El artesano que tiene 50 años reparando los acordeones de Ciudad de México

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El acordeón tiene una gran presencia en la cultura mexicana, ya que lo tocan, entre otros, músicos norteños y mariachis. (Alicia Vera/The New York Times)
El acordeón tiene una gran presencia en la cultura mexicana, ya que lo tocan, entre otros, músicos norteños y mariachis. (Alicia Vera/The New York Times)

Durante 50 años, Francisco Luis Ramírez se ha encargado de reparar acordeones en un país que venera ese instrumento. Ahora es un negocio familiar.

“Este acordeón es una basura”, dijo Francisco Luis Ramírez, mientras movía la cabeza con desaliento. El anciano inspeccionaba cuidadosamente el instrumento polvoriento que le había llevado a su taller, y lucía exasperado. “¡Una porquería! No puedo arreglar esto. Bueno, podría, pero tendría más sentido que te compraras uno mejor”.

Dejó el cigarrillo y tomó otro acordeón que estaba sobre su mesa de trabajo. Era grande, blanco y brillante. “Ahora, esto es un acordeón. Hecho en Italia. Escucha”.

Comenzó a tocar y, de repente, notas de un sonido expansivo llenaron la pequeña y oscura habitación. Miré a mi alrededor: a lo largo de las paredes blancas había estantes repletos de esqueletos del último medio siglo de su trabajo: carcasas de madera, fuelles hundidos y teclados destrozados que parecían dientes torcidos. La habitación olía a una mezcla de humo de cigarrillo, madera mohosa y pegamento secante.

Aquí, en esta oficina que queda subiendo las escaleras de un edificio escondido ubicado en una cuadra del centro que está repleta de llamativas tiendas de música que usan parlantes para atraer a sus clientes, está el taller de uno de los reparadores de acordeones más antiguos y venerados de la ciudad.

“Yo hago todo para mejorar el sonido”, le gusta decir a Ramírez, ahora de 76 años, sobre su trabajo. “Soy técnico, siempre afinando, siempre afinando”.

Día tras día, durante casi 50 años, ha recibido la visita de músicos —mariachis y norteños, músicos callejeros y maestros— que acunan suavemente, como a niños pequeños, sus instrumentos lesionados. Ha hecho reparaciones para artistas tan famosos como Los Ángeles Azules, Los Rieleros del Norte, Los Tigres del Norte y Mon Laferte, entre muchos otros.

No soy uno de esos músicos. Pero hace unos años decidí que quería aprender a tocar el acordeón. Aunque la primera versión del instrumento se inventó en Europa a principios del siglo XIX, las migraciones —tanto forzadas como voluntarias— trajeron diferentes versiones a las culturas de todo el mundo.

Viene de familia

Como resultado, toda mi vida había crecido en torno a sus encantos: en Estados Unidos, mis abuelos maternos, judíos iraquíes hasta la médula, solían escuchar los acordeones de las orquestas árabes de Mohammed Abdel Wahab y Umm Kulthum y recordaban el mundo que dejaron atrás. Mis abuelos, nacidos y criados en Argentina, todavía pasan sus días en compañía de un dulce bandoneón, el instrumento de los tangos melancólicos de Aníbal Troilo y Carlos Gardel.

Mi propia infancia en los suburbios de Nueva York estuvo marcada por los viejos y folklóricos cantos “You Are My Sunshine” y “Oh, Susanna!”. A menudo me preguntaba cómo el mismo instrumento podía sonar, de un momento a otro, tan alegre y luego tan triste.

La mayor parte de la influencia generalizada del acordeón en México provino de las zonas rurales fronterizas de Texas, donde los inmigrantes germánicos se establecieron en el siglo XIX y trajeron su música con ellos; aún hoy, ciertos estilos norteños pueden pasar fácilmente por valses o polcas, y las melodías dulces y erráticas se han convertido en banda, corridos y cumbia.

En Ciudad de México, se escuchan acordeones en la radio en taxis y en restaurantes donde los mariachis les dan serenatas a los comensales. Pero, más que en ningún otro lugar, se escuchan en las calles: a lo largo de los bulevares llenos de esmog y en las frondosas plazas adoquinadas y entre los ruidosos puestos del mercado de vendedores que venden maíz tostado y mochilas de cuero y café en grandes ollas de barro.

