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Annia Hatch, la gimnasta extraordinaria que Cuba menospreció y alcanzó la gloria olímpica con EEUU

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La carrera de Annia Hatch, la gimnasta cubana más relevante de todos los tiempos y medallista olímpica de Estados Unidos, parecía condenada al fracaso. Superó el rechazo inicial de la escuela de gimnasia, lesiones, acoso escolar y racismo, e incluso se convirtió en otra manzana de la discordia entre La Habana y Washington. Pero nada pudo frenar el empuje de esta atleta extraordinaria.

En 1996, cuando estaba en la cima de su carrera, las autoridades deportivas de la isla no le permitieron competir en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Y tras la mayor desilusión de su vida deportiva, Annia se casó y emigró a Estados Unidos, donde rehizo su vida y luego de un retiro de media década logró convertirse en doble medallista olímpica a la inusual edad de 26 años. 

En 2008, su nombre fue inscrito en el Hall de la Fama de Gimnasia de EEUU.

Annia Hatch. (Photo by Jason Squires/Getty Images)
Annia Hatch. (Photo by Jason Squires/Getty Images)

Hoy, con 42 años y dos hijos pequeños, Annia se mantiene activa como entrenadora. En plena crisis del covid-19 impartió clases virtuales desde su casa en Long Island, Nueva York, y se integró a PyL, una liga profesional de gimnasia fundada por Yin Alvarez, exentrenador del gimnasta y medallista olímpico cubanoamericano Danell Leyva. La organización busca darles una oportunidad profesional a los atletas luego de que hayan terminado su ciclo competitivo anual.

Annia, quien no ha regresado a Cuba en 21 años, vive inmersa en un mundo angloparlante y a menudo no halla la palabra precisa en su lengua materna. Parca de palabras pero expresiva, la atleta cubanoamericana conversó telefónicamente durante varias horas con Yahoo Deportes sobre su experiencia en Cuba y Estados Unidos, y los retos que enfrenta una gimnasta olímpica.

El racismo que desafió con tenacidad y talento

Desde niña, a Annia -quien en Cuba es conocida por su apellido de soltera, Portuondo- le gustaba la actividad física. Nació en la oriental provincia de Guantánamo, pero se mudó con su madre María Soto a La Habana muy pequeña. A los cuatro años fue captada para practicar gimnasia. Dos años después, la rechazaron cuando intentó ingresar en la Escuela Nacional.

"La primera vez que hice la prueba no me aceptaron, no porque no fuera buena, sino porque mi físico no era lo que estaban buscando. A los 6 años creían que tenía mucho músculo, muchas nalgas, y que los pies eran planos… Después de unos días decidieron hacerme otra prueba -no sé por qué cambiaron de idea- y entonces entré", comentó.

Annia Hatch cuando era niña en Cuba. (Cortesía de la atleta)
Annia Hatch cuando era niña en Cuba. (Cortesía de la atleta)

Annia sobresaldría muy pronto, no solo por su excelente desempeño, sino porque en la década de 1980 era una de las pocas gimnastas negras de Cuba, un país donde gran parte de la población es mestiza.

"Tenían en mente a las rusas, la línea estirada, sin muchos músculos, y sí hubo racismo en ese tiempo, porque la mentalidad era que ellas eran las que iban a ser mejores internacionalmente. La Escuela Nacional en ese tiempo tenía muchas necesidades y no querían gastar dinero en una persona que ellos creían que 'no iba a dar la talla' para representar a Cuba, como se decía en esa época, pero les demostré lo contrario. Cambié eso y después sí empezaron a creer que a las gimnastas negras podían hacerlo bien y captaron más atletas negras y mestizas", afirmó.

Pero el racismo no fue el único obstáculo. Tras sufrir una lesión a los 7 años, estuvo a punto de ser separada de la Escuela Nacional de Gimnasia. La intervención de un entrenador, René Sansón, quien la acompañaría durante el resto de su carrera en la isla, lo impidió.  

"Él tuvo que firmar un papel para que no me sacaran de la escuela; él creía que yo podía ser gimnasta, pero nadie más me quería entrenar en ese momento". Ese gesto de Sansón fue "una suerte y una bendición".

