'¿Ayudarías a salvar a mi hermano?': La lucha por encontrar donantes de plasma para COVID-19

Audra D. S. Burch y Amy Harmon
Basil Binns II, un administrador de puerto marítimo que se recuperó de un caso leve de COVID-19, en Miami, el 25 de abril de 2020. (Saul Martinez/The New York Times)

HOLLYWOOD, Florida. El doctor estaba muriendo.

Sin una forma de mejorar su respiración, Vladimir Laroche no tenía probabilidades de sobrevivir a la COVID-19. Laroche, un médico internista que pasó casi cuatro décadas cuidando enfermos, contrajo la enfermedad el mes pasado mientras atendía a pacientes en un centro de salud y en una estación móvil de pruebas para el nuevo coronavirus.

En cuestión de una semana, su situación escaló rápidamente. Pasó de notar un dolor de garganta persistente a experimentar síntomas parecidos a la gripe que lo obligaron a salir temprano del trabajo para tener que luchar contra el virus en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de Florida.

El cuerpo de Laroche se vio abrumado por la fuerza contundente de un virus que los expertos en salud pública todavía tienen dificultades para entender. Uno de sus médicos, Leslie Díaz, colega y especialista en enfermedades infecciosas, tuvo una idea que creyó que le daría a Laroche una oportunidad de luchar: una transfusión intravenosa de plasma sanguíneo donado por alguien que se había recuperado del virus, para reforzar su sistema inmunitario.

“La idea era darle a su cuerpo más soldados para pelear en esta guerra”, dijo Díaz, quien es parte del equipo que trata a Laroche en el Centro Médico de Palm Beach Gardens en el sur de Florida.

No obstante, no había donantes, ni alternativas, ni tiempo.

Entonces, la familia de Laroche en Miami, Nueva York y Puerto Príncipe, Haití, comenzó una búsqueda desesperada en redes sociales para encontrar a alguien que hubiera vencido la COVID-19 y estuviera dispuesto a donar sangre.

A unos 130 kilómetros de distancia de la cama del hospital de Laroche, el administrador de un puerto marítimo de Miami apenas se estaba reintegrando a su trabajo después de un episodio leve de la enfermedad. Estaba en su oficina una mañana cuando sonó el teléfono. Contestó y recibió una petición urgente: “¿Ayudarías a salvar a mi hermano?”.

Así comenzó un frenético viaje para dar esperanza a un médico en estado grave, con paradas en un autobús itinerante de donación de sangre en Hialeah, un laboratorio en Orlando y, finalmente, el primer piso del hospital de Palm Beach Gardens.

A falta de una vacuna o un tratamiento comprobado, los supervivientes de COVID-19 están siendo considerados como posibles salvadores de infectados que padecen una enfermedad que ha matado a más de 52.000 personas en Estados Unidos. La demanda de lo que se conoce como “plasma convaleciente” ha superado la oferta en una proporción aproximada de dos a uno, lo que ha desencadenado una especie de batalla campal pandémica en busca de la buena voluntad de los supervivientes.

En el marco de un programa nacional supervisado por la Clínica Mayo y autorizado a principios de abril por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por su sigla en inglés), cerca de 2500 pacientes en hospitales estadounidenses han recibido el tratamiento experimental que buscaba la familia de Laroche. La FDA también ha concedido “numerosas” solicitudes de médicos independientes para usar plasma convaleciente en pacientes con COVID-19, señaló la agencia en una declaración reciente.

A lo largo de las últimas dos semanas, Meg Chamberlin, un ama de casa de Nueva York, ha tratado de responder a peticiones de familiares de pacientes con COVID-19 en Boston, Los Ángeles y Youngstown, Ohio. “Dispuesto a pagar gastos de viaje o lo que sea necesario”, se leía en un mensaje de Jarret Jones, de 32 años, pues la abuela de 87 años de su prometida estaba conectada a un respirador en Youngstown.