Francisco Luis Ramírez, uno de los más experimentados reparadores de acordeones de la Ciudad de México, en su taller. (Alicia Vera/The New York Times)
Francisco Luis Ramírez, uno de los más experimentados reparadores de acordeones de la Ciudad de México, en su taller. (Alicia Vera/The New York Times)

Como soy un acordeonista bastante inculto, mi problema era que no tenía ni idea de lo que estaba buscando. Todas las casas de música, que vendían acordeones nuevos que relucían en vitrinas, decían que para encontrar uno que estuviese en mi rango de precios, que no era alto, tendría que buscar de segunda mano. Y que el mejor mercado de música de segunda mano de México era los martes en un barrio del sur de la ciudad llamado Tasqueña.

En Tasqueña, cada semana se reúnen unos 100 músicos del Sindicato Único de Trabajadores de la Música y alinean sus puestos a lo largo de una vía de servicio para los autobuses de larga distancia que llegan a la terminal del sur de la ciudad; el zumbido de los timbales y las guitarras afinadas resuenan sobre el murmullo de los vagones diésel con destino a Oaxaca o Cuernavaca.

No parece existir un instrumento que no se pueda encontrar, en el día indicado, en el bazar de Tasqueña: he visto clarinetes, tubas y trombones; cencerros, güiros y panderetas; vihuelas, ukeleles y guitarras de 12 cuerdas y, por supuesto, acordeones. Acordeones sin fin. Hay acordeones diminutos para niños y acordeones grandes más anchos que los niños. Hay acordeones de botones, acordeones de piano y, a veces, incluso bandoneones.

Esa mañana en particular, al final de la cuadra había una pareja mayor instalada frente a unos acordeones coloridos de tamaño mediano ubicados sobre un pedazo de césped. En la carretera, junto a ellos, había una camioneta Volkswagen color blanco con las puertas abiertas y más instrumentos. Regateé con un hombre de aspecto enfermizo que usaba una mascarilla quirúrgica (esto era sorprendente, en tiempos anteriores a la pandemia), y unos minutos después me fui, radiante, con un acordeón rojo en una vieja caja de madera. Pagué poco más de 100 dólares.

“Te estafaron”.

Ramírez no se anduvo con rodeos. Fue de este modo, cuando mi acordeón necesitaba una reparación, que llegué a su vieja tienda mohosa en 2019; él pasó la mayor parte del rato simplemente inspeccionando los daños. Hace poco volví a visitarlo, pero estaba más interesado en conocer su vida y su oficio que en contratar sus servicios.

Habían pasado dos años y una pandemia había arrasado el mundo por lo que me alegré de ver que todavía estaba allí. Los acordeones esqueléticos, de los que extrajo llaves y piezas de repuesto, seguían acumulando polvo en los estantes de la mitad más oscura de la habitación. Dos colillas de cigarrillos ardían en su cenicero redondo cuando llegué, y agregó tres más en las horas que estuve con él.

Durante nuestra conversación, dos hombres aparecieron en la puerta, acompañados de varios adolescentes. Llegaron con un acordeón Farinelli negro en una bolsa de camuflaje. De inmediato, Ramírez lo agarró y comenzó a probar las notas.

“Suena re feo y se le sale el aire. Hay que mejorar el sonido”, les explicó a los hombres, señalando los fuelles del acordeón. Dejó el instrumento sobre su mesa y, con un par de alicates de plata, arrancó los delgados clavos que mantenían unida la carcasa. El lado del bajo salió primero. “Oh, pura porquería. Hay que afinarlo, cambiar las voces, que suene como un acordeón de verdad”. Lo cerró de nuevo.

“¿Y cuánto cuesta?”, preguntó uno de los hombres tímidamente.

“Total, 3200 pesos”, respondió Ramírez. No mucho más de 150 dólares. “Mejor que nuevo, será”. Sacó otro acordeón de su estante para tocar algunas notas y mostrarles a los músicos cómo podría sonar el suyo si se lo confiaban.

“Agh”, le susurró uno de los chicos a otro compañero. “Está bonito”.

