me llevó a corroborar que hubiese actuado y militado y vivido como lo hice en aquella época. Razones, motivos, sobraban. Mis propósitos, las cosas que me mueven en la vida, son los mismos que hoy me mueven a escribir todo lo que escribo y a tratar de vivir lo más alejado que pueda de este sistema de mierda.

-¿Cuál creés que fue el motor de asumir esta experiencia que atravesaste de adolescente?

- Una profunda insatisfacción con el estado de las cosas que me rodeaban. La certeza absoluta de que estaba viviendo un momento único, una situación política que difícilmente iba a repetirse. Que podíamos, que teníamos la posibilidad, y la terrible responsabilidad, de llevar adelante un cambio total de símbolos y creencias que no hacían más que sumergir a la sociedad en un estado de impavidez y alegre sometimiento sin límite.

-Tratando de ver el cuadro completo, ¿qué dirías que fue lo mejor y lo peor de tu experiencia militante?

- Difícil saberlo. Quizá imposible. Pero improvisemos: lo peor, la ausencia definitiva de mis amigos y compañeros de entonces. Pibes, maravillosos pibes que ya no están y nunca jamás estarán. Lo mejor, arriesgo, haber entendido que la vida está en todas partes, no apenas en mis pulsiones; que estamos hechos de las pulsiones y los deseos y las necesidades de todos los que nos rodean, y que no calentarse o alegrarse por lo que le ocurre al vecino, es casi una inmoralidad, un pecado, un imperdonable acto de indiferencia.

-Abrís con una cita de Lacan que hace una referencia a la imposibilidad de la totalidad o la unidad de sentido en la vida humana. ¿A qué quisiste remitir con esto?

- Te confieso que no tengo la menor idea. Lo leí y me gustó. Quizá, que proclamar la unidad del sentido de la vida en toda la humanidad no es otra cosa que un abuso de confianza, o, por qué no, un imperativo de naturaleza irreverente.

@juanbrodersen






















































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