La búsqueda interminable de un hombre para obtener una dosis de dopamina con la realidad virtual

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El visor de realidad virtual utilizado por Wolf Heffelfinger, un músico que tiene una década explorando la realidad virtual, en Missoula, Montana, el 16 de septiembre de 2021. (Jessica McGlothlin/The New York Times)
El visor de realidad virtual utilizado por Wolf Heffelfinger, un músico que tiene una década explorando la realidad virtual, en Missoula, Montana, el 16 de septiembre de 2021. (Jessica McGlothlin/The New York Times)

En una reciente noche de jueves en el Centro Comunitario City Life en Missoula, Montana, Wolf Heffelfinger jugó una partida de “laser tag”.

Con unos visores pesados, Heffelfinger se movía por todo el gimnasio disparado pistolas láser falsas con ambas manos. No era muy diferente de cualquier otro juego de “laser tag” excepto por el hecho de que estaba jugando en realidad virtual.

Mientras él y un amigo corrían por el gimnasio, se vio a sí mismo estando en los pasillos iluminados con neón de una nave espacial. Su amigo también. Como usabas gafas de realidad virtual, no podían verse entre ellos, pero podían perseguirse en un mundo imaginario.

Para Heffelfinger, un músico, emprendedor y espíritu libre de 48 años, el juego era un paso más en una obsesión de una década con la realidad virtual. Desde la llegada de los visores Oculus en 2013, ha jugado en la realidad virtual, ha visto películas, ha visitado tierras lejanas y ha asumido nuevas identidades.

Heffelfinger ve sus aventuras virtuales como una búsqueda incesante de la dosis de dopamina que se produce cuando la tecnología lo lleva a un nuevo lugar. Pero cuando llega al límite de lo que la tecnología puede hacer, esa fuerza se desvanece. Una y otra vez ha dejado de usar su gran cantidad de visores, durante meses. Pero cuando hay algún avance tecnológico nuevo, Heffelfinger vuelve a la carga.

La obsesión intermitente de Heffelfinger se sincroniza con el amorío intermitente que tiene la industria de la tecnología con la realidad virtual. Las compañías han invertido miles de millones de dólares en un concepto que ya ha estado varios años a pocos pasos de convertirse en algo masivo, pero sin lograr llegar allí del todo.

En la actualidad, tal vez la tecnología de realidad virtual esté un paso más cercano del mercado masivo. Mark Zuckerberg de Facebook y otros ejecutivos bien conocidos han anunciado la llegada del “metaverso”, —un mundo digital donde las personas pueden comunicarse a través de la realidad virtual y otras nuevas y futuras tecnologías— y existen reiterados rumores de que Apple se lanzará también a la contienda.

Wolf Heffelfinger, un músico que tiene una década explorando la realidad virtual, en Missoula, Montana, el 16 de septiembre de 2021. (Jessica McGlothlin/The New York Times)
Wolf Heffelfinger, un músico que tiene una década explorando la realidad virtual, en Missoula, Montana, el 16 de septiembre de 2021. (Jessica McGlothlin/The New York Times)

Sin embargo, existe la duda de si la realidad virtual está realmente lista para el consumo masivo. A lo largo de los años, las mejoras nunca han estado realmente a la altura de las expectativas. Es como si la ciencia ficción —décadas de novelas, películas y televisión sobre la realidad virtual— hubiera predispuesto a las personas a una decepción perpetua.

“Quiero que sea parte de mi vida y siempre creo que así será”, dijo Heffelfinger. “Pero el sueño siempre se acaba”.

Mientras Heffelfinger se preparaba para su juego de “laser tag” en el centro comunitario de Missoula, un grupo de adolescentes jugaba “paintball” un piso más abajo. En gran parte, era el mismo juego: gafas, pistolas falsas y persecución dentro de un gimnasio. Pero los adolescentes permanecían en el mundo real.

Cuando se le preguntó por qué no se había apuntado a jugar “paintball” a la antigua, Heffelfinger dijo que jugar dentro de un mundo de ciencia ficción marcaba toda la diferencia, pues disfruta la experiencia de ser trasladado a otro mundo. “Puedo entrar en la película”, dijo.

Incluso puede ser otra persona. Cuando él y su amigo John Brownell iniciaron el juego, llamado “Space Pirate Arena”, Heffelfinger eligió un avatar grande, fornido y ostentosamente masculino vestido con prendas de camuflaje. Brownell eligió uno que se parecía mucho a la actriz Angelina Jolie. Heffelfinger se imaginó a sí mismo en un mundo distópico.

“Recordé de repente un episodio de ‘Black Mirror’, en donde dos tipos se enamoran en la realidad virtual cuando eligen sus avatares”, dijo, en referencia a una serie de ciencia ficción en Netflix. “No creo que se haya dado cuenta del efecto que esto tuvo en mí”.

Heffelfinger visitó las pirámides egipcias. Vio “2001: Odisea del espacio” de Stanley Kubrick en realidad virtual, suspendido en un tanque de aislamiento sensorial. Guio a un detective de la policía local a través de una recreación virtual de Missoula generada a partir de fotos de alta definición y llegaron a considerar esta tecnología como una manera de investigar una escena del crimen sin estar allí. A veces, en los días nublados de Montana, suele sumergirse en la realidad virtual solo para poder ver el sol.

“La naturaleza de estos mundos de fantasía es que alimentan con dopamina las vías de recompensa de nuestro cerebro”, dijo Anna Lembke, psiquiatra de la Universidad de Stanford y autora de “Dopamine Nation”, una exploración a la adicción en el mundo moderno. “Llevan consigo el potencial de la adicción”.

Pero al igual que con otras adicciones, se puede desarrollar tolerancia. Alcanzar el subidón de dopamina se vuelve más difícil.

Heffelfinger suele terminar aburrido de cada nuevo visor. Las experiencias terminan siendo repetitivas. No puede moverse con la libertad con la que le gustaría hacerlo. No puede conectar en realidad con otras personas. La realidad virtual no logra igualar la vitalidad del mundo real y a veces hasta termina mareado.

Heffelfinger convirtió uno de los visores en una maceta para plantas y otro en una prenda que se pone el cuello y utiliza para sus excursiones por las montañas de Montana. “Resulta que caminar al aire libre es mucho más divertido”, dijo.

Pero Heffelfinger siempre vuelve a comprar un visor más. En varias oportunidades ha gastado cientos de dólares en visores para amigos, con la esperanza de que lo acompañen en la realidad virtual. Con la llegada de la pandemia del coronavirus vio la tecnología como un antídoto ideal para la cuarentena y así fue, durante un tiempo. Pudo compartir con amigos y extraños en un lugar de reunión etéreo llamado AltspaceVR.

Probablemente, vuelva a aburrirse. Como muchas personas que utilizan la tecnología, Heffelfinger cree que pasarán muchos años antes de que esta logre convertirse en una parte inalterable de la vida cotidiana. De cualquier manera, admite que sin importar cuán buena termine siendo la tecnología, le preocupa pasar demasiado tiempo allí.

“Me gusta entrar en la realidad virtual”, dijo. “Pero después de un rato, siempre quiero salirme”.

© 2021 The New York Times Company

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