Biden, Warren o Sanders: ¿quién entre los demócratas podría vencer a Trump?

El reciente debate de precandidatos presidenciales demócratas, el tercero en el ciclo electoral y el primero en una sola sesión con un grupo “compacto” de 10 aspirantes, se presumió como un encuentro en el que podrían comenzar a determinarse con mayor alcance las posibilidades de cada uno de quienes aspiran a desplazar a Donald Trump en la Casa Blanca.

Y aunque ciertamente hubo “ganadores” y “perdedores” en ese encuentro -realizado en Houston, Texas, y algunos candidatos tuvieron un desempeño mejor o más apreciado que otros, la posición de cada uno de ellos en la contienda no se dilucidó de modo definitivo.

Bernie Sanders, Joe Biden y Elizabeth Warren, los punteros y más fuertes precandidatos en el proceso primario del Partido Demócrata. Los tres, según encuestas, derrotarían a Donald Trump. (AP Photo/David J. Phillip)

Pero ciertamente se dio un efecto de erosión y trasvase: aunque los punteros siguen siendo los mismos antes y después del debate, y los que tienen menos respaldo continuaron en esa situación con cierto grado de movilidad, el reciente encuentro mostró que el panorama rumbo a las primarias demócratas se está volviendo cada vez más competitivo a medida que el grupo se compacta y se contrasta de modos más directos.

Por ahora, la competencia mayor tiene un trío como protagonistas aunque la incertidumbre es considerable y todo puede cambiar: el exvicepresidente Joe Biden y los senadores Bernie Sanders y Elizabeth Warren continúan liderando la lista de aspirantes.

Los senadores Kamala Harris y Cory Booker, el alcalde Pete Buttigieg y el excongresista Beto O’Rourke tratan de mantener el paso a la distancia. El empresario Andrew Yang ha mostrado cierto dinamismo, mientras que el exalcalde de San Antonio Julián Castro, por ejemplo, se mantiene en la contienda aunque no ha logrado concitar el entusiasmo que merecería. Otros aspirantes se han quedado rezagados y sus perspectivas por ello son reducidas.

Todo ello ya era así, en términos generales, antes del debate. Y la pregunta medular, al margen de las diferencias de personalidad, perfil, alineación ideológica o fortaleza de programa, es aún y de modo punzante quién de ellos es más capaz de derrotar a Trump.

El exvicepresidente Joe Biden. (AP Photo/Mary Schwalm)

La “elegibilidad” del trío dinámico

La “elegibilidad”, la capacidad de ganar la elección general de noviembre de 2020, resulta un factor que para muchos es más relevante que la propuesta o la ideología (que en los demócratas fluctúa con intensidad entre la izquierda y el centro moderado), sobre todo porque a todos los aspirantes les queda muy claro que sacar a Trump de la Casa Blanca es para ellos la cuestión central.

La “elegibilidad” en 2020 es, a fin de cuentas, la capacidad de evitar la reelección de Trump.

Biden, que ha liderado continuamente las encuestas y la percepción de los analistas, es aún el puntero y es percibido como el candidato más elegible o capaz de vencer a Trump, aunque esa condición se ha ido mermando poco a poco.

Su larga trayectoria política, su posición moderada y su afán de mostrarse como el heredero y continuador del legado de Barack Obama le han concitado importantes apoyos, y se afirma que su carácter afable y comunicativo (que a veces le ha causado problemas por mostrarse impropiamente afectuoso con las mujeres) atrae hacia sí a importantes grupos de votantes, sobre todo los anglosajones de clase media y clase trabajadora y los afroamericanos, que son grupos con capacidad decisiva en la elección general.

Su moderación lo haría atractivo para el centro demócrata pero también para los independientes e incluso los republicanos moderados y desafectos de Trump. Esa “elegibilidad vía el centro” es la apuesta mayor de Biden y él mismo ha centrado su campaña en ello. Es la “elegibilidad” tradicional que busca la victoria aglutinando a una de las alas y comiendo lo más posible del centro.

Pero los debates y en general el avance de la campaña le han ido haciendo mella a Biden, lo que era previsible, al grado de que su posición de puntero ya no es abrumadora, como llegó a serlo meses atrás. Warren y Sanders se le acercan con fuerza y ellos también han elevado sus bonos en la cuestión de la elegibilidad.

