Baile, tragos y seducción: en la noche porteña, los jóvenes ya disfrutan casi como en la prepandemia

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La discoteca Kika, en Palermo
Gerardo Viercovich

En la puerta de Juana Bay hay una cupé alemana estacionada. El auto rojo, que ronda el valor de un monoambiente en Almagro y que todos miran antes de entrar a la discoteca situada en la avenida Juan B. Justo 1579, en el barrio porteño de Palermo, funciona como un fetiche y una carta de presentación. Ellas llegan montadas sobre zapatos de tacón y lucen vestidos cortos abrazados al cuerpo, mientras que ellos usan sobre todo camisas con dos o tres botones desabrochados desde el cuello hacia abajo. Hasta acá, todo sigue igual: la gente que viene intenta mostrar su mejor versión. La pandemia no despojó a la noche de ese cóctel de hedonismo y eau de parfum, pero ¿qué sucederá en la pista de baile, en donde todo acontece dentro de un espacio cerrado?

Antes de ingresar, un hombre vestido de traje negro consulta con mucha amabilidad si los que están del otro lado de la baranda cuentan con una reserva. Algunos, sí; otros, no. Para este segundo grupo una de las posibilidades es abonar $1500 con una consumición, que puede ser una bebida con o sin alcohol.

La discoteca Juana Bay, en Palermo
Gerardo Viercovich


La discoteca Juana Bay, en Palermo (Gerardo Viercovich/)

Adentro, cerca de las 23, todos permanecen en sus burbujas; en términos prepandémicos, en sus mesas. Los tragos van y vienen, y la música está fuerte; suena reguetón, trap, cumbia y algo de electrónica. Laura Segovia tiene 38 años, es abogada y es la primera vez desde que el coronavirus irrumpió en la Argentina que sale a un after office. “No me da miedo, para nada, cero”, afirma. “Tengo las dos dosis de AstraZeneca; si no retomo la normalidad, me muero de embole. En algún momento hay que empezar a asomar la nariz, tengo la sensación de que este virus nos va a acompañar por un rato muy largo”, agrega Segovia, que se dispone a terminar la pizza de muzzarella que pidió con su amiga Ana Brigadier, de 39 años, que ya se puso de pie y baila con la porción en la mano.

“Mirá, yo salgo y no tengo problema. Tal vez no compartiría un trago con alguien, me daría un poco de impresión. De algún modo, como dejamos de compartir el mate, se me fue la costumbre de compartir otras cosas, como un trago o un cigarrillo”, dice Brigadier.

Al costado de la pista hay un espacio exclusivo, el sector vip. Ahí se encuentran tres amigas sentadas sobre sillones de cuero negro y todas en su muñeca derecha tiene el precinto blanco que las habilita para estar en ambos lados de la frontera. “Yo no le tengo miedo al coronavirus. Me siento bien, sana. No tendría problema en compartir un vaso con alguien. Hago vida normal, no soy de seguir tanto los protocolos”, cuenta Nadia Velázquez, de 28 años.

Élida Ferreira, Nadia Velázquez y Ana Leiva, en el vip
Gerardo Viercovich


Élida Ferreira, Nadia Velázquez y Ana Leiva, en el vip (Gerardo Viercovich/)

¿Eso genera una grieta en el grupo?, consulta LA NACION. “No, cada uno es libre de hacer lo que quiere. Nosotras dos encaramos el modo de cuidarnos de una manera distinta, pero no genera ningún conflicto en el grupo el modo de cuidarse que tenga cada uno”, responde Élida Ferreira, de 30 años.

Pero, ¿cuál es el protocolo que rige en la ciudad de Buenos Aires para los locales bailables denominados clase C? Para el ingreso de personas mayores de 18 años al establecimiento, se deberá acreditar esquema completo de vacunación contra el Covid-19. Mientras que los menores de 18 años deberán acreditar haber recibido la primera dosis, en tanto no se encuentren aún comprendidos en los cronogramas de vacunación para la aplicación de la segunda dosis. Cuando tengan disponible las segundas dosis, se les deberá exigir la acreditación de esquema completo para entrar.

El organizador a cargo deberá contemplar la mejor manera de estructurar los ingresos y las salidas, y designar personal responsable para el ordenamiento a los fines de evitar la aglomeración de gente en las inmediaciones del establecimiento y en sus accesos. También deberán promover el uso del tapabocas y poner a disposición de la gente elementos sanitizantes. En cuanto al aforo, no podrá superar el 50% de la capacidad para la que el local fue habilitado. Podrán permanecer abiertos sin límite horario.

Durante la recorrida de LA NACION, una noche de jueves, se observa el cumplimiento del aforo, pero nadie usa el tapabocas.

Carola Amigorena y Lucía Crozzini, en Belushi
Gerardo Viercovich


Carola Amigorena y Lucía Crozzini, en Belushi (Gerardo Viercovich/)

A pocas cuadras de ahí, sobre la calle Honduras, se encuentra el bar-boliche Belushi, que tiene una pista de música “cachengue”, otra de electrónica y una terraza. En el último piso tomándose unas fotos están Carola Amigorena y Lucía Crozzini, ambas de 21 años. “Si me giran un vaso, lo agarro”, dice Amigorena entre risas. Ella todavía no se vacunó, está esperando a tener un turno en La Rural para que le quede más cerca de su casa.

Las dos vinieron solas y aseguran que, a pesar del coronavirus, la posibilidad de conquistar o ser conquistadas en un boliche aún está vigente. “Al momento de conocer a alguien, el tema del Covid no es una variable. El chape está vivo”, agrega Crozzini.

Al lado de Belushi, en Kika, uno de los clásicos boliches porteños, la noche se vive como antes. “A mí no me pidieron el certificado de vacunación. Y adentro no estás con barbijo porque estás tomando algo; en la práctica no se aplican muchas cosas de los protocolos, porque no van en línea con el espíritu de la actividad que pretenden controlar”, argumenta Manuel Lozada, de 31 años.

La terraza de Creta, en la Costanera Norte
Gerardo Viercovich


La terraza de Creta, en la Costanera Norte (Gerardo Viercovich/)

Lejos de ahí, LA NACION continúa su recorrido nocturno en Creta, en la Costanera Norte. Al lado del boliche Moscú, donde antes estaba Pachá, Creta ofrece una terraza donde la gente puede bailar al aire libre. Acá, como sucedió en todos los otros lugares, todos conversan con otros grupos, la gente se conoce, algunos se besan por primera vez y a simple vista no hay diferencias en comparación a la prepandemia. Sin embargo, al preguntar, cada uno tiene su propio manual.

“Hay que mantener cierto nivel de cuidado, tratar de no hablar pegado a otro, etcétera. Pero a veces uno se olvida, es natural. Yo no comparto el vaso, pero si alguien me gusta sí avanzaría; qué se yo, no sé si es contradictorio. En definitiva, hay que tenerlo presente, pero también hay que vivir con cierta normalidad”, reflexiona Gisela Farías, de 35 años.

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