Arrancó con modelos de madera balsa y ahora vuela los aviones que él mismo construye

Leandro Vesco

"Lo mío siempre fueron los aviones, sino volaba, no me interesaba", confiesa Victor Mejalenko que, con 64 años y en forma autodidacta, lleva armados nueve aviones. En 2006 voló con uno propio, cruzando toda América, desde Posadas (Misiones) hasta Oshkosh (Wisconsin, Estados Unidos) a la mayor exposición aeronáutica mundial. Salió tercero en una competencia entre 400 aviones de todo el mundo.

"Era un buen alumno, hacía mis tareas el viernes para poder pasar todo el domingo en el aeroclub", sostiene. A los siete años voló por primera vez y a los 18, construyó su primer avión. En el Mundial 1978 lo llevaron a ver un partido en el estadio de River Plate, pero cuando Argentina metió un gol, él se quedó mirando un Boeing 727 que sobrevoló la cancha, haciendo maniobras para aterrizar en Aeroparque. "Fue el avión más grande que vi, de esos no llegaban a Misiones", recuerda.

Nació el 9 de agosto de 1955 en una casa humilde de Posadas. Su padre era empleado de comercio y su madre, modista. Tiene cinco hermanos. Nunca sobró nada, pero tampoco faltó. "No había dinero para juguetes y me las ingeniaba para hacérmelos", afirma. La solución la halló ahorrando monedas para comprar madera balsa y armarse avioncitos. A los siete años un tío que tenía un avión, lo invitó a volar hasta su casa en Apóstoles. "En ese entonces era un pueblo de calles de tierra, aterrizó en la avenida detrás de su casa y estacionó el avión en el patio", recuerda. Aquello le cambió la vida. "Me quedaba encerrado en la cabina soñando que volaba", afirma al retroceder en el tiempo y ver el origen de una pasión que atravesó todos sus días.

Su maestro

"Ayudaba con la limpieza en la casa, y los domingos papá me daba plata para el colectivo ida y vuelta hacia el aeroclub", sostiene. En esas horas en los hangares halló el sentido a la vida. Un viejo mecánico aeronáutico, José Miño, fue su maestro. "Primero me hacía barrer y después me mostraba cómo arreglaba los aviones, así aprendí", cuenta.

"Me llevaban a ver partidos de fútbol, carreras de autos, pero yo quería hacer aviones para volar", resume. Cuando terminó la primaria, tuvo mayor libertad, luego de la escuela se iba al aeroclub, sacaba los aviones para dejarlos en la pista, los lavaba y barría los hangares. A cambio, recibía unos pesos y algo mejor: poder volar. "Me quedaba esperando que apareciera algún socio que me invitara", afirma.

Con el dinero que ahorró, pudo pagarse el viaje y los primeros meses de vida estudiantil en La Plata. Se anotó en la carrera de ingeniería aeronáutica. Cursó gran parte de la carrera, pero la vida en el claustro no fue la que esperaba. "Sentía que estaba perdido, yo quería fabricar aviones, y los profesores no me incentivaban", confiesa. Quiso estudiar piloto de vuelo comercial, pero estaba fuera de su alcance. "Es costosa", cuenta.

En esos años en La Plata, tuvo la suerte de armar su primer avión ultraliviano, al que le siguió otro. Tenía apenas 18 años. "Sobreviví fabricando aviones", cuenta con orgullo. Vivía en un monoambiente, en las afueras de la capital bonaerense, consiguió una gran mesa donde poder trabajar, y desplegar todas sus herramientas. "Tenía la cama debajo de la mesa", recuerda. En el mismo tiempo en que sus compañeros estudiaban teoría, Víctor entregaba su segundo avión. La experiencia platense duró poco. Volvió a Posadas, hizo un curso de piloto privado, pero lo suyo se encaminó por el lado de la realización. "En un momento te das cuenta de qué queres hacer en la vida, lo supe nuevamente", sintetiza.

Los primeros modelos

En Posadas pronto trabajó en el armado de un Ultraliviano Challenger II, luego de un Piper PA12, después le siguieron un biplaza RB7, y un RB8, entre otros. En 1998 comenzó a construir un Lancair cuatriplaza, su mayor desafío. Lo terminó tres años después, en el 2003 lo voló y tres años después cruzó toda América para participar de la Exposición de Oshkosh.

