Más de tres millones de personas han tomado el curso de felicidad de Yale. Esto es lo que han aprendido

Molly Oswaks
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Tal vez parezca sencillo, pero no está de más repetirlo: dormir, sentir gratitud y ayudar a otras personas son actividades esenciales para ser felices a largo plazo. (Andrea Chronopoulos/The New York Times)
Tal vez parezca sencillo, pero no está de más repetirlo: dormir, sentir gratitud y ayudar a otras personas son actividades esenciales para ser felices a largo plazo. (Andrea Chronopoulos/The New York Times)

La clase de la felicidad en Yale, oficialmente llamada Psicología 157: La psicología y la buena vida, es una de las clases más populares que se han ofrecido en los 320 años de historia de la universidad.

La clase solo se dio en persona una vez, durante el semestre de la primavera de 2018, como una serie de conferencias para 1,200 personas en el espacio más grande del campus.

En marzo de ese año, una versión gratuita de 10 semanas estuvo disponible al público en general a través de Coursera con el título “La ciencia del bienestar”; esta también se volvió popular al instante y atrajo a cientos de estudiantes cibernéticos. Pero cuando comenzaron los confinamientos dos años después, a finales de marzo, la cifra de estudiantes inscritos se disparó. A la fecha, más de 3,3 millones de personas lo han tomado, de acuerdo con el sitio web.

“Octuplicamos el número de personas que toman la clase”, dijo Laurie Santos, profesora de psicología en Yale y directora de Silliman College, en la misma universidad, sobre la popularidad del curso durante la pandemia.

“Todos saben lo que deben hacer para proteger su salud física: lavarse las manos, mantener una sana distancia y usar cubrebocas”, añadió. “La gente no sabía bien qué hacer para proteger su salud mental”.

El plan de estudios de Coursera, adaptado del que usó Santos para sus clases en Yale, les pide a los alumnos que, entre otras cosas, hagan un registro de sus patrones de sueño, tengan un diario de gratitud, realicen actos aleatorios de bondad y tomen nota de si con el tiempo estos comportamientos se correlacionan con un cambio positivo en su humor en general.

Laurie Santos, profesora de psicología de la Universidad de Yale, a la izquierda, habla con unos estudiantes después de una sesión de su clase en la Universidad de Yale en New Haven, Connecticut, el 25 de enero de 2018. (Monica Jorge/The New York Times)
Laurie Santos, profesora de psicología de la Universidad de Yale, a la izquierda, habla con unos estudiantes después de una sesión de su clase en la Universidad de Yale en New Haven, Connecticut, el 25 de enero de 2018. (Monica Jorge/The New York Times)

Gretchen McIntire, de 34 años, auxiliar sanitaria a domicilio en Massachusetts, está estudiando la licenciatura en Psicología a través de un programa en línea de la Universidad Southern New Hampshire. En su tiempo libre durante el confinamiento en agosto, McIntire tomó la clase. Dijo que le “cambió la vida”.

El aspecto práctico del plan de estudios de Coursera le atrajo a McIntire, quien a los 23 años supo que tenía el síndrome de Asperger. Siempre fue noctámbula y había tenido dificultades para dormir y apegarse a sus horarios.

“A veces es difícil imponerte estos límites y decir: ‘Sé que este libro es muy emocionante, pero puede esperar a mañana, dormir es más importante’”, dijo. “Eso es la disciplina, ¿cierto? Pero nunca lo había hecho de esa manera, como: ‘Te va a hacer más feliz, no es solo que sea bueno para ti; de verdad te va a hacer más feliz’”.

Tracy Morgan, supervisora de programación en el Complejo de Recreación Bob Snodgrass en High River, Alberta, Canadá, se inscribió a la clase en junio pasado mientras estaba en confinamiento con sus hijos y esposo.

“No hay razón por la que no deba ser feliz”, dijo. “Tengo un matrimonio maravilloso. Tengo dos hijos. Tengo un buen empleo y una casa linda. Pero nunca lograba encontrar la felicidad”.

Desde que tomó el curso, Morgan, de 52 años, se ha comprometido a hacer tres cosas todos los días: hacer yoga durante una hora, salir a caminar al aire libre sin importar cuánto frío haga en Alberta y escribir de tres a cinco entradas en su diario de la gratitud antes de ir a dormir.

“Cuando empiezas a escribir esas cosas al final del día, solo piensas en ellas en esos momentos, pero en cuanto lo vuelves parte de tu rutina, empiezas a pensar en ellas todo el día”, comentó.

Además, algunos estudios muestran que encontrar razones para sentir gratitud puede aumentar el bienestar en general.

Ewa Szypula, de 37 años, catedrática de estudios francófonos en la Universidad de Nottingham en el Reino Unido, dijo que ha tenido interés en las técnicas de automejora desde que estudiaba el doctorado hace unos años. “En algún momento del segundo o tercer año, sí te sientes un poco desgastada y necesitas estrategias para lidiar con eso”, explicó.

Un estudio pequeño del curso de Santos que la impresionó se trataba de una encuesta a 632 estadounidenses en las que los participantes debían predecir cuán felices serían si les daban 5 dólares para gastarlos en ellos mismos en comparación de si se los daban para gastarlos en alguien más. En el estudio, la gente predijo que sería más feliz si podía quedarse con el dinero. Pero los participantes reportaron de manera consistente que gastar el dinero en alguien más les había dado mayor satisfacción.

Szypula tuvo la oportunidad de combinar esta sabiduría recién adquirida con un experimento práctico que llevó a cabo en el cumpleaños de su hermana. En lugar de quedarse con un vestido costoso que había comprado, se lo dio a su hermana.

“Sigo sintiendo esa felicidad unos meses después”, expresó.

No todos los estudiantes que han tomado el curso sintieron un cambio transformador. Matt Nadel, de 21 años de edad y en el último año de la carrera en Yale, estaba entre los 1,200 estudiantes que tomaron la clase presencial en 2018. Dijo que le costó trabajo acostumbrarse a las exigencias de Yale cuando entró a la universidad en el otoño de 2017.

“Estaba estresado y no sabía bien cómo manejarlo”, dijo.

Nadel dijo que se sintió decepcionado de que la clase fuera una especie de resumen de los consejos buenos pero obvios que te da tu abuela. Duerme bien, toma agua, haz lo mejor que puedas.

“Ya sabía que dormir es bueno. Sabía que para la felicidad a largo plazo mis calificaciones no importaban, que no iba a ser una persona más feliz y mejor si tenía buenas notas”, dijo. “¿La clase impactó mi vida de una manera tangible y a largo plazo? La respuesta es no”.

Si bien la clase no fue transformadora para él, Nadel dijo que ahora es más expresivo cuando siente gratitud. “Lo cual es genial”, opinó. “Pero eso es todo”.

Kezie Nwachukwu, de 22 años, también tomó la clase en Yale. A él tampoco le pareció revolucionaria, según dijo, pero sí ha logrado encontrar algo valioso en el programa.

Nwachukwu, quien se identifica como cristiano, dijo que lo más significativo que aprendió es sobre la importancia de la fe y la comunidad para la felicidad.

“Creo que tenía dificultades para conciliarme con mi religión e interrogarla en términos intelectuales”, afirmó. “También para reconocer que simplemente me gusta mucho estar con esta comunidad que yo creo que me convirtió en la persona que soy”.

¿Transformadora? No. Pero comentó que sin duda lo hizo sentirse más positivo respecto a su vida .

“La clase me ayudó a ser más seguro y estar cómodo con mis creencias religiosas preexistentes”, agregó Nwachukwu.

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This article originally appeared in The New York Times.

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