Aquellas rondas de amigos con folklore, empanadas y vino

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Los chalchaleros en su despedida
Rafael Calviño

Hubo que esperar hasta 1937 para que llegara a Buenos Aires la Tropilla de Huachi Pampa, conjunto musical que actuara con éxito por radio y exhibiera el poco difundido folklore provinciano. Aquel grupo estaba integrado por Buenaventura Luna, Manuel Canale y Antonio Tormo, entre otros.

Luego, aprovechando esa brecha, llegaron a Buenos Aires los Abrodos, los Ábalos, hasta que ya entrados los 50´ arribaron los coloridos Chalchaleros que despertaron un entusiasmo explosivo por la música norteña.

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Sin embargo ese fervor, tenía ya sólidos antecedentes en quienes profesaban desde siempre, amor por el campo y por sus tradiciones, en particular por las sureras. Y “si los cantores se buscan por la tonada” este es un ejemplo palmario de ello. Una ronda de amigos, en los que latía el mismo corazón criollo, se fue ampliando y comenzaron a reunirse en lo del generoso arquitecto César “el Alemán” González del Solar. Los encuentros eran en su acogedora casa de Acasusso, los sábados por la noche, con el beneplácito de su mujer, Cora, y de sus hijas María, Cora, Pepa y Ana, responsables de que no faltaran empanadas, vino, ni el calor de su hospitalidad. Aquellas tenidas crecían en número y se prolongaban hasta bien ganado el día.

Varios de los concurrentes eran “estancieros de vocación” que contaban, los más ricos, con un puñadito de hectáreas o de un sencillo rancho a poca distancia de la capital, donde disfrutaban con placer del horizonte pampeano y del ver pastorear a su caballo criollo.

Se hace necesario recordar a los notables que esos sábados por todos esperados, engalanaban las noches de música, poesía y erudición: Justo P. Sáenz, ensayista; Eduardo Falú, Atahualpa Yupanqui y el Chango Farías, consagrados artistas; los poetas Omar Menvielle, Rulo Seeber, Antonio Montenegro Rua, Indio Apachama, Boris Elkin, Jorge Montenegro; los pintores Cacho Marenco, y Jorge Campos; las guitarras y las voces de Tonito Rodríguez Villar (Fundador de la Academia Argentina del Folclore) Choché y Pato Márquez Seeber, Omar Moreno Palacios, Rodolfo Echevarrieta, Alfredo Correa, Jose Martínez Obarrio, Moro Menvielle, Enrique Espina Rawson, (presidente de estudios gardelianos), Julio Benegas, Alberto Merlo, Santiago Rocca, Lalo Figallo, Roni Beltrán, Marcos Uranga y Guillermo Gándara; los bombos del Zorro Campos y de José M. Meira; los pianistas Mario Arnedo y Adolfo Abalos; los conservacionistas Fraile González del Solar y Juan J. Márquez Urquiza a cargo del Museo Martín Fierro; Tito del Castillo, autor de las reglas del Pato; y otros muchos que se pierden en la memoria de quien esto recuerda, y que disfrutara de esas noches mágicas siendo un adolescente.

Por cierto que a este entusiasta grupo sabatino no le faltaban oportunidades de, luciendo sus mejores pilchas, disfrutar de asados, yerras y cabalgatas.

Pero esos eruditos, contaban con unas semanas esperadas, clásicas e imperdibles: la de mediados de julio en la Exposición Rural. Allí, en el Galpón de los Criollos, sentados en los fardos de pasto, esa platea de apasionados hacía desfilar los ejemplares que competían, debatiendo las características de sus pelajes: “rábicano” y “calzado de las cuatro”; “que no es lobuno, que es azulejo”; “doradillo, panza blanca”; “estrellita, y zarco del lado de montar”.

Los estoy viendo con sus chambergos requintados, o sus boinas ladeadas, poncho al hombro, haciendo circular los mates que calentaban sus manos en esas jornadas gélidas, y lo mismo los porrones de ginebra que abrigaban los ánimos.

Nunca faltaba el bordoneo de una guitarra y que de la voz emotiva de alguien, comenzara a brotar una milonga: “Pico blanco, gargantilla,/ y zarco del lao del lazo / supe tener un picazo / de lunar en mi tropilla”

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