En Azerbaiyán, una sarta de explosiones, gritos y luego sangre

Carlotta Gall
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El personal médico atiende a un taxista que resultó herido en un ataque con un cohete lanzado por las fuerzas armenias contra la ciudad de Barda, Azerbaiyán, el 28 de octubre de 2020. (Ivor Prickett/The New York Times)
El personal médico atiende a un taxista que resultó herido en un ataque con un cohete lanzado por las fuerzas armenias contra la ciudad de Barda, Azerbaiyán, el 28 de octubre de 2020. (Ivor Prickett/The New York Times)
La hermana de Fuad Izmayilov le besa la mano poco después de que muriera en un ataque con cohetes lanzado por las fuerzas armenias contra la ciudad de Barda, Azerbaiyán, el 28 de octubre de 2020. (Ivor Prickett/The New York Times)
La hermana de Fuad Izmayilov le besa la mano poco después de que muriera en un ataque con cohetes lanzado por las fuerzas armenias contra la ciudad de Barda, Azerbaiyán, el 28 de octubre de 2020. (Ivor Prickett/The New York Times)

BARDA, Azerbaiyán — La primera explosión fue tan fuerte que frenamos el auto al instante. Parecía que había sido cerca y sonó como un cohete, así que rápido salimos y nos agachamos junto a una pared.

Más tarde, me di cuenta de que si no nos hubiéramos detenido habríamos llegado directo a una de las explosiones, que ocurrió unos 20 metros más adelante.

El miércoles, al momento de la detonación, estábamos conduciendo sobre la calle principal de la pequeña ciudad provincial de Barda, en Azerbaiyán, hacia un cruce vial. El país está en guerra con Armenia, pero la línea de combate estaba a 32 kilómetros y, hasta ese momento, en la zona la vida transcurría sin incidentes. Las mujeres hacían sus compras, los hombres llenaban sus autos de gasolina.

Luego, una serie de explosiones ensordecedoras sonaron una tras otra, cada vez más fuerte y más cerca. Una mujer comenzó a chillar. Un hombre le gritó a su familia. Doblaron en la esquina, la esposa jalaba a uno de sus hijos de la manga con tal fuerza que la rompió y todos corrieron por un callejón lateral.

Del otro lado de la calle, había manchas de sangre en los escalones que llevaban al sótano de una clínica de salud privada. Adentro, atendían a un taxista que sangraba profusamente de la pierna. Enfermeras, pacientes y transeúntes se guarecían en el sótano, pisaban la sangre y llamaban a sus familiares con sus celulares.

Estoy en Azerbaiyán con un fotógrafo, Ivor Prickett, para dar cobertura a la guerra que el mes pasado se desató entre Azerbaiyán y Armenia. Fue la primera vez que regresaba en más de 20 años, pero no me era desconocido el fuego de misiles: la región del Cáucaso ha sido asolada por unos seis conflictos desde la desintegración de la Unión Soviética.

La pugna entre ambos países comenzó en 1988 por el territorio de Nagorno Karabaj, una región dentro de Azerbaiyán poblada por armenios. Para 1994, Armenia había logrado importantes ganancias territoriales y desplazado a casi un millón de azerbaiyanos de sus hogares, pero la guerra terminó sin que se resolviera el problema.

Ahora la lucha se ha desatado otra vez. Azerbaiyán montó una ofensiva a gran escala para recuperar el territorio perdido y ambos bandos han intercambiado bombardeos de cohetes y misiles en pueblos y ciudades de toda la región.

En general, se considera que Azerbaiyán tiene mayor fuerza armamentista, ya que utiliza una flota de drones para combatir a las fuerzas armenias con una precisión mortal y ha lanzado ataques con cohetes contra dos de las ciudades más grandes de Nagorno Karabaj.

En Azerbaiyán, varios asentamientos cerca de la línea de batalla han sufrido ataques de cohetes casi todos los días. El ataque en Barda, que está un poco más lejos de la zona de combate, pareció ser una escalada del conflicto.

“Ya ven lo que nos están haciendo los armenios”, gritó Kamil Kerimov, de 55 años. “¿Acaso ven a algún militar aquí? ¿Por qué hacen esto? Solo hay civiles”. Añadió: “Quieren crear caos”.

Yagubiya Hamidova, una cardióloga de 44 años que se refugiaba en el sótano de la clínica, hace poco se había mudado de la ciudad de Terter porque estaba en la línea de batalla y pensaba que aquí estaría más segura. “Por favor, ayúdennos. Nadie en el mundo sabe lo que nos está pasando”, dijo.

Afuera en la intersección, un auto carbonizado seguía en llamas. La sangre estaba embarrada en la acera y en la puerta de un edificio de oficinas, entre cristales rotos. Los oficiales de neutralización de bombas en overoles y caretas estaban parados sobre pedazos de documentación que había explotado.

Nos subimos a nuestro auto y comenzamos a conducir fuera de la ciudad, pero nos topamos con otra hecatombe en el siguiente cruce vial.

Había autos destrozados en puntos de la calle que uno no esperaría. Alguien había cubierto con mantas los cuerpos que estaban en dos de los autos. Junto a otro vehículo había un par de zapatos y más sangre. El suelo estaba ennegrecido y el aire olía a explosivos.

“¿Por qué le hicieron eso?”, gimió una mujer vestida de negro, mientras dos hombres la sostenían de cada brazo. “¡Por favor! Por favor, vean lo que están haciendo. ¿Por qué lo mataron? Por favor, Dios, ayúdanos”.

Los socorristas abrieron una de las puertas del auto con una palanca de hierro. Cuando sacaron cargando el cuerpo envuelto en mantas la mujer se desplomó en el suelo y gritó: “¡Mi bebé!”.

Del otro lado de la calle dos personas más habían sido asestadas en la acera. Un hombre y una mujer yacían bajo mantas en medio de ramas rotas y hojas desperdigadas.

El hombre era Fuad Izmayilov, de 31 años, profesor de Deportes, quien murió justo en la puerta de la casa de su madre.

En total, 21 personas fallecieron en el centro de Barda y 70 personas resultaron heridas en el ataque con cohete, según anunció el gobierno en la tarde, y añadió que los cohetes fueron disparados de un sistema Smerch de múltiples cohetes hecho en Rusia que había arrojado bombas de racimo, las cuales fueron diseñadas para usarse contra ejércitos en espacios abiertos y están prohibidas en casi todo el mundo por su capacidad de dañar a civiles en áreas residenciales.

Armenia negó haber ordenado el ataque.

Las dos ciudades principales del territorio de Nagorno Karabaj controlado por Armenia también fueron atacadas con cohetes el miércoles, como ha sucedido con regularidad desde el comienzo de los enfrentamientos. Un hospital de la ciudad sufrió daños en la capital regional de Stepanakert, un civil falleció y otro resultó herido en Shusha, según el Servicio de Emergencia y Rescate local.

Hay pruebas de que ambas partes han usado bombas de racimo. Human Rights Watch criticó a Azerbaiyán por utilizar municiones de racimo contra zonas civiles de Nagorno Karabaj al menos cuatro veces este mes.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company