Artistas filipinos varados en Dubái por el coronavirus

ISABEL DEBRE
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Catherine Gallano (centro) dirige un ensayo de su grupo de bailarinas filipinas en Dubái el 5 de noviembre del 2020. (AP Photo/Kamran Jebreili)

CORONAVIRUS DUBAI FILIPINOS

Catherine Gallano (centro) dirige un ensayo de su grupo de bailarinas filipinas en Dubái el 5 de noviembre del 2020. (AP Photo/Kamran Jebreili)

DUBÁI, Emiratos Árabes Unidos (AP) — Eric Roman se sube al escenario con sus jeans desgarrados y toma el micrófono.

Es un viernes a la medianoche y en tiempos normales, recibiría muchos aplausos en el bar del hotel en uno de los barrios viejos junto al Estuario de Dubái. Sudorosos filipinos, empresarios árabes y empleados de los centros comerciales de la zona tomaban la pista de baile mientras él entonaba “Don’t Stop Believing” con su banda de nueve miembros, todos filipinos.

Ahora, sin embargo, no hay público y tampoco está su banda. Todos se esfumaron acatando las restricciones de movimiento asociadas con el coronavirus. Ya no se puede bailar y se limitó la cantidad de gente que puede estar en un escenario. Roman aceptó cobrar un 65% menos cuando reabrió su club al relajarse las restricciones. Los guitarristas, bajistas y bateristas no tuvieron tanta suerte.

“Dubái está muerto”, dice Roman, quien tiene 40 años. “Todos los días nos preguntamos de dónde va a salir nuestra comida, nuestra agua, cómo haremos para sobrevivir en esta ciudad”.

Los grupos musicales filipinos son una institución en la vida nocturna de Dubái. Tocan de todo —rock, R&B, pop—y satisfacen la demanda de una comunidad de extranjeros cada vez más grande. Ahora la pandemia silenció la música en vivo y azota la economía, y cientos de músicos filipinos se las ven en figurillas para sobrevivir.

Las bandas filipinas ganaron presencia a principios del 1900, durante la ocupación del archipiélago por parte de Estados Unidos. Ya conocían la música religiosa occidental y los himnos militares tras siglos de ocupación española y se adaptaban rápidamente a las nuevas tendencias, desde el rock hasta el jazz, según Mary Lancanlale, profesora de Estudios de Asia y el Pacífico de la Universidad Estatal de California con sede en Domínguez Hills.

Hacia fin del siglo, el karaoke era un pasatiempo nacional. Los artistas filipinos, que imitan a la perfección a las leyendas musicales de Occidente, se hicieron populares en los locales nocturnos de todo el Asia y el Golfo Pérsico. Dubái atrajo legiones de bandas filipinas durante su rápida transformación de puerto en el desierto a capital regional de la parranda.

“Nuestra música apuntala la reputación de Dubái como un sitio que trasciende las divisiones políticas, raciales y geográficas”, expresó Paul Cortés, cónsul general de las Filipinas en Dubái y quien también supo ser cantante.

Los músicos enfrentan un panorama incierto. Son gente de provincias pobres de las Filipinas que se van para buscar fortuna en el exterior, en salones humeantes y bares de hoteles.

“Los agentes te prometen el cielo y te entregan un infierno”, se quejó AJ Zacarías, cantante y tecladista que preside la Alianza de Bandas Filipinas de los Emiratos Árabes Unidos (ABFEAU). “Somos algunos de los artistas más buscados del mundo y nos tratan como si fuésemos basura aquí”.

Los cantantes británicos pueden ganar lo que los filipinos perciben en un mes, según Zacarías. Agregó que los agentes reservan “las mejores suites de los hoteles” para los bailarines indios y los filipinos son alojados generalmente de a ocho en habitaciones sin las comodidades básicas.

“Es la lamentable realidad del mercado. Es más barato contratar una banda filipina”, manifestó Ricardo Trimillos, experto en espectáculos filipinos de la Universidad de Hawái.

Cuando cerraron los clubes nocturnos de Dubái, decenas de músicos filipinos que vivían en dormitorios que pagaban sus patrones fueron desalojados y no tenían adónde ir.

Según la asociación que los nuclea, el 70% de ellos nunca recibió la comida y otros beneficios que les prometieron sus antiguos empleadores. Algunos venden ropa para sobrevivir. Bailarines como Catherine Gallano, de 33 años, hacen presentaciones por la internet.

La ABFEAU dijo que al 80% de los artistas filipinos sus empleadores les cancelaron sus visas, consecuencia del sistema laboral “kafala” de los Emiratos que vincula la residencia de los extranjeros con un empleo. Sin empleo, no hay permiso de residencia.

A los millones de migrantes mal pagados de Asia, África y otras regiones que ayudaron a convertir a los Emiratos en un punto de referencia de la economía mundial, el virus les ha agravado los abusos que vienen sufriendo desde hace décadas, como el robo de sueldos, la demora en sus pagos y condiciones de vida malas, indicó Hiba Zayadin, de Human Rights Watch. Acotó que las más perjudicadas son las trabajadoras domésticas, que también tienden a ser filipinas.

Cuando apareció el virus en marzo, Jhune Neri, cantante y comediante de 38 años, se sintió atrapado. Literalmente. Cuenta que, a título preventivo, su mánager selló las puertas y dejó sin funcionar el ascensor de la residencia donde vivían 11 artistas, que estuvieron encerrados por meses. Sobrevivían con arroz y una salsa de tomate que les hacía llegar.

Semanas después, el propietario del sitio les cortó la luz y los desalojó.

Neri dice que sigue decidido a salir adelante en Dubái, aunque la mayoría de sus amigos “perdieron toda esperanza” y se fueron.

Irse no es tan sencillo. Igual que miles de filipinos, Rommel Cuison, guitarrista de 30 años que trabajaba en el bar de un hotel, espera desde hace meses la autorización para salir. Está en una lista de espera, su patrón no paga los gastos y las autoridades filipinas no pueden confinar a la enorme cantidad de filipinos que desean regresar. Ya vendió su guitarra para poder comer.

Los que volvieron a trabajar no la pasan bien pues muy poca gente va a los locales nocturnos.

Marinio Raboy, cantante de rock de un barrio pobre de Dubái, dijo que su club se siente desolado, que algunas noches canta solo para los empleados.

Roman dice que la nueva realidad implica menos propinas y un sueldo muy magro, que no le alcanza para cubrir los gastos de su madre y sus cuatro hijos en las Filipinas.

De todos modos, afirma que no tiene otra alternativa.

“Este es el peor período de mi vida”, expresó. “Tengo que creer que esto se va a acabar en algún momento”.

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Isabel DeBre está en on Twitter at www.twitter.com/isabeldebre.