En Belén, llegó la Navidad de la COVID-19

Adam Rasgon
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Elías al-Arja, propietario del Hotel Belén, por lo general lleno de huéspedes durante la temporada navideña, en la ciudad de Belén en Cisjordania, 19 de diciembre de 2020. (Samar Hazboun/The New York Times).
Elías al-Arja, propietario del Hotel Belén, por lo general lleno de huéspedes durante la temporada navideña, en la ciudad de Belén en Cisjordania, 19 de diciembre de 2020. (Samar Hazboun/The New York Times).
Un hombre sentado mira su teléfono celular en una Plaza del Pesebre casi desierta, que suele estar repleta de visitantes durante la temporada navideña, en la ciudad de Belén, en Cisjordania, el 18 de diciembre de 2020. (Samar Hazboun/The New York Times).
Un hombre sentado mira su teléfono celular en una Plaza del Pesebre casi desierta, que suele estar repleta de visitantes durante la temporada navideña, en la ciudad de Belén, en Cisjordania, el 18 de diciembre de 2020. (Samar Hazboun/The New York Times).

BELÉN, Cisjordania — La Iglesia de la Natividad estaba cerrada, al igual que la mayoría de las tiendas de recuerdos. Los hoteles que de manera habitual agotan las reservaciones con meses de antelación estaban desiertos.

El viernes pasado, entre las pocas señales de vida en la calle principal de la Ciudad Vieja de Belén, se escuchó el gorjeo de algunos pájaros y los gatos callejeros que hurgaban en un bote de basura desbordado.

A principios de mes, solo unas cuantas personas asistieron a la ceremonia de encendido del árbol de Navidad en la Plaza del Pesebre, un acontecimiento que suele anunciar la metamorfosis de la tranquila ciudad de Belén en Cisjordania en una de las principales atracciones estacionales de la cristiandad internacional.

La pandemia de coronavirus puso un freno a la Navidad en el lugar donde se dice que todo comenzó.

“Es una gran tristeza”, dijo el padre Ibrahim Shomali, canciller del Patriarcado Latino de Jerusalén, sobre las celebraciones de este año. “Sentimos una enorme frustración, pero ¿qué podemos hacer? Tenemos que aceptar la realidad y hacer lo correcto”.

La misa de medianoche en la Iglesia de la Natividad suele ser uno de los eventos sociales del año en el territorio ocupado de Cisjordania. La antigua iglesia de piedra caliza adquiere la atmósfera de un luminoso estreno cinematográfico cuando diplomáticos y funcionarios palestinos salen de las caravanas de brillantes BMW y Mercedes en trajes a la medida y elegantes vestidos.

Este año, la ceremonia se limitará a los funcionarios de la iglesia, un puñado de diplomáticos europeos y el alcalde de Belén. El 10 de diciembre, la Autoridad Palestina impuso duras restricciones antivirus en Belén y estableció puntos de control en su perímetro, además de ordenar el cierre de restaurantes, cafeterías, escuelas y gimnasios, y prohibir casi todas las reuniones multitudinarias.

Según datos oficiales, Belén tiene alrededor de 1000 casos confirmados y activos de COVID-19, aunque se cree que el número real es mucho mayor. El Ministerio de Salud declaró que todas las camas de cuidados intensivos de los hospitales están ocupadas.

Durante una visita reciente, el amplio vestíbulo del Hotel Belén, de 222 habitaciones, estaba en silencio. Los sofás y las sillas de piel estaban vacíos, las luces y la calefacción estaban apagadas y una fina capa de polvo se acumulaba en las mesas de centro.

Hasta antes de la pandemia, la industria del turismo en Cisjordania, que depende en gran medida del negocio navideño en Belén, anticipaba su mejor año en dos décadas. Cisjordania tuvo más de 3 millones de visitantes el año pasado, según los funcionarios de turismo.

