Atrapar un oso polar para su estudio: lo más difícil para los investigadores no es solo aterrizar en el hielo delgado

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Investigadores con cachorros de oso polar, en Longyearbyen, Noruega, 29 de abril de 2021. (Anna Filipova/The New York Times).
Osos polares tranquilizados se despiertan, en Longyearbyen, Noruega, el 29 de abril de 2021. (Anna Filipova/The New York Times).

Desde un helicóptero, puede ser difícil detectar un oso polar en la tundra congelada. Por eso, cuando el biólogo de osos polares Jon Aars se dirige a sus viajes anuales de investigación, escudriña el paisaje en busca de destellos de movimiento o de sutiles variaciones de color: el tono ligeramente amarillento del pelaje de los osos que contrasta con el blanco de la nieve.

“Además, a menudo se ven las huellas antes de ver al oso”, explica Aars. “Y el oso suele estar donde terminan las huellas”.

Aars forma parte de una larga lista de investigadores de osos polares del Instituto Polar Noruego, que tiene un puesto de avanzada en Svalbard, un archipiélago del Ártico. Desde 1987, los científicos del instituto organizan anualmente excursiones a la naturaleza helada para encontrar y estudiar a los osos polares de Svalbard.

A lo largo de las décadas, estos viajes de investigación han contribuido a comprender la biología básica y la ecología de los osos y, en los últimos años, han ayudado a los científicos a vigilar cómo los animales se enfrentan al cambio climático. Los rápidos cambios en el hábitat ya están afectando a su comportamiento; con el rápido retroceso del hielo marino, algunos de los osos tienen ahora que nadar largas distancias para encontrar lugares donde guarecerse. Pero hasta ahora, los osos aún parecen robustos, dice Aars.

Sin embargo, si esto empieza a cambiar, como les preocupa a los investigadores, estas excursiones anuales ayudarán a descubrir los problemas a tiempo.

Te contamos aquí cómo las llevan a cabo los científicos.

Los viajes suelen ocurrir en primavera, cuando las hembras de oso salen de sus madrigueras con nuevas crías y el hielo marino es lo suficientemente sólido como para soportar lo que puede ser una investigación peligrosa. Para maximizar el área de estudio —y las probabilidades de encontrar osos— los científicos atraviesan el archipiélago en helicóptero. “Y, por supuesto, si tienes un helicóptero y aterrizas en el hielo y es delgado, te arriesgas a tener un accidente con el helicóptero”, dijo Aars.

Osos polares tranquilizados se despiertan, en Longyearbyen, Noruega, el 29 de abril de 2021. (Anna Filipova/The New York Times).
Investigadores con cachorros de oso polar, en Longyearbyen, Noruega, 29 de abril de 2021. (Anna Filipova/The New York Times).

Una vez en el aire, el equipo, que suele estar formado por dos biólogos, un veterinario, un piloto de helicóptero y un mecánico, comienza a explorar el paisaje en busca de osos. Cuando los investigadores detectan uno, apuntan desde el aire con un dardo tranquilizante. Si dan en el blanco, el oso suele tardar unos minutos en caer al suelo.

Entonces los investigadores aterrizan y se ponen a trabajar. Envuelven los ojos del oso con un trozo de tela —una bufanda o una manta funcionan bien, explica Aars— para protegerlo de los intensos rayos del sol y preparan un equipo para controlar su ritmo cardíaco, sus niveles de oxígeno en sangre y su temperatura corporal.

Se toman diversas medidas físicas, como la longitud, la circunferencia y el tamaño del cráneo del animal. También examinan sus dientes, que pueden proporcionar una buena aproximación a su edad.

“Cuando has hecho esto con cientos de osos, ¿sabes?, empiezas a ser bastante bueno”, dice Aars. También se pesa a las hembras, una maniobra delicada que requiere elevarlas en el aire en una camilla sujeta a dos básculas. (Los osos machos son demasiado pesados para hacerlo).

Las respuestas que buscan

Luego toman muestras de sangre, pelo y grasa, y guardan la muestra de sangre en un bolsillo para que no se congele. “Se mete en la chaqueta, cerca del cuerpo”, dice Aars. De vuelta al laboratorio, estas muestras ayudarán a los científicos a responder todo tipo de preguntas sobre la vida del animal: ¿qué come? (a veces un oso está cubierto de sangre cuando los investigadores lo encuentran, señal de que acaba de comerse a una foca). ¿Tiene parásitos? ¿Ha estado expuesto a muchos contaminantes? También pueden extraer el ADN de estas muestras para conocer mejor la genética de la población local de osos polares y esbozar los árboles genealógicos de los úrsidos.

A algunas de las hembras de oso se les colocan collares satelitales que rastrean su ubicación y actividad. Un “interruptor de agua salada” en los collares se activa cuando los osos se sumergen en el agua, lo que permite a los investigadores calcular la cantidad de tiempo que los osos pasan nadando.

Antes de terminar, los investigadores ponen a los osos varias marcas de identificación: añaden una etiqueta en la oreja, implantan un microchip detrás de la oreja y tatúan un número dentro del labio. Pero también añaden una marca más temporal, pintando un número en la espalda de cada oso. El número, que desaparecerá cuando el oso mude el pelaje, evita que los científicos capturen el mismo oso durante la misma temporada de campo. “No queremos molestar a ese oso dos veces”, dijo Aars.

Revertir el sedante

El proceso completo dura aproximadamente una hora para un solo oso, y más para una hembra con cachorros. Cuando los investigadores terminan, el veterinario administra un medicamento para ayudar a revertir el sedante.

A veces los investigadores esperan a que el oso vuelva en sí, para asegurarse de que se levanta y camina con seguridad. Mantienen la distancia, pero para Aars, el trabajo se ha convertido en una rutina y no teme a los osos cuando se despiertan. “No es que el oso diga ‘OK, quiero matar a ese tipo’”, dice. “Creo que es más, como, ver si está bien y probablemente tiene un poco de dolor de cabeza y piensa en otras cosas”.

Y entonces vuelven a volar, en busca de su próximo oso.

Anna Filipova es una fotoperiodista que reside en el Ártico y se especializa en temas científicos. Lleva diez años cubriendo las regiones polares.

© 2021 The New York Times Company

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