Otra posible donante dijo que se había comprometido públicamente con un paciente en el grupo de Facebook Survivor Corps, solo para recibir un mensaje privado del familiar de alguien más. Puesto que cada donación puede proveer plasma suficiente para tres pacientes, la persona le preguntó si la donante también podría incluir la identificación de su familiar enfermo en el formulario.

“Parece que somos hadas madrinas o algo así”, dijo Chamberlin, quien terminó tomando un vuelo desde Richmond, Virginia, donde estaba visitando a su madre después de su recuperación, hasta Atlanta para hacer una donación de plasma. “Y será mejor que usemos ese poder para el bien”.

Después de desarrollar los síntomas característicos (la fiebre, el dolor muscular y la falta de aliento), Vladimir Laroche dio positivo por COVID-19 el 29 de marzo, nueve días después de que su futuro donador de plasma, Basil Binns II, recibiera el mismo diagnóstico. En cuestión de semanas, sus vidas estarían inextricablemente unidas por un virus y sus anticuerpos.

Laroche, de 68 años, fue ingresado al hospital el 31 de marzo. Los médicos lo trataron con inhibidores de interleucina para reducir la inflamación, junto con hidroxicloroquina, el fármaco antipalúdico, y el antibiótico azitromicina. Laroche no respondía. “Se estaba debilitando cada vez más”, relató Díaz, quien trabaja con Laroche como director médico de enfermedades infecciosas de FoundCare.

Sus riñones y su hígado estaban funcionando, pero se le dificultaba tanto respirar que en pocos días los médicos le indujeron un coma y lo conectaron a un respirador mecánico. Después, le dieron las malas noticias a su familia: Laroche no estaba mejorando.

“Sabíamos que su edad podía reducir sus posibilidades de supervivencia y que esta situación iba a prolongarse… si teníamos suerte”, comentó Paul Laroche, un terapeuta especialista en adicciones. “Sus pulmones no estaban funcionando. La máquina estaba bombeando un 100 por ciento de oxígeno hacia sus pulmones. Los médicos no nos dijeron que se estuvieran dando por vencidos, pero sabíamos que estábamos en una situación de día a día”.

Sus hermanos, sus hijos y su novia no podían tomarlo de la mano para animarlo. Su padre, de 100 años, no podía viajar de Haití a Florida.

Además, se planteaban el peor escenario. “En el fondo pensábamos: ‘No podremos despedir a nuestro hermano apropiadamente’”, dijo Paul Laroche.

El alcalde Francis Suárez de Miami, quien se enteró de que había contraído el coronavirus a mediados de marzo, se convirtió en el primer donante de COVID-19 de Florida al donar plasma a OneBlood, un banco de sangre, y cientos de personas más han acudido para hacer donaciones.

No obstante, cuando Díaz solicitó plasma de OneBlood, no había nada disponible, así que la familia de Vladimir Laroche comenzó a llamar frenéticamente a sus amistades, contactar a periodistas y publicar peticiones urgentes en Facebook para encontrar un donante compatible. Binns contactó a Paul Laroche a través de un amigo en común que vio la publicación de Facebook.

“Mi pregunta fue: ‘¿Cómo puedo ayudar?’”, narró Binns, director adjunto del Puerto de Miami. El tratamiento realizado hace dos semanas parece haber ayudado a Laroche, quien aún se encuentra en terapia intensiva y se enfrenta a una larga recuperación, pero ahora requiere menos de la mitad del oxígeno que necesitaba antes del tratamiento.

Conforme cientos de miles de estadounidenses más se vayan recuperando de COVID-19 en las próximas semanas, los investigadores, médicos y funcionarios del banco de sangre señalaron que su objetivo era administrar plasma convaleciente por pedido, en un proceso que no dependa de que los familiares consigan a sus propios donantes.

Por ahora, Binns está trabajando con Laroche para ayudar a conectar a los donantes con los pacientes de COVID-19. “Me sentí como si estuviera ayudando a un amigo en lugar de a un extraño”, dijo.

This article originally appeared in The New York Times.

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