Marie-Guillaumine Benoist, la pintora que se adelantó a su tiempo

La Historia pendiente

En los últimos años del siglo XVIII y comienzos de la centuria siguiente, la existencia de mujeres dedicadas profesionalmente a la pintura era prácticamente una “anomalía”, una rareza en la que apenas despuntaban un pequeño grupo de artistas, siempre pertenecientes a las clases media y alta.

La Francia de aquella época no era una excepción, y en aquellos años apenas se conocían unas pocas mujeres artistas, entre las que se encontraban Margerite Gérard, Angélique Mongez, Anne Vallayer-Coster o Élisabeth Vigée-Lebrun. Todas ellas, incluida nuestra protagonista, Marie-Guillemine Benoist –alumna de la anterior–, habían conseguido superar la rígida moral de su época, haciendo realidad su sueño de convertirse en artistas, un territorio generalmente reservado a los hombres.

Pero a pesar de esa “victoria”, su pintura todavía estaba sometida a rígidas normas y convenciones: por lo general se reducía a escenas sentimentales y moralizantes de la vida familiar, retratos de niños y mujeres o temas semejantes.

Sin embargo, esas ataduras iban a verse eliminadas en la que terminaría por ser la pintura más célebre de Marie-Guillemine Benoist, un lienzo titulado ‘Retrato de una negra’ (1800), en el que su autora no sólo abandonaba los temas que había representado hasta entonces, sino que se adelantaba a su tiempo al convertir su obra en un alegato que criticaba el racismo y la opresión sufrida por la mujer.

Marie-Guillemine había nacido en 1768 en el seno de una familia de la aristocracia francesa, y su padre ocupó importantes cargos en la administración de la corona, entre ellos un ministerio con Luis XVI y más tarde puestos diplomáticos, como el de cónsul en Rotterdam.

Esta vinculación familiar con la monarquía francesa, que se reforzaría tras su matrimonio con el banquero y leal realista Pierre-Vincent Benoist en 1793, le permitieron dedicarse a su pasión –la pintura–, pero también la pusieron en grave peligro durante los terribles años del llamado Reinado del Terror, a raíz de la Revolución Francesa.

Antes de esos años turbulentos, la artista se había formado junto a la pintora Élisabeth Vigée-Lebrun, y más tarde con el célebre Jacques-Louis David. En 1791 el talento de la joven Marie-Guillemine destacó en el Salón de París, donde expuso por primera vez, obteniendo un notable éxito con una pintura de temática mitológica, ‘Psique despidiéndose de su familia’.

Ocho años más tarde, sin embargo, presentaba al Salón de París una obra muy distinta, alejada de las convenciones impuestas a las mujeres artistas. El lienzo ‘Retrato de una negra’ no sólo dejaba atrás el estilo de sus obras anteriores, por lo general retratos y pinturas de género realizadas al pastel, sino que además suponía una llamativa mezcla de estilo clasicista y romántico.

La obra, hoy en el Museo del Louvre, muestra a una joven negra semidesnuda –con un seno al descubierto–, reclinada en una lujosa silla y ataviada con un vestido blanco de aires clásicos. La acertada contraposición de tonos oscuros –la piel de la joven– y claros –el inmaculado vestido blanco y el fondo uniforme de la escena– se une al toque de exotismo que proporciona la propia figura y el pañuelo que cubre su cabeza, a modo de turbante.

Más allá del abandono de la temática que era propia de una mujer artista en aquel tiempo, la obra no sólo sorprendió por presentar a una mujer de raza negra como protagonista, sino que además Benoist había cometido la osadía de plasmarla siguiendo la convención tradicional europea, reservada a mujeres blancas de clase alta.

Como era de esperar, y aunque las respuestas a la obra de Benoist fueron variadas, abundaron las reacciones negativas a la pintura. Críticos como el monárquico Jean-Batptiste Boutard no dudaron en atacar a la obra y a la artista, afirmando, entre otras cosas, lo siguiente: “¡Nadie puede confiar en la vida después de semejante horror! Ha sido una mano blanca y hermosa la que ha creado esta negrura”.

Pero Boutard –y otros muchos como él–, criticaban especialmente que Benoist hubiera vulnerado las normas estéticas de la época, sobre todo aquellas que se esperaban de una mujer dedicada a la pintura.

Sin embargo, hoy los estudiosos coinciden en señalar que la obra de Marie-Guillaumine Benoist era mucho más que una simple osadía estética y temática de una mujer artista un tanto “díscola”.

Unos años antes de realizar su obra, en 1794, se había producido la promulgación del Decreto de Emancipación, por el cual se abolía la esclavitud en las colonias francesas. La esclavitud estaba prohibida en la Francia continental desde la Edad Media, pero seguía practicándose en las posesiones coloniales.

Algunos autores han sugerido que Benoist quiso celebrar la ley que abolía la esclavitud colonial –duraría poco, pues en 1802 Napoleón la restauraría de nuevo, además de instaurar un ‘código’ que lleva su nombre y que imponía duras restricciones legales y sociales a las mujeres y a la inmigración negra a Francia–, pero es muy posible que la artista quisiera ir mucho más allá.

A finales de siglo XVIII, coincidiendo con la Revolución Francesa, se había producido en Francia un breve aunque notable movimiento de corte feminista en el país, y todo parece indicar que, pese a sus simpatías monárquicas, Marie-Guillaumine no dudó en mostrar su adhesión a aquellas ideas.

Así, su retrato de la joven negra –al parecer una criada de su cuñado, que había llegado de las colonias–, no sólo se erigía en un alegato contra la esclavitud, sino también en una reivindicación –aunque tímida– de los derechos de la mujer. Un mensaje que Benoist incluyó al plasmar la figura de la joven negra, que simbolizaba al mismo tiempo la esclavitud y a opresión de la mujer en la época.

Si hubiera deseado hacer únicamente una defensa de la erradicación de la esclavitud habría sido suficiente con plasmar a un hombre de raza negra, pero al escoger a una mujer, Benoist identificaba al mismo tiempo la injusticia del racismo y la esclavitud con la opresión sufrida por las mujeres. Un mensaje reforzado, además, al plasmar a su protagonista siguiendo las convenciones estéticas reservadas a mujeres blancas, y pintando un tema ajeno al que debían representar las mujeres artistas.

Curiosamente, tres años antes otro artista, Anne-Louis Girodet, había pintado también el retrato de una persona de raza negra: el ‘Retrato del Ciudadano Belley’ (1797). Sin embargo, en aquel caso había varias diferencias con la obra de Benoist.

El lienzo había sido pintado por un hombre, y representaba a un hombre. La obra reivindicaba los ideales democráticos de la Revolución Francesa –igualdad, libertad y fraternidad–, mostrando a un ciudadano negro que había recuperado su libertad y que había obtenido un papel importante gracias a la revolución.

La pintura de Benoist iba más allá, al presentar a una mujer de raza negra como protagonista de su obra. Un lienzo que se convertía así en una de las primeras manifestaciones artísticas en defensa de los derechos de la mujer.

Paradójicamente, pocos años después, cuando gozaba del mejor momento de su carrera, Marie-Guillaumine tuvo que abandonar los pinceles, pues los logros de su marido –aupado al Consejo de Estado–, relegaron su pasión a un segundo plano. Todavía quedaba (y queda) un largo camino por recorrer.


Fuente: Yahoo España
Marie-Guillaumine Benoist, la pintora que se adelantó a su tiempo