El bandoneón, el 'inmigrante' alemán emblema del tango argentino

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Buenos Aires, 9 jun (EFE).- En la confluencia con el tango, el timbre nostálgico del bandoneón grabó para siempre su impronta en la música del Río de la Plata, donde, tras una pausa de algunas décadas, crece un renovado interés por su ejecución y se mantiene indemne la pasión por escuchar su 'voz'.

Surgió en Alemania en el siglo XIX y arribó al Río de la Plata en la segunda mitad de esa centuria. Pocas décadas más tarde, ya era figura central del tango, con el que comenzó su mítica historia, que luego consagraron Aníbal Troilo y Astor Piazzolla.

IDENTIDAD

“He tocado 'Libertango' en alguna parte y digo ‘Uy... es Buenos Aires’... ¡y es Buenos Aires! ¿cómo hacés para explicar eso?.. no sé.. es esa magia que tiene”, expresa a Efe Pablo Zapata, bandoneonista y compositor, que lleva casi 30 años junto al instrumento.

Para Pablo, lo que aparece con el bandoneón es toda una tradición: “Tiene un color como de melancolía, de nostalgia, que aunque toques 'Yesterday' suena tanguero”, algo que imagina, se vincula con el sentimiento del inmigrante esperando a su familia, aquello que hace que, en Alemania, el mismo instrumento suene diferente.

Zapata, que también es profesor, explica que no es ningún trámite aprender, por eso subraya que hay que tener muy claro el objetivo y disfrutar el camino: “es sentarse, paciencia y tocar, es un instrumento bravo”, asegura el autor del disco “Zapata cuenta historias”, que también trabajó en la música de la película “La señal” (2007), dirigida y protagonizada por Ricardo Darín.

“Lo importante es conectarse con la esencia del instrumento: poné una nota cualquiera y disfrutá ese color, cómo manejo la intensidad, cómo la freno, cómo el bandoneón tiene vida”, exclama.

Sobre el aparato, el músico explica que el primer inconveniente es hallar uno, ya que son pocos y caros. En términos de preferencia, se inclina por los casi centenarios: “Ese color que nos encanta a los tangueros, a los bandoneonistas, ese que se consigue con estos bandoneones viejos reciclados que fueron pasando de mano en mano”.

VOZ Y CUERPO

La mayoría de los instrumentos que hoy se utilizan en Argentina tienen cerca de 100 años. Pertenecen a la época dorada del tango, cuando miles se importaban desde las fábricas alemanas ya inexistentes, Alfred Arnold (AA) y Ernst Louis Arnold (ELA). Un sonido que para muchos músicos sigue siendo único.

En “Fuelles del Sur” se ocupan de restaurarlos, afinarlos y fabricar sus fuelles: “Estamos cuidando y mimando a estos viejitos de 80, 90, 100 años, que nos siguen dando alegrías, y esperando que los pocos instrumentos que se van construyendo nuevos empiecen a ocupar lugares”, manifiesta a Efe Francisco Frulla, uno de los luthier del taller y eterno reincidente del estudio del bandoneón.

“Hay tantos bandoneones con un montón de problemas y los músicos siguen haciendo magia con un instrumento que tiene un montón de años. Veremos que pasa en algunos años cuando se vayan terminando sus posibilidades, porque son finitos”, expresa Frulla.

El problema fundamental, explica el luthier, son las voces de metal: ”Si tenés que cambiar una voz es una cosa, pero si tenés que cambiar 40 voces en un bandoneón , capaz que ya es otro”.

Contrariamente a lo que pasa con la evolución del instrumento, que empieza a ocupar cada vez más lugares, dice Francisco, hay cada vez menos en buen estado.

Julia Brusse, luthier del taller y estudiante de bandoneón, coincide con su colega y opina que sería importante que se generaran opciones accesibles: “Aunque no sean, ni intenten compararse con los que fabricó en su momento AA o ELA, que conocemos como más prestigiosos, pero sí que esté el acceso, porque la sed de tocarlo en la gente está. La música se está desarrollando muy fuertemente”, asevera.

EL ARTE DE FABRICAR

Baltazar Estol es uno de los pocos fabricantes de bandoneones en Argentina y el mundo. Su producción es de pequeña escala (seis por año), como casi todos, y ya la tiene comprometida hasta 2026.

“Es un instrumento que tiene una fabricación compleja, el funcionamiento es simple pero la fabricación es muy pausada y es como semi artesanal, semi industrial”, explica Estol a Efe.

Baltazar trabaja personalmente en cada unidad, y con la entrega de algunos instrumentos por año solventa los gastos de producción, sobre todo la compra de los peines o voces de metal, una pieza fundamental para la calidad del bandoneón que debe importar de República Checa.

Sobre la escala de producción, afirma que el espacio condiciona mucho. Por eso, poco tiempo atrás dejó su taller de 15 metros cuadrados y se trasladó a uno de 120.

“Cuando me mudé acá, empecé a pensar en una escala mayor”, comenta. Mientras tanto, su objetivo original se mantiene: “que cada músico encuentre en el instrumento que encarga lo que está buscando”.

Julieta Barrera

(c) Agencia EFE

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