Annia también recuerda con agradecimiento a Teresa Oliva, quien fue la jefa técnica en la Escuela Nacional de Gimnasia -la Marta Karolyi de Cuba-, ella misma negra, quien la apoyó para que pudiera ir a las competencias internacionales.

La atleta cubana estuvo en régimen interno en la Escuela Nacional de Gimnasia desde los 6 hasta los 13 años. Ese sistema tenía la ventaja de aliviar los problemas crónicos de transporte del país para los deportistas de alto rendimiento, pero para Annia representó otros más, en un ambiente de por sí competitivo.

"No me gustaba la escuela, en realidad no tenía muchas amistades, siempre estaba triste y cuando ya pude preferí hacer el sacrificio de irme para la casa y poder dormir tranquila. Sufrí muchísimo 'bullying'. Empezó con las niñas burlándose de mi pelo, de que no me sabía peinar -tenía 6 años y no sabía-, luego de que no era buena en la gimnasia, y cuando era buena, que no tenía que entrenar porque de todos modos iba a ganar. Nunca tuve muchas amistades por eso, porque me hacían mucho 'bullying'", recordó.

Annia Hatch con el uniforme del equipo Cuba. (Cortesía de la atleta)
Annia Hatch con el uniforme del equipo Cuba. (Cortesía de la atleta)

La primera competencia internacional

"Yo tenía 9 años, fue en Argentina, y gané dos medallas de plata, en libre y en salto. A partir de ese momento, sí empezaron a darme valor como gimnasta.

Fui a muchas competencias en Europa, tuve la oportunidad de competir a los 10 años con Tatiana Gutsu, oro en las Olimpiadas de Barcelona en 1992. Ella ganó el primer lugar en libre y yo segundo en una de esas competencias.

Cuando vine al Panamericano Infantil de Estados Unidos con 12 años, en 1990, pude ver a Dominic Dawes (EEUU), quien ganó la división senior y yo la junior.

En el primer Mundial al que fui quedé en el décimo lugar, con un cuarto en paralelas, pero empecé poco a poco a colocar mi nombre internacionalmente".

Los sacrificios de entrenar en Cuba

"Las condiciones eran muy limitadas, desde no tener un auto para ir a entrenar; en una época iba en bicicleta a los entrenamientos y tardaba 45 minutos y hasta una hora para llegar al centro de entrenamiento. Ya llegaba cansada. A veces me iban a recoger, a veces no; terminaba el entrenamiento como a las 9:30 PM y llegaba a la casa a las 10, me acostaba a las 11:30 PM y me levantaba de nuevo como a las 5 de la mañana y empezaba de nuevo el día.

A eso de los 12 años, cuando ya había ganado competencias en dos Juegos Centroamericanos -en el primero seis medallas de oro y en el segundo cinco de oro y una de bronce- y me dieron un apartamento porque no tenía una situación de vivienda adecuada. 

Mi entrenador había hablado mucho de mis condiciones de vida en el Instituto Nacional de Deportes, que rige la política hacia los atletas en la isla. Desde que llegamos a La Habana vivía en un solar (casa antigua de varias habitaciones donde conviven diferentes familias). La parte delantera se estaba cayendo y cuando mi entrenador venía miraba para el techo y se asustaba. Viví en esa casa desde los 2 hasta los 12 años. Finalmente me dieron un apartamento".

Annia en competencia. (Cortesía de la atleta)
Annia en competencia. (Cortesía de la atleta)

El golpe que truncó la carrera de una estrella

Annia fue la primera latinoamericana en ganar una medalla en un campeonato mundial de gimnasia, en Puerto Rico, en 1996. "Fue emocionante. Ningún gimnasta de la región -ni hombre ni mujer- había obtenido una medalla hasta que gané bronce en caballo de salto. Me dieron una placa y hasta le dieron dinero al gobierno cubano por el récord de ser la primera latinoamericana en obtener una medalla de un mundial. La Federación Internacional de Gimnasia (FIG) me dio wild card para que pudiera ir a los Juegos Olímpicos de Atlanta".