Y a pesar de la competencia de los proveedores turísticos israelíes y los desafíos de hacer negocios bajo la ocupación, las empresas palestinas de viajes y turismo estaban contratando personal, ofrecían nuevos itinerarios y predecían un crecimiento continuo para 2020.

“Pasamos de nuestro mejor momento al peor“, comentó Tony Khashram, quien encabeza la Asociación de Operadores Turísticos de Tierra Santa. “Todo se vino abajo en un abrir y cerrar de ojos”.

El Ministerio de Turismo calcula que decenas de miles de personas en la industria del turismo —incluyendo a guías y operadores turísticos, dueños de tiendas de recuerdos y trabajadores de restaurantes y hoteles— se quedaron sin trabajo. Los operadores turísticos están luchando para pagar las deudas y cobrar cientos de miles de dólares en cuentas pendientes de socios en el extranjero.

Los comerciantes minoristas también quedaron devastados. Los pocos vendedores que abrieron sus tiendas dijeron que la ausencia de turistas este año ha agudizado sus sentimientos de exasperación por las repercusiones económicas de la pandemia.

“El año pasado, vino todo el mundo durante la Navidad”, dijo Sami Khamis, cuya tetería escondida cerca de la Plaza del Pesebre ofrece un té especial con trozos enteros de salvia fresca, jengibre, menta, romero y canela. “Pero ahora apenas gano suficiente dinero para poder llevar comida a la mesa. Esta es una situación desastrosa”.

Las siete u ocho tiendas de recuerdos cercanas (que suelen hacer su agosto con la venta de pañuelos palestinos, muñecos del niño Jesús en camas de paja y cruces de madera de olivo incrustadas con un frasco de tierra del monte de los Olivos) estaban todas cerradas.

En su oficina con vista a la Iglesia de la Natividad, el alcalde Anton Salman dijo que le entristecía que Belén no celebrara la Navidad como lo hace normalmente, pero subrayó que la salud pública era primordial. Contrajo el virus el mes pasado.

“Hemos tenido malas rachas durante la Navidad en el pasado”, dijo, aludiendo a anteriores conflictos violentos con Israel. “Pero la pandemia es algo muy diferente, hay tantas incógnitas”.

Afirmó que la ciudad no abandonaría sus tradiciones, solo las reduciría.

El mercado de Navidad en la Plaza del Pesebre, comentó, se celebró durante un solo día, el domingo, en lugar de los dos días acostumbrados. El público del desfile anual de los niños exploradores, en el que docenas de niños y niñas marchan por Belén en la víspera de Navidad tocando himnos y canciones navideñas palestinas, se limitará a los residentes locales.

“No sentimos que llegó la Navidad”, señaló Lorette Zoughbi, de 66 años de edad, quien vio el encendido del árbol por televisión, aunque tuvo lugar justo al lado de su apartamento. “No hay una atmósfera festiva. Estos días se sienten como un día cualquiera”.

Los cristianos de Belén, que son en su mayoría católicos romanos y ortodoxos orientales, alguna vez fueron la mayoría. No obstante, la población cristiana ha disminuido debido a la emigración mientras que la población musulmana ha crecido. Ahora Belén, como todas las ciudades palestinas de Cisjordania, es en su mayoría musulmana.

Zoughbi, miembro de una prominente familia cristiana de Belén, ha sentido tan mermado su espíritu navideño que ella y su marido ni siquiera se molestaron en sacar su árbol de tamaño natural del depósito. En lugar de eso, pusieron un pequeño árbol de metal en una esquina de su apartamento.

Para muchos cristianos palestinos, la peor parte de esta temporada de Navidad es tener que cancelar las reuniones de la familia extendida.

El clan de Zoughbi suele reunirse para una cena de 'qidreh', un plato de arroz y cordero, en un gran restaurante con 150 de sus parientes, a menudo seguida de una noche de tambores y de canto de canciones árabes de Navidad.

“Estas son algunas de las únicas veces que nos reunimos todos”, dijo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company