Atravesar un peligroso paso de montaña tras un terremoto devastador

Soufiane Aarrach, a la izquierda, llora al encontrar ropa que perteneció a un hermano que murió en el terremoto, cerca de la histórica mezquita de Tinmel, en la cordillera del Atlas de Marruecos, el viernes 15 de septiembre de 2023. (Nariman El-Mofty/The New York Times)
Soufiane Aarrach, a la izquierda, llora al encontrar ropa que perteneció a un hermano que murió en el terremoto, cerca de la histórica mezquita de Tinmel, en la cordillera del Atlas de Marruecos, el viernes 15 de septiembre de 2023. (Nariman El-Mofty/The New York Times)

PASO DE TIZI N’TEST, Marruecos — Ascendiendo unos 2000 metros por la cordillera del Atlas, la carretera que atraviesa el paso de Tizi N’Test hace curvas imposibles rodeando los bordes de los acantilados, se ensancha y estrecha incómodamente en un sendero único y frágil, y se desliza bajo salientes rocosas y escarpadas.

Desde hace un siglo, este tramo de carretera solitaria es conocido por sus paisajes impresionantes y sus curvas peligrosas. Todo cambió el 8 de septiembre, cuando un terremoto sacudió Marruecos, causando la muerte de al menos 2900 personas y el derrumbe de decenas de poblados ubicados en los bordes del camino.

Entonces, la serpenteante carretera se convirtió en un salvavidas: el camino para las ambulancias que salvan vidas y transportan la ayuda esencial a las poblaciones devastadas de las montañas, pero primero había que reabrirla.

Apenas unas horas después del terremoto del 8 de septiembre, los equipos de construcción se pusieron en marcha con motoniveladoras, excavadoras y volquetes para iniciar la difícil y peligrosa tarea de despejar la carretera de las rocas gigantes que se desprendieron por los temblores y cayeron ladera abajo, aplastando las construcciones a su paso.

El trabajo no ha cesado desde entonces.

“No dormiremos hasta despejar la carretera”, afirmó el viernes Mohammed Id Lahcen, de 33 años, sentado sobre un montón de rocas partidas junto a la enorme motoniveladora que ha estado manejando durante la última semana.

Una excavadora trabaja para despejar la carretera sobre el paso de Tizi N’Test, en la cordillera del Atlas de Marruecos, el viernes 15 de septiembre de 2023. (Nariman El-Mofty/The New York Times)
Una excavadora trabaja para despejar la carretera sobre el paso de Tizi N’Test, en la cordillera del Atlas de Marruecos, el viernes 15 de septiembre de 2023. (Nariman El-Mofty/The New York Times)

Tras varios días de trabajo, Id Lahcen y su equipo lograron abrir espacio suficiente para que pasaran algunos vehículos, pero seguían trabajando para retirar las rocas y los escombros empujándolos hacia los bordes de la carretera. También señaló que solo ha descansado para apartarse del camino de los bloques de roca que siguen cayendo por las laderas de las montañas, comer un poco y echarse un sueñito en su motoniveladora. No había ido a su casa para bañarse o cambiarse de ropa.

En muchas zonas afectadas por el sismo, hubo quejas de que el gobierno tardó en rescatar y llevar suministros de socorro a los poblados afectados. Eso obligó a los habitantes a desenterrar a las víctimas ellos mismos y a sus compatriotas marroquíes a donar alimentos, mantas y colchones.

Al conducir por la carretera que lleva al paso de Tizi N’Test, se hicieron evidentes las dificultades a las que se enfrentaban los trabajadores humanitarios para pasar.

Durante días, marroquíes preocupados procedentes de lugares lejanos como Rabat, a cientos de kilómetros al norte, llenaron sus autos y camiones de donativos y luego subieron cautelosamente por la carretera hasta la máquina de Id Lahcen, con la esperanza de ofrecer ayuda y consuelo a los pobladores que seguían incomunicados. Al ver la carretera bloqueada, le rogaron a Id Lahcen y a su colega, Mustapha Sekkouti, que les ayudaran a llevar sus bolsas de suministros al otro lado.