Sin embargo, las autoridades deportivas de la isla le negaron esa posibilidad, y decidieron financiar solamente el viaje del equipo masculino de gimnasia.

"Yo estaba todavía en Puerto Rico, después del mundial, y mi entrenador empezó a llamar al INDER (Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación) y a preguntar qué posibilidades había de que yo fuera a las Olimpiadas y no dieron ninguna respuesta concreta. Él se dio cuenta de que no me iban a llevar y decidió quedarse a vivir en Puerto Rico, porque pensaba que no tendría una mejor oportunidad para quedarse en Estados Unidos.

Cuando llegué [a Cuba] pensé que a lo mejor iban a cambiar de opinión, y tampoco me hablaron claro, porque no querían que yo me retirara por un tiempo. Estuve activa un año más, fui al campeonato nacional y al torneo Guillermo Moncada. También sentía que el cuerpo y la mente la tenía atrofiada en ese momento, estaba desanimada porque mi único entrenador ya no estaba, ya no confiaba en muchos profesores y temía lesionarme.

Me retiré oficialmente en 1997 en un acto nacional, con un trofeo, una placa, todo televisado. Mi decisión de retirarme también estuvo influida porque para competir en el mundial pasé tres meses en Puerto Rico y cuando regresé ya estaba en el período de pruebas de 12 grado y en Cuba no te dejan ni respirar, y tenía que hacer enseguida los exámenes para ingresar a la universidad.

Yo no aprobé y no me dieron otro chance de repetir las pruebas. Si yo estoy compitiendo y representando el país, ¿cómo no me vas a dar la oportunidad de prepararme para la universidad? Me dijeron, "o lo haces ahora o te quedas fuera y a lo mejor no puedes entrar a la universidad". Y como no aprobé, tenía que esperar dos años para ver si podía entrar a la universidad a estudiar Licenciatura en Cultura Física. Eso me enojó mucho, porque sentí que había hecho mucho como atleta por el país y no me dieron la oportunidad para yo poder ser profesora de gimnasia -para lo cual tenía que ser licenciada en Cultura Física-. Me hubiera gustado haber sido profesora allá.

Empecé a hacer trámites para estudiar Historia del Arte, pero ya me había decidido a casarme e irme".

Annia Hatch en Estados Unidos. (Cortesía de la atleta)
Annia Hatch en Estados Unidos. (Cortesía de la atleta)

El regreso al deporte en Estados Unidos

Annia se casó con Alan Hatch, un entrenador y exgimnasta estadounidense con quien mantuvo una relación en secreto durante parte del tiempo que estuvo en Cuba. En 1999, la joven llegó a Estados Unidos y comenzó a estudiar diseño de moda a la par que entrenaba a jóvenes atletas en el gimnasio que tenía con su entonces esposo.

Inicialmente pensó en competir en las Olimpiadas de Sídney 2000, pero las autoridades cubanas, que debían dar su autorización para que la atleta representara a otro país, se lo prohibieron, a pesar de que el expresidente Jimmy Carter intercedió ante el propio Fidel Castro a pedido de la Federación Internacional de Gimnasia (FIG).

"Cuba quería que yo no compitiera nunca más. Alegaron que yo no me había retirado oficialmente y yo les demostré que sí me había retirado. Tenía el video que traje conmigo de la ceremonia, donde se vio que estaban mintiendo, que todo estaba en orden, que yo me había retirado y que el contrato que yo firmé con la Federación Nacional de Gimnasia fue cuando era menor de edad y ya no era válido porque mi madre no lo había firmado entonces. Carter intervino a pedido de la FIG y después de alrededor de un año sí me permitieron competir. Era ciudadana estadounidense y no pudieron poner más trabas.

El primer año fue duro, pero enseguida que empezamos a luchar y no aceptamos el primer no, y presentamos los documentos para contrarrestar lo que decían de Cuba. Aunque allí nunca aceptaron la decisión, pero Cuba no tiene poder sobre las decisiones de la FIG. Yo no me preocupé más cuando me dijeron [de FIG] 'no te preocupes, que si tienes los requisitos la FIG te va aceptar".