Las encuestas, con su inherente condición provisional, muestran que tanto Biden como Warren, Sanders y Harris derrotarían a Trump, pero también revelan que el arrastre del exvicepresidente ha cedido mientras que el de Warren y Sanders, el ala izquierda del Partido Demócrata, está en auge: en mayo pasado, Biden lograba más del 41% de las preferencias mientras que Sanders y Warren combinados se quedaban con poco más de 22%. Hoy, de acuerdo al compendio de RealClearPolitics, Biden tiene el 26.8% mientras que el combinado de Warren y Sanders alcanzó el 34.1%.

Es decir, la opción progresista sería ya más atrayente dentro de los demócratas que el centrismo de Biden, si bien es cierto que eso no se proyectará cabalmente hasta que el ala izquierda confluya en una sola opción (lo que podría no suceder sino hasta muy avanzado en el proceso primario) y también hay que añadir que muchos votantes que apoyan a otros candidatos a la hora de consolidar su voto en los punteros podrían darle nuevo brío a Biden o al centrista que levantara cabeza.

Existe también así la “elegibilidad vía el cambio” y en ello las propuestas son cruciales, pues un importante grupo de votantes considera que para vencer a Trump y hacer progresar al país hace falta más que una figura de conciliación: se requiere una transformación de fondo y las ideas al respecto serían lo que decantará el voto.

El Partido Demócrata se encuentra hoy más a la izquierda que nunca y para sus seguidores más entusiastas el programa de transformación progresista es un factor mayúsculo: de allí el arrastre de Sanders y Waren, sobre todo entre los jóvenes y los grupos más activistas.

Y hay quien afirma que si el nominado fuera un moderado (Biden u otra opción), la desmovilización de esos grupos a la postre le costaría la presidencia a los demócratas. Es decir, la “vía del cambio”, o su ausencia, son también poderoso factores en la “elegibilidad” de un candidato demócrata.

El senador Bernie Sanders. (Reuters/Gretchen Ertl)

El impulso progresista

Otra línea que detecta que el progresismo demócrata está calando en la sociedad es el hecho de que los republicanos han enfocado severamente sus baterías en denostar y estigmatizar a la izquierda. Constantemente comparan a Sanders, Warren y otros progresistas (y en ocasiones colocan en la misma canasta a todos los demócratas) con regímenes comunistas del pasado o con el actual gobierno de Venezuela.

Eso es ciertamente equívoco, pero revela la inquietud que el empuje progresista provoca en los conservadores.

Tanto que apuntan sus baterías no necesariamente contra el que sería el tradicionalmente más “elegible”, es decir Biden, sino contra sus rivales de izquierda. Quizá porque ven en ellos una amenaza sustantiva para Trump o porque quizá ven perdido el voto independiente y moderado y pretenden, al golpear a los progresistas y beneficiar con ello a los demócratas de centro, justamente desmovilizar el entusiasmo de izquierda y compensar con ello para Trump la pérdida del centro.

Hay mucha especulación aún en todo ello. Y, sea como sea, el impulso de los progresistas revela que la plataforma sí importa y que para muchos votantes las propuestas radicales son un factor inherente de la elegibilidad.

Propuestas como la cobertura médica universal gratuita, el alza del salario mínimo a 15 dólares la hora a escala nacional, la contención de las grandes corporaciones, el acceso amplio a la educación superior, y la lucha contra la desigualdad, el odio y el cambio climático lucen cada vez más significativas, en el entendido de que quienes las apoyan de modo frontal (Warren, Sanders y otros) han elevados sus momios.

Y se trata ciertamente, junto a cuestiones como el control de armas de fuego, de aspectos que están en el alma del reclamo de gran parte de los demócratas y de la población estadounidense.

Algunos analistas consideran que el progresismo de Warren resulta para ciertos grupos menos extremo que el de Sanders, y en la lógica de “elegibilidad vía el centro” contra “elegibilidad del cambio”, Warren se situaría en un punto intermedio, un poco menos a la izquierda que Sanders, y eso podría colocarla, por decirlo de manera simplista, con lo mejor de ambos mundos.

Los apostadores, que son un indicador curioso e irreverente, prefieren ampliamente a Warren (36.5%) frente a Biden (25.6). Y si los bonos de la senadora y los de Sanders se suman, en el plano de las apuestas la opción más progresista supera el 51%, una mayoría absoluta, de las preferencias demócratas.

La senadora Elizabeth Warren. (/Gretchen Ertl)

Decantaciones y recaudaciones

Todo ello, encuestas y apuestas, puede cambiar y tiene inexactitudes. Son signos del pulso de la contienda a los que ciertamente hay que añadir otros indicadores. Y ciertamente Trump no está congelado: cuenta con ingentes recursos económicos, una base de seguidores muy activa y el beneficio inherente de contender como presidente titular. Aunque en desventaja y vulnerable, no puede decirse que su reelección esté descartada.