Los hombres mayores, que claramente eran los líderes de la banda —se llamaba Los Príncipes del Bolero, dijeron, y me dieron su tarjeta— se miraron un momento. El precio estaba bien. En una hora lo traerían para que le hiciera un arreglo temporal, y así poder tocar en su próximo concierto, y luego lo dejarían para la reparación completa. Ese proceso iba a durar una semana.

“Ya me gané los 750 pesos”

Para arreglar las teclas con problemas que ya no emitían sonidos, Ramírez remplazó sus correspondientes lengüetas de metal en la caja de voz interior. A cada nota nueva le aplicó una cera azul dura, que había hervido en una pequeña olla azul en una estufa eléctrica portátil que tenía a su lado, y un trozo diminuto y delgado de película. Con un soldador eléctrico fundió la cera, un adhesivo fuerte, y un humo débil salió de la madera.

“Ahora es el momento de la verdad”. Puso sus labios en la caja de voz y sopló cada nota nueva como si estuviera tocando una armónica, haciendo algunos ajustes a medida que avanzaba. Luego volvió a atornillar la caja en el acordeón, la cerró y tocó algunos acordes importantes. El sonido fue notablemente completo, más dulce.

“Bueno”, sonrió Ramírez. “Ya me gané los 750 pesos”. Abrió una Coca-Cola y encendió otro cigarrillo.

Durante todo el día, el agradable sonido de la música de acordeón flotó por los pasillos del edificio. La mayoría de las veces no provenía de la habitación de Ramírez sino de la de al lado. Resulta que, para celebrar sus 50 años de trabajo, Ramírez se había jubilado recientemente, y ahora solo trabaja por placer porque su hijo lleva las riendas del negocio.

A lo largo de su carrera, Ramírez tuvo muchos aprendices —“Aquí no existen las escuelas de reparación de acordeón”, dijo— pero ninguno lo ha enorgullecido más que Luis Adrián Ramírez, un acordeonista profesional que, no mucho después de aprender el oficio de su padre, se unió a al Servicio Ramírez Acordeones, convirtiéndolo en un negocio de dos personas y ampliando la línea generacional de una familia profundamente arraigada en las tradiciones musicales de América.

“Mi abuela vivía de la música, era maestra de piano”, recuerda Ramírez. “De ahí vienen nuestras habilidades musicales”. Su padre, que nunca aprendió música cuando era niño, más tarde agarró los instrumentos y comenzó a tocarlos casi de inmediato. “Por parte de mi papá tenemos la sensibilidad de la música”.

Para Luis Adrián, heredar la empresa familiar es un proceso que empezó hace mucho tiempo. “Desde los 12 años he trabajado con él”, dijo sobre su padre. “Todo un orgullo”.

Para el patriarca de los Ramírez, los tecnicismos de la música han sido su mayor atractivo. “Siempre me ha interesado más arreglar los acordeones que tocarlos”, dijo.

De otros países

Casi 50 años de trabajo le han proporcionado abundantes recursos. Cuando estaba empezando y no podía comprar las piezas adecuadas, improvisaba extrayendo piezas de metal de los tacones de los zapatos y las encuadernaciones de libros. Debajo de una fina manta ubicada en un estante, junto a algunos fieltros, pieles y cueros, sacó varias hojas sueltas de papel amarillento con diagramas dibujados a mano de todas las afinaciones cromáticas posibles de un acordeón.

La gente todavía le envía instrumentos de otros países —Colombia, Guatemala y Estados Unidos— para que los afine, modifique o revise. Durante un tiempo, hace años, solía hacer visitas domiciliarias a estados lejanos y pueblos remotos, a menudo cargando sus herramientas a lomos de mula, subiendo colinas brumosas y arroyos escarpados llenos de lluvia. “Comunidades que no tenían luz en esos momentos, pero tenían los armonios y los acordeones”, dijo.

En esta etapa de la vida, dijo, está feliz de que el negocio haya pasado a un segundo plano. “Me gusta hacer un buen trabajo”, expresó. Si entra una persona joven, o alguien que con pocos recursos, a veces no les cobra. “Siempre hay que devolver un instrumento mejor que como lo recibiste”.

Jordan Salama es el autor de Every Day the River Changes: Four Weeks Down the Magdalena, que narra un viaje a lo largo de la vía fluvial más grande de Colombia.

© 2021 The New York Times Company

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