Annia Hatch/Getty Images
Annia Hatch/Getty Images

Annia decidió volver a competir cuando supo que su antigua compañera de equipo en Cuba, Leyanet González, salió del retiro a los 22 años, después de ser madre.

"Me emocionó eso, porque me dije, wow, después de tantos años…retirarse y volver a empezar, pensé que quizás yo también podría hacerlo. Empecé a entrenar de nuevo en el 2000. Me tomó como seis meses volver a estar en forma para competir, los más difíciles fueron los tres primeros, solo de preparación física. No quería empezar y lesionarme.

El siguiente paso era clasificar para el equipo nacional estadounidense. Aunque en la primera competencia no me fue bien, logré el cuarto lugar en un campeonato nacional y con ello el derecho a asistir al campamento de entrenamiento dirigido por Marta Karolyi [entonces coordinadora del equipo nacional de gimnasia de Estados Unidos].

Con Marta era muy intenso, demasiado estresante. Uno no se podía sentar; una vez fui y estaba enferma y empecé a toser, y Marta me habló como si toser fuera una cosa prohibida y entonces pensé, wow, esto es peor que el ejército. Si uno puede estar preparado mentalmente para eso no tenía problema, te ayudaban, pero si no, enseguida te sacaban. Yo sobreviví porque todas las dificultades que había pasado en Cuba me ayudaron, ya que comparado con aquello no era tan difícil. Por ejemplo, todas las niñas acá se quejaban del sistema de acomodamiento, de las condiciones, y yo decía, pero si esto está buenísimo. En Cuba a veces me acostaba y no tenía nada para comer, o muy poco; no fue fácil".

La clasificación para las Olimpiadas y la realización de un sueño

"¡Me llamaron de última! Me cogió de sorpresa, yo era la extranjera del sistema y la mayor, como la abuela del equipo y de todas las gimnastas en las Olimpiadas en ese tiempo, y me permitieron participar porque sabían que iba a ser una ayuda para el equipo. Ahora competir con esa edad es normal".

Pero llegar a Atenas fue más duro de lo que Annia jamás imaginó. Poco antes de las Olimpiadas sufrió una lesión severa del ligamento cruzado anterior de la rodilla (ACL por sus siglas en inglés), y los médicos no le aseguraban que volvería a entrenar. 

Annia Hatch en Atenas. (Photo by Chris McGrath/Getty Images)
Annia Hatch en Atenas. (Photo by Chris McGrath/Getty Images)

"De verdad pensé que no volvería a ser gimnasta de nuevo, porque fue una lesión grave y los doctores estaban preocupados, porque no se sabía si la rodilla iba a estar estable -usualmente uno demora de 8 a 10 meses para uno recuperarse al 100%-. Me tomó como cuatro meses recuperarme.

En el primer día de competencias de las Olimpiadas, porque clasifiqué para la final de última, Marta Karolyi creyó que no iba a lograr la medalla. Me dijo en mi cara 'Ah, Annia you blew it' (Ah, Annia, lo echaste a perder). No fallé pero tampoco hice un salto bueno. Me fui y oré muchísimo esa noche pidiéndole a Dios que me dejara ir a las finales. Llegué como sexta.

En la final hice un salto menos de los que hubiera podido hacer para ser capaz de terminar. Logré la medalla de plata, aunque inicialmente creí que incluso podía haber logrado el oro, pero no estaba preparada para ver a la rumana Monica Roșu hacer un salto más difícil que el mío y como estaba preocupada por la rodilla no me esforcé más".

Annia Hatch celebra en el podio su medalla de plata en Atenas 2004. (ADRIAN DENNIS/AFP via Getty Images)
Annia Hatch celebra en el podio su medalla de plata en Atenas 2004. (ADRIAN DENNIS/AFP via Getty Images)

Para Annia, lo más valioso que le dio la gimnasia fue "la tenacidad de cómo uno enfrenta la vida y puede en cualquier situación enfrentar un problema, la disciplina de qué es lo que hay que hacer y que uno no se puede frustrar porque siempre habrá obstáculos, pero tiene que saber cómo salir adelante. Más que ganar, cómo es que uno llega es más importante; eso me ha ayudado mucho ahora para criar a mis hijos".

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