Chismes modelo siglo XXI

Por Manuel H. Castrillón

¿Cómo cambió para los amantes de los chismes, de los transmisores de rumores, la llegada de las nuevas tecnologías de la información? Fundamentalmente, en la rapidez en la que se difunden estos cotilleos de barrio.

Foto: Kamyar Adl / Flickr
Foto: Kamyar Adl / Flickr

Hace un par de décadas circuló un rumor en Buenos Aires que hablaba de una persona más mala que Hannibal Lecter, que se dedicaba a poner tachuelas embebidas en sangre contaminada con virus HIV en los asientos de los cines. Proliferó tanto que muchos se lo creyeron. ¿Qué consiguieron? Que por un tiempo algunos tuvieran miedo de ir a las salas y optaran por ver las películas en su casa. Según los científicos norteamericanos Gordon Allport y Leo Postman, autores del libro ya clásico Psicología del rumor (1947), “cualquier necesidad humana puede impartir movimiento a un rumor. El interés sexual monopoliza buena parte de la chismografía y la mayor parte del escándalo corriente; la ansiedad y el miedo son los estímulos ocultos de las historias macabras; la esperanza y el deseo están en la base de los rumores deseados; el odio sostiene los cuentos acusatorios y calumniosos”.

El chisme es casi innato al ser humano. Lo encontramos tanto en las Sagradas Escrituras y en los libros de las primeras civilizaciones, así como en los relatos de Grecia y del imperio romano.

En la actualidad, las máquinas de café y los expendedores de bebidas en las oficinas, cuando no los baños, son, en el ámbito laboral, los lugares usados generalmente para dar o recibir chismes. El barrio o el ascensor constituyen los grandes receptáculos de rumores. ¿Y las redes sociales?

Publiquemos algo en Twitter. Podría ser que murió tal o cual actor, político o personaje público. Dejemos pasar un minuto y borremos el tweet. No importa, la bola ya habrá echado a rodar. Ya alguien lo habrá compartido o escrito en su propio perfil. De acuerdo con la importancia del personaje, será la rapidez de transmisión de la especie. En poco tiempo, seguramente tendrá que salir a desmentirlo el propio muerto virtual.

Tengamos en cuenta que, en el trabajo, hacerse fama de chismoso puede ser negativo o positivo, según el superior que a uno le toque en suerte. Por un lado, podemos pasar por ser poco confiables. Por el otro, ser una fuente de información para los jefes, si quieren saber cuál es la atmósfera en la oficina ante tal o cual medida.

Si somos chismosos, por favor, no enviemos el rumor por email, redes sociales o por teléfono. De todos estos pueden quedar constancias grabadas. Personalmente y con prudencia. Ni siquiera confiemos en los grupos cerrados de Facebook o WhatsApp. Siempre hay alguien que puede hacer copiar y pegar. Y adiós, discreción. Todos sabrán que somos chismosos.

 

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