Olimpia Maidalchini, una mujer en la silla de San Pedro

La Historia pendiente
Busto de Olimpia Maidalchini realizado por Alessandro Algardi | Crédito: Museo del Hermitage, San Petersburgo.

En una época –el siglo XVII– en la que las posibilidades de una mujer para labrarse un porvenir se reducían básicamente a entrar en un convento o casarse con un hombre adinerado, Olimpia Maidalchini –también conocida como Olimpia Pamphili–, consiguió convertirse en una de las féminas más poderosas del mundo, llegando a controlar a su antojo los designios de Roma y de la Iglesia católica.

Hija del condottiero Sforza Maidalchini y la noble Vittoria Gualterio, Olimpia parecía destinada a seguir el mismo camino que buena parte de las mujeres de su tiempo. Siendo una joven hermosa, sus padres habían escogido para ella un futuro en el seno de la Iglesia, preparando su ingreso en un convento de monjas.

Sin embargo, la muchacha estaba determinada a ser libre, de modo que urdió un plan para escapar a una vida de oración y recogimiento. Cuando estaba a punto de entrar en el convento, Olimpia acusó falsamente a su consejero espiritual de haberle realizado proposiciones deshonestas, de modo que el escándalo llegó a tal punto que el sacerdote fue apartado de sus funciones y ella se libro de convertirse en monja, pues ningún otro convento quiso admitirla, por temor a que su notable belleza descarriara a algún otro religioso.

Libre de su futuro religioso, sus padres decidieron por tanto desposarla con algún rico caballero. El elegido fue un rico anciano de Viterbo, Paolo Nini, quien tan sólo vivió tres años después de la boda. Olimpia quedó así viuda, rica y libre de nuevo para encontrar marido. El nuevo matrimonio no tardó en llegar, pues en 1612, cuando tenía tan sólo 21 años, se desposó con otro personaje influyente: Pamphilio Pamphili, 27 años mayor que ella.

Pamphili no poseía una gran riqueza, pero gozaba de algo casi más importante a ojos de la joven Olimpia: influencia. No en vano, su nuevo marido era hermano del entonces cardenal Giovanni Battista Pamphili, quien años más tarde ocuparía el trono de San Pedro con el nombre de Inocencio X.

El ascenso de su cuñado al trono pontificio se hizo esperar, pues ocurrió en 1644 –cuando el marido de Olimpia, Pamphilio, llevaba muerto cinco años–, pero cuando llegó aupó a la noble de Viterbo a los puestos más importantes de poder dentro de los Estados Pontificios. Aprovechando su estrecha relación con su cuñado el Papa, Olimpia no tardó en favorecer a sus más allegados para, de este modo, obtener beneficios para ella misma.

Fuente de los Cuatro Ríos, obra de Bernini | Crédito: Wikipedia.

De este modo, consiguió que el pontífice otorgara a su hijo Camillo Francesco el cargo cardenal y legado apostólico en Avignon, consiguiendo una cuota de poder similar a la del Secretario de Estado Vaticano. Cuando Camillo decidió renunciar a su condición de purpurado para casarse con la bella Olimpia Aldobrandini, su madre no tardó en encontrarle sustituto: en este caso fue su sobrino Francesco Maidalchini –de sólo 17 años–, quien recibió el codiciado puesto.

Por desgracia, el joven Francesco demostró ser incapaz de desempeñar el cargo, así que de nuevo hubo que buscar un reemplazo para él, y de nuevo en el seno de la familia. En esta ocasión fue un primo de Olimpia, Camillo Astalli, el elegido para ejercer el cargo. Ahora sí, con dos parientes entre los más altos cargos de la jerarquía –un cuñado Papa y un primo cardenal y legado apostólico–, Olimpia Maidalchini extendió su poder e influencia a su antojo.

Tanto es así, que durante aquellos años ninguna reunión o audiencia con el pontífice tenía lugar sin la aprobación ni la supervisión de Olimpia. De hecho, la Maidalchini exigía el pago de una prebenda como paso previo a una petición o reunión con el Papa. De este modo, la astuta noble fue engordando cada vez más sus arcas personales.

Sus ansias de poder y enriquecimiento personal eran bien conocidas por el pueblo, que la apodaba La Pampiccia –en alusión a un célebre personaje de comedia– o La Papisa, pues resultaba evidente que en muchas cuestiones, en especial las de índole económica, era ella quien gobernaba realmente en el seno de la Iglesia.

Tanto es así, que con la proximidad del año jubileo de 1650, Olimpia consiguió encargarse de manejar las donaciones recibidas a modo de limosnas, quedándose así con la mayor parte del dinero entregado por los fieles. No contenta con aquella ganancia millonaria, la Maidalchini creó también un impuesto especial para las prostitutas romanas, cuya recaudación acababa también en sus manos.

Retrato de Inocencio X, realizado por Velázquez | Crédito: Wikipedia.

Pero su poder no se limitaba tan sólo a cuestiones económicas y de relaciones con la curia pontificia, sino que abarcaba también el terreno de las artes. Así, parece ser que el mismísimo Bernini tuvo que negociar con ella para conseguir el encargo de una de sus obras más célebres, la fuente de los Cuatro Ríos, en la Piazza Navona de Roma. El genial escultor y arquitecto consiguió su objetivo después de granjearse el favor de Olimpia regalándole una hermosa maqueta de la fuente. La obra le gustó tanto que concedió a Bernini los permisos necesarios para acometer el proyecto.

Su relación con las artes no se redujo a esta pequeña anécdota, sino que fue mucho más estrecha. Cuando quiso reformar el Palacio Pamphili, Olimpia escogió sabiamente a dos de los artistas más destacados del momento para que decoraran las estancias del edificio, contratando para ello a Pietro da Cortona y a Francesco Borromini.

Como es lógico, no faltaron tampoco obras de arte en la que ella era la protagonista, pues encargó diferentes retratos a varios artistas. En la actualidad el más conocido es el busto realizado por el escultor Alessandro Algardi, del que existen dos versiones, una conservada en el Museo del Hermitage, en San Petersburgo, y otra en el Palacio Doria-Pamphili de Roma.

Se sabe que también que el mismísimo Velázquez la retrató en un lienzo –pues así se menciona en un inventario de la época–, aunque por desgracia la obra se encuentra en paradero desconocido. Esta pintura seguramente fue ejecutada coincidiendo en el tiempo con la realización del retrato que el artista sevillano realizó de Inocencio X, una obra que el pontífice calificó como “troppo vero”, es decir, “demasiado auténtica.”

La influencia de La Papisa comenzó a decaer a partir de 1652, cuando su cuñado decidió convocar a Fabio Chigi a Roma, nombrándole Secretario de Estado. Pese a su pérdida de poder, Olimpia no desaprovechó las últimas oportunidades de enriquecerse que le ofrecía el destino. Cuando murió su cuñado el Papa, la señora de Roma cerró las habitaciones privadas del pontífice para hacerse con todo el oro que Inocencio X ocultaba en sus dependencias. Cuando acabó de llevárselo todo habían pasado tres días, por lo que el cadáver del Papa tuvo que ser enterrado con parte del cuerpo comido por los ratones.

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Historia original: Yahoo España