Benjamín Galindo, el 'maestro' del futbol mexicano que daba cátedra en el campo

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Benjamín Galindo durante un partido con la Selección Mexicana. (Reuters)
Benjamín Galindo durante un partido con la Selección Mexicana. (Reuters)

El apodo le quedaba a la perfección. No se le dice maestro a cualquiera. Benjamín Galindo era un auténtico catedrático del futbol. Su técnica exquisita deleitó a miles de aficionados. Todos lo querían ver jugar. Podía pegarle de zurda y de derecha, de derecha y de zurda. En el orden que usted quiera, pero le evidencia era clara: ese fino mediocampista estaba muy por encima de la norma mexicana. Bastaba con verlo un par de segundos. Recibía el balón y, en su mente de jugador prodigio, ya sabía que hacer con él.

No era un atleta que impresionara con sus músculos. Pero para brillar en un campo no hace falta ser Hércules. Ya lo dijo Juan Román Riquelme: "Correr lo hace cualquiera, jugar al futbol es más difícil". Entre genios se entienden. Galindo jugaba al futbol. Entendía el juego con una vocación estética que hoy se ha desdibujado entre la dictadura física que desplaza al juego y la adicción por el resultado. Él no se dejó vencer ante esas tendencias atractivas pero carentes de significado.

Su leyenda comenzó a escribirse en el Tampico Madero en los 80, luego de haber jugado en CD Tampico —el otro equipo de la ciudad—. Con la Jaiba Brava, Galindo hizo toda una declaración de intenciones: desde su irrupción manifestó, con hechos, que él servía para jugar bien al futbol y nada más. Claro que ese "nada más" excluyó a todos esos adornos externos de los que se ha servido la industria futbolera para explotar el talante publicitario de miles de jugadores.

En Guadalajara, con Chivas, Benjamín Galindo se convirtió en un referente total del futbol mexicano. Si en Tampico Medero vivió en carne propia el dolor de ser subcampeón dos veces, en el Rebaño se coronó en la campaña 1986-1987. No todos los romances durante para siempre. El Maestro partió a Santos en 1994 y, dos años más tarde, en el Inverno 1996, obtuvo su segundo título nacional y el primero en la historia para los de La Comarca. Ya saldada la deuda ochentera de títulos, Galindo no paró ahí: también fue campeón en Cruz Azul y Pachuca.

Hubo un poco de poesía y mucho de injusticia en el hecho de que el Maestro únicamente compareciera en una Copa del Mundo. En 1986, pese al buen momento que vivía en Tampico, no lo tomaron en cuenta. En 1990, el Tri quedó fuera de la magna cita por culpa de la grotesca trampa de "Los Cachirules". Estados Unidos 1994 fue el único Mundial que disputó. Lo hizo a los 34 años, ya con menos estamina. Su técnica estaba intacta, pero apenas pudo jugar dos partidos: contra Noruega, en fase de grupos, y ante Bulgaria, artífice de una eliminación tristísima para México. El cénit de Galindo con la playera nacional, en realidad, había llegado un año antes.

En la Copa América de Ecuador 1993, Galindo impartió su magisterio en suelo sudamericano. El momento cumbre llegó en la Final del certamen ante Argentina. México perdía 1-0. Una falta impúdica de Goycochea sobre Zague —que quedó solo ante el arquero gracias a un pase perfecto de Galindo— abrió una oportunidad de oro. Penal. El Maestro en cancha. Contrario al miedo escénico que se apodera de aficionados y jugadores en instancias clave, en ese momento, con el zacatecano apunto de disparar, todo el país podía saber que sería gol. Lo fue. El Tri perdió sobre la hora, pero la cátedra de Galindo quedó para la historia.

Como en cada tiro libre, pase filtrado o definición magistral. El Maestro era eso: un elegido para jugar al futbol que no necesitaba hablar de más ni vanagloriarse. No hay talento más placentero que aquel que se cultiva en la yerba del estadio. Galindo, un maestro del juego, lo demostró como pocos.

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