Biden debe reconocer como suyo el fracaso final en Afganistán

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El presidente Joe Biden habla en la Sala Este de la Casa Blanca en Washington, el jueves 12 de agosto de 2021. (Stefani Reynolds/The New York Times)
El presidente Joe Biden habla en la Sala Este de la Casa Blanca en Washington, el jueves 12 de agosto de 2021. (Stefani Reynolds/The New York Times)

En la historia presidencial moderna, han sido contadas las ocasiones en las que las palabras se han vuelto en contra de un comandante en jefe estadounidense tan rápido como las que dijo el presidente Joe Biden hace poco más de unas cinco semanas: “No habrá ninguna circunstancia en la que se vaya a ver personas salir en helicóptero del techo de la embajada de Estados Unidos en Afganistán”.

Luego, para cavar todavía más su tumba, agregó: “Es muy poco probable que los talibanes invadan todo y controlen el país”.

El domingo, la desbandada para evacuar de Kabul a civiles estadounidenses y empleados de la embajada de Estados Unidos —la imagen misma que Biden y sus asesores coincidieron que debían evitar durante reuniones recientes en el Despacho Oval— se transmitió en vivo por televisión, no del techo de la embajada estadounidense, sino de la plataforma de aterrizaje ubicada al lado del edificio. Y ahora que el gobierno afgano ha colapsado con una velocidad impactante, parece una certeza que —de la misma manera que lo hicieron hace 20 veranos— los talibanes volverán a tener el control total del país en menos de un mes, cuando se conmemore el aniversario de los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Biden pasará a la historia, justa o injustamente, como el presidente que estuvo al mando durante el humillante último acto del experimento estadounidense en Afganistán, uno que se estuvo gestando desde hacía mucho tiempo. Después de siete meses en los que el gobierno parecía exudar una competencia muy necesaria —al lograr que más del 70 por ciento de los adultos del país se vacunara, diseñar un crecimiento laboral en aumento y progresar hacia un proyecto de ley bipartidista de infraestructura—, todo lo relacionado con los últimos días de Estados Unidos en Afganistán destruyó esas imágenes.

Incluso muchos de los aliados de Biden que creen que tomó la decisión correcta al salir por fin de una guerra que Estados Unidos no podría ganar y en la que ya no había un interés nacional, admitieron que el presidente cometió una serie de errores en la ejecución de la retirada. La única pregunta es cuánto daño político habrá o si a los estadounidenses que vitorearon en los mítines de las campañas de 2020, cuando el entonces presidente Donald Trump y Biden prometieron salir de Afganistán, les importará y dirán que tenía que terminar, aunque fuera mal hecho.

Biden conocía los riesgos. A menudo ha hecho notar que llegó a la presidencia con más experiencia en política exterior que cualquier otro presidente en los últimos tiempos, se podría decir que desde Dwight D. Eisenhower. En las reuniones celebradas esta primavera para analizar la próxima retirada estadounidense, Biden les comentó a sus asesores que era crucial evitar el tipo de escena que se representó en las icónicas fotografías de estadounidenses y vietnamitas en las que suben por una escalera hacia un helicóptero ubicado en un techo cercano a la embajada de Estados Unidos en Saigón, cuando fue evacuada frenéticamente en 1975, mientras el Vietcong arrasaba con la ciudad.

Sin embargo, tras haber decidido en abril que el aniversario del 11 de Septiembre sería la fecha para la retirada final de Estados Unidos, Biden y sus asesores no pudieron sacar del país con la rapidez necesaria a los intérpretes y otras personas que ayudaron a las fuerzas estadounidenses, por lo que quedaron atrapados en el papeleo migratorio.

Combatientes talibanes entran a Kabul, Afganistán, el 15 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)
Combatientes talibanes entran a Kabul, Afganistán, el 15 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)

En sus propias palabras, los asesores de Biden pensaron que el presidente gozaba del lujo del tiempo, que la situación se mantendría más o menos dieciocho meses, pues unas evaluaciones de inteligencia sobreestimaron las capacidades un ejército afgano que se estaba desintegrando, a menudo antes de que siquiera hubiera disparos.