En términos de entusiasmo entre los demócratas, los seguidores de Sanders y Warren se han mostrado mucho más activos, si bien Biden tiene un considerable aparato de campaña con una cantidad de recursos muy considerable.

Así, de cara a los próximos meses, será clave qué tanto desgaste continuará sufriendo Biden, qué tantos apoyos podrán seguir acumulando Warren y Sanders y cuál será la suerte de los candidatos con menores preferencias, pues en la medida en que algunos vayan declinando sus simpatizantes fluirán presumiblemente hacia alguno de los punteros.

En ese sentido, un lúdico ejercicio estadístico en línea de la plataforma FairVote, en el que los encuestados pudieron elegir no a uno sino a varios candidatos en un ranking de preferencias, el proceso de descarte y trasvase de votos (si se van eliminando los que tienen menores porcentajes) acaba concediendo la candidatura demócrata a Elizabeth Warren.

No es ciertamente un instrumento que prediga lo que sucederá, pero sí sugiere tendencias e impulsos subyacentes que no se reflejan en las encuestas tradicionales.

La recaudación de fondos de campaña, por ejemplo, muestra que no habría un líder indiscutible: en el presente ciclo electoral 2019-2020, Sanders ha recaudado 46.1 millones de dólares y Warren 35.5 millones, provenientes de pequeñas contribuciones ciudadanas al rechazar ambos el dinero de los grandes donantes y los grupos de acción política. Biden, en cambio, ha recaudado 21.4 millones, de acuerdo a cifras de OpenSecrets.

El vicepresidente no es así el #1 en ese rubro (que es de importancia meridiana) aunque sí ha sabido sacar gran partido de esas donaciones en comparación, por ejemplo, con el porcentaje en las preferencias electorales de Harris (que ha recaudado 24.8 millones pero está muy detrás en las encuestas) o el de Buttigieg y O’Rourke (32 y 12.8 millones, respectivamente).

El reconocimiento social y mediático de Biden ciertamente es un acervo del que él se ha beneficiado en gran medida, y en contrapartida la noción de que el dinero no lo es todo se constata, por ejemplo, en que habiendo recaudado ya 17.2 millones de dólares, el precandidato John Delaney no logró calificar para el tercer debate y suma un mísero 0.4% en el promedio de las encuestas.

El exalcalde de San Antonio, Julian Castro. Su candidatura no ha levantado como su perfil prometería, pero si logra mantenerse en la contienda, como es el caso de Kamala Harris, Beto O´Rourke y otros, tiene opciones para 2020. (Getty Images)

El papel de los ‘otros’

Se llega así al otro lado de la moneda. Los líderes son en general los mismos –Biden, Sanders, Warren- aunque con tendencias contrastantes, pero ¿cuál es el futuro de la veintena de precandidatos restante? Harris, Buttigieg y posiblemente Booker y O’Rourke aún tienen para mantener el paso, y revelaciones como Andrew Yang también.

En ese grupo “secundario” podría añadirse también Castro, que aunque no está bien posicionado en las encuestas posee un perfil singular, y alguna figura más, pero el resto la tiene realmente cuesta arriba.

El hecho de que los tres punteros –Biden, Warren y Sanders– sean personas septuagenarias, pone al resto de los aspirantes, más jóvenes, en una posición de peculiar balance y contingencia, algo que es de peso (además de factores como el género, la raza, la influencia geográfica y la orientación ideológica) a la hora de seleccionar la opción para la candidatura vicepresidencial.

Así, es previsible que algunos precandidatos demócratas “secundarios” resistan todavía algunos meses, al menos hasta el arranque de las primarias y aunque sus porcentajes sean modestos, pues su presencia puede resultar relevante, de ser el caso, al llegar a la Convención.

Un factor que, aunque aún es muy temprano, podría ser mayúsculo si ningún candidato arribara a ese encuentro con una mayoría de delegados y la candidatura tiene que definirse en votaciones sucesivas y en negociaciones in situ.

De ser el caso, la “elegibilidad” y las preferencias hacia un candidato podrían trastocarse de modo sustantivo y hacer que la candidatura demócrata se dilucide en las negociaciones y arreglos durante la Convención, algo que no ha sucedido en décadas, y donde figuras de compromiso podrían surgir y dar a los actuales “secundarios” un papel sustancialmente mayor al que gozan en el presente.