Biden y Xi empiezan a medirse y una nueva política norteamericana toma forma

David Sanger, Michael Crowley
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Xi Jinping y Joe Biden, cuando fue Secretario de Estado de Barack Obama, durante un encuentro en 2013
Reuters

WASHINGTON.– El presidente Joe Biden se prepara para imprimirle un giro rotundo a la política exterior norteamericana hacia China, enfocado en encolumnar aliados para contrarrestar la política de coerción que aplica Pekín en todo el mundo y para asegurarse de que China no se quede para siempre con la delantera en tecnologías cruciales.

A primera vista, se diría que ese enfoque asume la misma convicción del gobierno de Trump: que las dos mayores superpotencias globales están virando peligrosamente hacia un enfrentamiento, un evidente cambio de tono respecto de los años de Barack Obama.

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Pero la estrategia que se viene implica un repudio más directo de la visión predominante de los últimos 25 años, a saber, que la profunda interdependencia económica global alcanzaría para atemperar cualquier conflicto grave por cuestiones como el armamentismo de China, sus ambiciones territoriales y su sujeción a los derechos humanos.

La nueva estrategia vuelve a enfocarse en competir más agresivamente con Pekín en todos los temas, desde tecnologías vitales hasta poderío económico y militar a largo plazo, tras la comprobación de que el abordaje de Trump –un cóctel de onerosas sanciones económicas, intentos de prohibir Huawei y TikTok, y acusaciones de haber enviado “el virus chino” a costas norteamericanas– no logró mover un ápice de su rumbo al presidente Xi Jinping.

El resultado, como dijo el año pasado durante la campaña presidencial el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, “debería ser un abordaje que se ocupe menos de frenar a China y que ponga el énfasis en acelerar nosotros”, con mayor inversión del gobierno en investigación y tecnologías como semiconductores, inteligencia artificial y energía.

Cita en Alaska

Sullivan y el secretario de Estado, Antony Blinken, pondrán a prueba el nuevo enfoque en el que promete ser un primer y tenso cruce con sus contrapartes chinas hoy en Anchorage, Alaska. Se trata de una cita que Sullivan y Blinken postergaron hasta haber acordado los lineamientos de una estrategia común con sus aliados –en particular, Japón, Corea del Sur, la India y Australia–, y que insistieron en que se realice en territorio norteamericano.

Pero el encuentro también será la primera muestra de la determinación de Pekín de plantarse frente a la nueva administración de la Casa Blanca, y una oportunidad para que los diplomáticos chinos descarguen su letanía de quejas y reclamos por la “malévola” interferencia de Washington en los asuntos chinos, como manifestó anteayer un vocero de la cancillería china.

El Secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken antes de abordar un avión rumbo a Anchorage, en la base aérea Osan en Pyeongtaek, Corea del Sur
Lee Jin-man, Poo / AP


El Secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken antes de abordar un avión rumbo a Anchorage, en la base aérea Osan en Pyeongtaek, Corea del Sur (Lee Jin-man, Poo / AP/)

Ayer, Estados Unidos aplicó sanciones a 24 funcionarios chinos por atentar contra las libertades democráticas en Hong Kong, una medida cuya “oportunidad” es claramente intencional. “Cuando China recurra a la coerción o la agresión, no dudaremos en contrarrestar su accionar”, dijo Blinken desde Tokio.

Y agregó que eso está haciendo Pekín casi a diario, con sus intentos de debilitar la autonomía de Hong Kong, de intimidar a Australia y Taiwán y de avanzar, a pesar de la condena internacional, con lo que Blinken califica como el “genocidio” de la minoría uigur que vive en territorio chino.

Todo es parte del “reseteo” inicial de la relación que ha marcado los renovados encuentros, aunque ahora mucho más tensos, de Biden con Xi. Cuando Biden era vicepresidente y Xi iba acumulando poder hasta convertirse en el mandatario más poderoso que China haya tenido en décadas, los dos hombres se reunieron en China y Estados Unidos y ofrecieron garantías de que el choque entre ambas potencias no era inevitable.

Por entonces, la evaluación de los organismos de inteligencia del gobierno estadounidense era que Xi procedería con cautela, se centraría en el desarrollo económico interno y evitaría una confrontación directa con Estados Unidos.

Pero en los años de Biden fuera del poder, sus asesores concluyeron que aquella evaluación había minimizado groseramente las intenciones y la agresividad de Xi. El nuevo enfoque actual –una combinación de promesas de cooperación en áreas de interés mutuo, como el cambio climático, y una postura más dura y directa en materia de tecnología y competencia militar en el espacio y el ciberespacio– ya está cada vez más claro.

Cruce telefónico

Según los colaboradores de Biden, esos lineamientos quedaron claros durante la conversación telefónica de dos horas que mantuvieron Biden y Xi el mes pasado, cuyo contenido se mantuvo en estricto secreto. Según los asesores del norteamericano, Biden le advirtió a Xi que no comprara el relato de la propia propaganda china que pinta a Estados Unidos como una potencia en decadencia y consumida por divisiones políticas que se manifestaron el 6 de enero en la toma por asalto del Capitolio.

Poco después de esa conversación, sin embargo, Xi habría dicho ante funcionarios regionales del noroeste de China que “la mayor fuente de caos en el mundo actual es Estados Unidos”, país al que también describió como “la mayor amenaza para el desarrollo y la seguridad de nuestro país”.

El encuentro entre Antony Blinken como Secretario de Estado de Estados Unidos y representantes diplomáticos de Xi Jinping será el primero luego de que Mike Pence lo hiciera en junio de 2020 bajo la administración de Donald Trump
Andrew Caballero-Reynolds


El encuentro entre Antony Blinken como Secretario de Estado de Estados Unidos y representantes diplomáticos de Xi Jinping será el primero luego de que Mike Pence lo hiciera en junio de 2020 bajo la administración de Donald Trump (Andrew Caballero-Reynolds/)

Sullivan y Blinken creen que esas declaraciones de Xi son una muestra de inseguridad de China: el temor de que a pesar de todas sus fanfarronadas sobre los nuevos sistemas de armas y avances en inteligencia artificial, China sea vulnerable en esos “puntos de estrangulamiento” donde Estados Unidos retiene el control de las tecnologías fundamentales.

Como resultado, ambas naciones se apresuran para asegurarse sus propias cadenas de suministro y reducir su mutua interdependencia, a contramarcha de más de 40 años de integración económica. En términos más generales, el actual proceso también refleja el fin del orden alcanzado en la post-Guerra Fría, que daba por sentado que los intereses de ambas potencias estaban inextricablemente entrelazados.

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Henry Kissinger, el hombre que hace casi 50 años allanó el camino para la apertura de Estados Unidos hacia China, dijo poco después de la elección de Biden que ambos países están hoy en rumbo de colisión.

“El peligro”, dijo Kissinger en noviembre, durante una conferencia para Bloomberg, “es que se produzca alguna crisis que se vaya de las manos y pase de la retórica al conflicto militar armado”.

Traducción de Jaime Arrambide