¿Los pobres tienen la culpa de su pobreza?

Desempleo o trabajos precarios, casas ruinosas, barrios violentos, escuelas mal equipadas… Los pobres se merecen esa vida. Porque no se han esforzado, porque malgastan las ayudas gubernamentales en vicios, porque carecen de normas… Desde las alturas de la pirámide social caen los argumentos para justificar la desigualdad. Pero lo más sorprendente es cómo muchos, en las capas medias y bajas, asumen este discurso y también acusan a los menos afortunados de su miseria.

Culpar a los pobres de su condición es fácil cuando se ocultan las razones históricas de la desigualdad (Ed Yourdon - Flickr)
Culpar a los pobres de su condición es fácil cuando se ocultan las razones históricas de la desigualdad (Ed Yourdon - Flickr)

Esa tendencia a culpar a los pobres trasciende las fronteras. La utilizan las elites en Estados Unidos, Europa y América Latina. Expresa una ideología conservadora, a veces mal disfrazada en paternalismo liberal, que intenta justificar el creciente abismo entre una opulenta minoría y las clases media y baja. Además de manipular o simplemente ignorar las estadísticas, silencian la historia.

El ciclo vicioso de la pobreza

En 2014 investigadores de la Universidad John Hopkins publicaron los resultados de una investigación de 25 años. Durante ese período siguieron a 790 niños de Baltimore, Maryland, para determinar cómo la familia donde habían nacido determinaba su destino. Las conclusiones desmontaron un mito caro a la sociedad estadounidense: que cada cual forja su propia fortuna.

Al final del estudio cerca de la mitad de los menores, ahora jóvenes próximos a la treintena, pertenecían al mismo estrato social que sus padres. Los pobres no ascendieron ni los de mejor situación empeoraron. Solo 33 nacidos en hogares de bajos ingresos llegaron a la adultez con excelentes condiciones financieras. ¿Cómo explicar esa inmovilidad social?

Los científicos norteamericanos describieron algunos factores: casi ningún niño pobre se graduó del colegio –apenas el cuatro por ciento—mientras el 45 por ciento de los jóvenes de familias acomodadas alcanzaron ese nivel escolar. La desigualdad se acentuó al considerar a blancos y negros de bajos ingresos por separado: los primeros consiguieron empleos mejor pagados, a pesar de tener peores resultados escolares que sus vecinos afroamericanos. 

Los empleados de McDonald's exigen un incremento del salario mínimo a 15 dólares por hora en EEUU (Fibonacci Blue - Flickr)
Los empleados de McDonald's exigen un incremento del salario mínimo a 15 dólares por hora en EEUU (Fibonacci Blue - Flickr)

Y no, los pobres no están condenados a sobrevivir eternamente a causa de cierta “cultura de la pobreza”, un término acuñado en la década de 1960 por el antropólogo estadounidense Oscar Lewis. Ese concepto ha irradiado mitos como la supuesta holgazanería inherente a las clases inferiores, el desinterés por la educación y el abuso de drogas.

Los seguidores de esta idea de la miseria como fatalidad obvian algunos hechos. Los datos del FBI muestran que la criminalidad no ha dejado de descender desde la década de 1990. Millones de trabajadores estadounidenses no calificados e inmigrantes ocupan dos o tres puestos, laboran durante la noche o la madrugada por salarios insuficientes para pagar la renta, los servicios básicos, la alimentación… lo esencial. Pero a un empleado de McDonald’s, por ejemplo, le toma siete meses ganar lo que el CEO de esa compañía gana en una hora. 

Ese abismo entre el llamado “uno por ciento” y el resto de la sociedad no existe en la argumentación de quienes sermonean a los pobres por su desventura.

Las elites alimentan el mito de hombres que prosperaron solo por su talento y esfuerzo (iProfesional)
Las elites alimentan el mito de hombres que prosperaron solo por su talento y esfuerzo (iProfesional)

La “inocencia” de los ricos

"Los pobres no lo son porque los ricos sean ricos", afirmó el multimillonario estadounidense Warren Buffet, en un artículo publicado semanas atrás en el Wall Street Journal. Buffet responsabilizó a las inevitables fuerzas de la economía, que premian a los profesionales de alta calificación, mientras prescinde la mano de obra con escasa formación.

Los ricos serían –y Buffet citó como ejemplos a Henry Ford y Steve Jobs—hombres talentosos, que han ganado fortuna gracias a sus contribuciones a la gestión y la innovación tecnológica. Sus millones se deben entonces al esfuerzo personal, uno de los pilares del “sueño americano”. El mito del ciudadano al timón de su futuro, tan aceptado por los estadounidenses. De hecho, la cuarta parte considera que los ricos trabajan más que los pobres y por eso merecen su fortuna, según una encuesta del Centro de Investigaciones Pew.

Y en toda esta sinfonía de lugares comunes no se escuchan los instrumentos que relatan cómo un puñado de familias norteamericanas ha acumulado una riqueza descomunal. En los análisis del tipo “pobres culpables por su pobreza” no hay referencias al capital heredado del genocidio contra los pueblos indígenas de Norteamérica, el esclavismo y la expansión de los intereses económicos estadounidenses en otras regiones del planeta, en particular América Latina. ¿Quiénes se beneficiaron de esos caudales de riqueza? ¿Quiénes construyeron emporios sobre la espalda de millones de “pobres indignos” (the underserving poor)?

De acuerdo con estadísticas del Servicio de Impuestos Internos (IRS), entre 1973 y 2008 los ingresos del 90 por ciento de los estadounidenses cayeron en 6,1 por ciento, mientras los del 0,1 por ciento más afortunado se disparó en 706,4 por ciento. Se entiende por qué un CEO en Estados Unidos gana 350 veces más que el trabajador promedio. En ningún otro país desarrollado esa diferencia resulta tan apabullante.

La estrategia de las elites económicas emerge clara de estas cifras y hechos. Culpar a los pobres, erigirse en modelos de la moral, enfrentar a las clases bajas entre ellas, ocultar el origen y los mecanismos de un sistema que genera una vergonzosa desigualdad. Y tras el telón de la propaganda, recortar aún más los insuficientes programas de ayuda social. La codicia como ideología.

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