La vez que el arzobispo Tutu fue cateado en el aeropuerto

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Las personas colocan flores en Soweto, Sudáfrica, hogar del arzobispo Desmond Tutu tras su muerte en Ciudad del Cabo, el domingo 26 de diciembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times).
Las personas colocan flores en Soweto, Sudáfrica, hogar del arzobispo Desmond Tutu tras su muerte en Ciudad del Cabo, el domingo 26 de diciembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times).

En el aeropuerto principal de Johannesburgo, unas 400 personas se preparaban para embarcar vuelos con destino a Puerto Elizabeth y Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Casi todos pasaron sin problemas los escáneres de seguridad para llegar a las salas de embarque.

Todos menos uno: el arzobispo Desmond Tutu.

Era diciembre de 1986, y Tutu era el líder de los creyentes anglicanos de su país, blancos y negros, y una de las figuras más respetadas al frente de la lucha contra el apartheid, su centro de gravedad espiritual. Había ganado el Premio Nobel de la Paz en 1984 por su valor y compromiso.

Era imposible no saber quién era y qué representaba.

Sin embargo, de todos los pasajeros de la fila, fue el único viajero en ser sometido a la indignidad de un cateo físico. Parecía que lo que se pretendía era recordarle su condición cromática en la nación del apartheid.

Tal vez, pensó, su cruz pectoral de metal había activado la alarma.

“¿Pensarían que era un arma?”, me preguntó.

A veces es el pequeño momento casi imperceptible, en lugar del titular llamativo, el que recuerda a los reporteros la esencia de la historia que han sido enviados a cubrir.

Ese momento ha permanecido conmigo porque, considerando todo lo que le había sucedido y le sucedería a su torturada tierra, lo que había detrás de su pregunta retórica merecía algo más que una consideración pasajera.

Puede que la cruz en sí misma no fuera un arma, pero la fe y la creencia que representaba proporcionaban a la batalla contra el dominio de la minoría blanca un imperativo moral abrumador que ofrecía desafíos tanto al arzobispo como a sus adversarios.

El episodio del mostrador de seguridad del aeropuerto tuvo lugar varios años antes de la liberación de Nelson Mandela en 1990 y el comienzo de la progresión de Sudáfrica hacia la democracia. Era una época de opciones, dictadas por la creciente y cada vez más dura protesta de los municipios negros segregados, los crisoles de la revuelta; por la obcecación del régimen de la minoría blanca, dirigido entonces por el presidente P.W. Botha; por la creciente presión internacional para imponer sanciones económicas; y por lo que parecía un recurso inexorable a la violencia.

En todo esto, la promoción que hacía el arzobispo de su lucha cristiana por la paz podría haber parecido condenada al fracaso, una voz solitaria en un páramo manchado de sangre.

“Me sorprende que los negros radicales sigan dispuestos a decir que somos sus líderes”, dijo en una conferencia de prensa en enero de 1985. “¿Qué tenemos para demostrar todo lo que decimos sobre el cambio pacífico? Nada”.

Sin embargo, no se calló, ni en su oposición al apartheid ni en su rechazo a las formas más extremas de violencia.

En aquellos años, la ejecución en la hoguera se había convertido en un emblema de la lucha, aplicada por los activistas negros a los acusados de traición. Las imágenes icónicas de los acusados que eran quemados vivos se desplegaron en las guerras de propaganda que representaban la lucha negra, según quién la contara, como bárbara o impregnada de su propia y temible justicia.

Solía pasar que una persona identificada o acusada de ser un informante de las autoridades blancas era atropellada e inmovilizada con un neumático de automóvil alrededor de la parte superior de su cuerpo. Luego se rociaba el neumático con gasolina y se le prendía fuego. El ritual se llamaba “necklacing”.

En un episodio ocurrido en el municipio de Duduza en julio de 1985, observé cómo el entonces obispo Tutu y un colega clérigo, Simeon Nkoane, lucharon y pelearon para rescatar a un hombre que había sido señalado para ese castigo, acusado, a pesar de que lo negaba, de ser un agente encubierto de la policía.

Las pasiones del momento eran intensas. Se llegó a pensar que el hombre estaba destinado a la muerte. Lo habían golpeado hasta dejarlo ensangrentado y le habían prendido fuego a su auto para que sirviera, como dijo un activista, de “su pira funeraria”.

“Esto debilita la lucha”, gritó Tutu mientras trataba de proteger al hombre.

“No, ¡favorece la lucha!”, le gritó un miembro de la multitud al obispo, que iba vestido con una túnica púrpura después de oficiar un funeral de gran carga política, otro rasgo totémico de unos tiempos en los que murieron decenas de personas y sus entierros se convirtieron en escenarios de protestas más y más intensas.

Al final, aquel día en Duduza, los obispos se impusieron y el presunto delator fue expulsado.

Fue un acto de valentía que pudo haber sido imprudente por parte de los clérigos cuando su único escudo contra la ira de los posibles verdugos eran las cruces de su fe.

Pero no fue en absoluto un ejemplo inusual de valor el que presenciamos.

En otra ocasión, Tutu se interpuso entre los manifestantes y la policía, creando la imagen de un diminuto sacerdote que se mantiene firme frente al poderío armado de la maquinaria de seguridad del apartheid.

En la época posterior a la llegada de Mandela a la presidencia en 1994, el arzobispo Tutu recurrió a otras fuentes de valor para presidir las investigaciones de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación sobre abusos de derechos que desafiaban incluso las peores expectativas del comportamiento humano y ponían en tela de juicio la posibilidad de redención.

A lo largo de los años de lucha, los clérigos estuvieron en primera línea, levantando sus estandartes (metodistas, católicos o anglicanos) contra las autoridades blancas que buscaban la justificación bíblica del apartheid en las enseñanzas de la segregada Iglesia Reformada Neerlandesa.

Pero siempre había otra arma en el arsenal del arzobispo, además de su cruz pectoral: el humor.

En un acto de recaudación de fondos al que asistió Tutu a principios de la década de 2000, uno de los participantes se ofreció a contar un chiste para aligerar la conversación, pero advirtió al público que a menudo se equivocaba en el remate y que entonces era recibido con silencio.

“Yo me reiré”, gritó Tutu.

Y se hizo la risa.

© 2021 The New York Times Company

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