El avión que se arma viene presentado en un KIT, desarmado, sin el motor y su instrumental eléctrico y tecnológico, esto luego se compra a gusto del cliente. El tiempo de armado varía entre uno a tres años. Los costos, dependen del modelo y la tecnología que se le incluya. Un monoplaza básico puede arrancar en 25.000 dólares, un cuatriplaza con los últimos adelantos, asciende a 250.000 dólares. Los motores se pueden comprar nuevos o usados. La electrónica es lo más costoso. Diferentes modelos de GPS, piloto automático, pantalla táctil, cada elemento extra modifica el precio final. Los aviones más usados para la construcción son de la fábrica norteamericana Van´s Aircraft, y también Lancair Aircraft.

Nuestro objetivo es ayudar a que construyas tu propio avión Matías Nacey

En Argentina existe la EAA, La Asociación Argentina de Aviación Experimental (filial local de la Experimental Aircraft Association con casa central en Estados Unidos), hace 30 años nuclea a todos los constructores amateurs del país. Su sede está en General Rodríguez (provincia de Buenos Aires), donde tienen un aeródromo con 72 hangares. Allí guardan sus aviones los socios, también allí los construyen.

"Nuestro objetivo es ayudar a que construyas tu propio avión", cuenta Matías Nacey, integrante de la EAA. Hacen talleres y dan asesoramiento integral. Frente al aeródromo se levanta un barrio aeronáutico, con conexión directa a la pista de aterrizaje. Los vecinos pueden llegar hasta la puerta de sus casas en sus propios aviones.

Por toda América

La experiencia de volar por toda América con un avión de fabricación propia fue crucial en la vida de Víctor. En el año 2006, salieron junto al piloto Omar Ratti de Posadas en el Lancair cuatriplaza. La odisea incluyó paradas en Brasil -en Campo Grande, Alta Floresta y Boa Vista-, en Venezuela -Isla Margarita-, y en República Dominicana. Ya en Estados Unidos, hicieron escala en West Palm Beach, Homerville y finalmente Oshkosh. Tardaron una semana.

"El único problema que tuvimos fue no tener agua caliente para el mate durante el vuelo", recuerda. Volaban a 5000 metros de altura, con una velocidad crucero de 420 km/h. "Como se trató de un vuelo internacional, debíamos usar sólo aeropuertos internacionales", afirma Víctor. Solían parar en hoteles que tuvieran almacenes cerca, para buscar provisiones, lo común era llevar galletitas o sandwiches. "Lo mejor del viaje, son las vistas, la transparencia del mar en el Caribe, sus islas", resume el fabricante misionero.

"Me tembló la vista, no recuerdo el aterrizaje en Oshkosh", confiesa. Los mejores aviones del mundo estaban en la Airventure, la Exposición de Wisconsin. Durante una semana, el aeropuerto de esta ciudad recibió hasta 12.000 aviones de todo tipo. "No podía creer que un avión hecho por mí había cruzado todo el continente", afirma. Al llegar, los jurados lo observaron y pidieron que lo dejara en la entrada, a la vista de todos. Vinieron a verlo durante tres días varios grupos de jueces. Un día le dejaron una carta en el capot del avión. "Pensé que habíamos cometido alguna macana", afirma. Era la nominación para un premio. Salieron terceros en la categoría KIT. Al día siguiente emprendieron el largo viaje de regreso a Posadas.

El mundo de la aviación desborda de anécdotas e historias. Harrison Ford y Morgan Freeman, que además de actores son pilotos y también participaron de la Exposición, felicitaron a Víctor ("Ford llevó cinco aviones y Freeman tiene un super jet", acota). Conoció a una mujer texana que una mañana abrió la puerta de su casa y encontró un KIT para armar un avión, era un regalo de su marido. Comenzó a armarlo en la cocina y terminó en su garaje, le costó cuatros años hacerlo. "Lo curioso es que cuando lo terminó, se dio cuenta que no sabía volar", recuerda Víctor.

"Estoy terminando de armar mi décimo avión, que llamo Furioso", afirma. Hace un año que está en este proyecto. Calcula que en dos meses podrá hacer la prueba de vuelo. A sus 64 años reflexiona sobre su actividad. "Me gustaría que se acercara un joven, me gustaría enseñarle", se entusiasma. Tiene un gran desafío por delante: "Hay que estar largas horas encerrado en el hangar trabajando, ahora todos prefieren estar con el celular", concluye.