Incluso algunos expertos, como Ryan Crocker, un diplomático de carrera que ya está retirado, pero sirvió como embajador en Afganistán durante la presidencia de Barack Obama y en Irak durante la de George W. Bush, creían que tenían más tiempo.

“Si soy sincero, es más probable una guerra civil prolongada que los talibanes obtengan rápidamente el control de todo el país”, comentó Crocker hace ocho días en “This Week” de ABC.

No obstante, agregó que Biden “ya ha asumido por completo” los compromisos de Trump de salir del país. “Los ha hecho suyos”, comentó Crocker.

El domingo, Biden no hizo declaraciones al público. La Casa Blanca difundió una fotografía de él en una sesión informativa en video desde Camp David. Biden aparecía solo en la fotografía, sus asesores le informaban. Y les tocó a ellos explicar por qué Biden pensó, en julio, que las fuerzas afganas iban a oponer mucha resistencia.

Los republicanos se lanzaron sobre las imágenes de la evacuación de los estadounidenses y de Ashraf Ghani, el presidente del país, quien huyó sin un plan de sucesión ni un convenio con los talibanes sobre el gobierno futuro del país, un acuerdo concebido durante la administración de Trump.

Algunos de esos republicanos demostraron tener una memoria corta. Muchos elogiaron al presidente George W. Bush cuando ordenó la invasión de Afganistán para derrotar a Al Qaeda. Le siguieron la corriente cuando agregó objetivos: enviar a niñas a la escuela, construir una democracia modelo, replantear el ejército afgano como una versión miniatura de las fuerzas estadounidenses, aunque ese modelo no fuera el adecuado.

Una década más tarde, elogiaron a Trump por decir que Estados Unidos iba a dejar atrás las guerras que no se podían ganar. El domingo, sermonearon a Biden por mantener la estrategia, como si no hubiera ningún costo.

“Creo que es un desastre total”, opinó el domingo el representante de Texas Michael McCaul en el programa “State of the Union” de CNN, quien agregó que Afganistán regresará a un “estado previo al 11 de Septiembre: un terreno fértil para el terrorismo”. El secretario de Estado Antony Blinken le replicó que la capacidad estadounidense de detectar, rastrear y matar terroristas era mucho mejor que la de hace dos décadas.

Sin embargo, dio la impresión de que McCaul, un republicano con un alto cargo en el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, estaba probando temas para la siguiente temporada de elecciones cuando se refirió a Biden: “Lo pudo haber planeado. Pudo tener una estrategia para esto”.

De hecho, hay una estrategia, pero no una que Biden pueda vender con facilidad en medio de las imágenes del caos en Kabul. Para Biden, los años dedicados a remodelar la política exterior estadounidense en reacción a los ataques del 11 de Septiembre le dieron espacio al crecimiento de China, a la interferencia de Rusia, así como a las ambiciones nucleares de Irán y Corea del Norte. Salir de Afganistán es parte de un esfuerzo mayor por volver a concentrarse en desafíos estratégicos centrales y en nuevas amenazas del ciberespacio y el espacio exterior. No obstante, este fin de semana quedó en evidencia que el pasado en realidad nunca queda en el pasado.

La defensa del gobierno ha sido reconocer que la velocidad del colapso lo tomó por sorpresa, pero insistir en que había planes implementados. El secretario de Prensa del Pentágono, John F. Kirby, comentó que “desde mayo” se había realizado un ensayo de la evacuación.

“La razón detrás de nuestra rápida respuesta en los días pasados es que estábamos preparados para esta contingencia”, señaló Kirby.

Sin embargo, las propias palabras de Biden dejan en claro que tenía la confianza de que este día no iba a llegar en mucho tiempo, o nunca.

© 2021 The New York Times Company

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