“Esta realidad, queremos que sea un recuerdo en nuestra historia”, dijo Sekkouti, de 50 años. “Quiero poder contarles a mis nietos que estuve aquí, ayudando a despejar la carretera para salvar vidas”.

Las acciones de Id Lahcen y Sekkouti abrieron una brecha cerca de la parte superior de la carretera el 11 de septiembre, lo que permitió el paso de parte de la ayuda; sin embargo, los cierres temporales y los bloqueos viales que ralentizaron el tráfico continuaron durante días, lo que obligó a The New York Times a abortar un primer intento de llegar a la cumbre.

No obstante, el viernes y el sábado lo logramos, recorriendo toda la carretera, 180 kilómetros desde la ciudad de Oulad Berhil por las montañas del norte hasta Marrakech, haciendo paradas por el camino. El viaje reveló un país que estaba saliendo del horror de una emergencia y dando los primeros y difíciles pasos hacia la recuperación.

La carretera estaba despejada, con montañas de escombros amontonadas hasta sus bordes desgajados y llenos de maquinaria pesada. Junto a ella se alzaban las ruinas de casas de adobe que se habían deslavado en sus nichos montañosos e hileras de grandes tiendas amarillas y azules donde ahora vivían los sobrevivientes.

Cerca de la cima del paso de montaña, Hassan Ikhoudamen, de 36 años, barría las botellas de cristal rotas y las latas de refresco abolladas que habían caído de la estantería de detrás de la barra de su cafetería y modesta casa de huéspedes la noche del terremoto.

Una semana después, consideró que había llegado el momento de reabrir su cafetería.

Se consideraba afortunado: aunque su casa había quedado destruida, su esposa y sus tres hijos habían sobrevivido, y la cafetería que administraba desde hacía 11 años solo había tenido grietas.

A unos 20 minutos por la carretera, en lo que quedaba del pueblo de Tinmel, Soufiane Aarrach, de 26 años, escarbaba entre los escombros de la habitación de su hermano mayor Abderahim, buscando documentos de identidad para poder declararlo fallecido.

Hurgó entre los escombros de la casa sacándolos en rampas de plástico, paleando ladrillos y tierra sobre un creciente montón de despojos, hasta que descubrió una bolsa sellada. Dentro había ropa: una chamarra de piel, una camisa blanca y unos pantalones beige. Se acercó la camisa y los pantalones al rostro e inhaló profundo, con los ojos llenos de lágrimas.

“Eran de mi hermano”, dijo. “Recé por él”.

Hacia Marrakech, donde el camino se ensancha y se vuelve llano, el poblado de Tijghicht reveló lo vital que es el acceso a la carretera.

Tras el terremoto, rocas gigantescas bloquearon el camino, por lo que los habitantes tuvieron que buscar sobrevivientes y a sus vecinos fallecidos entre las casas destruidas usando tan solo un par de palas.

Construyeron camillas improvisadas con palos de madera y cuerda y transportaron a los heridos graves más de 10 kilómetros hasta un pueblo cercano por la carretera principal.

El cuarto día después del sismo, el alcalde, Bouchaib Igouzoulen, se tumbó ante una excavadora gigante en la carretera principal y se negó a moverse hasta que se dirigiera hacia Tijghicht. Al día siguiente, la carretera estaba lo suficientemente despejada para permitir el paso de las ambulancias.

Ahora que su pueblo estaba otra vez conectado a la carretera principal, el alcalde se planteaba el futuro: cómo reconstruir su ciudad y dónde.

Son decisiones y planes que llevarán tiempo. En los próximos meses, la nieve hará que gran parte de la carretera vuelva a estar resbaladiza y, en ocasiones, intransitable.

“Tenemos que empezar hoy”, concluyó.

c.2023 The New York Times Company