La angustia sexual del sospechoso de Atlanta es una espina dolorosa y familiar para los evangélicos

Ruth Graham
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Cynthia Shi y su novio Graham Bloomsmith se abrazan frente al Gold Spa ubicado cerca de Acworth, Georgia, el 18 de marzo de 2021. Este fue uno de los tres negocios de masajes donde un atacante asesinó a ocho personas y dejó a otra herida el 16 de marzo. (Chang W. Lee/The New York Times)
Cynthia Shi y su novio Graham Bloomsmith se abrazan frente al Gold Spa ubicado cerca de Acworth, Georgia, el 18 de marzo de 2021. Este fue uno de los tres negocios de masajes donde un atacante asesinó a ocho personas y dejó a otra herida el 16 de marzo. (Chang W. Lee/The New York Times)
La Primera Iglesia Bautista Crabapple, donde el sospechoso de las masacres en Atlanta, Robert Aaron Long, era miembro activo, en Milton, Georgia, el 17 de marzo de 2021. (Nicole Craine/The New York Times)
La Primera Iglesia Bautista Crabapple, donde el sospechoso de las masacres en Atlanta, Robert Aaron Long, era miembro activo, en Milton, Georgia, el 17 de marzo de 2021. (Nicole Craine/The New York Times)

Cuando Brad Onishi escuchó que el hombre acusado de la masacre en tres espás de Atlanta les dijo a los detectives que los ataques fueron una manera de eliminar sus propias tentaciones, la afirmación le sonó dolorosamente familiar.

Onishi, quien creció en una rígida comunidad evangélica en el sur de California que enfatizaba la pureza sexual, había pasado su adolescencia rompiendo cualquier anuncio en revistas de surf que mostrara a mujeres en bikini. Había intercambiado contraseñas en línea con amigos para no poder ocultar nada.

“Teníamos una vigilancia militante: no dejes nada en casa que te tiente a nivel sexual”, recordó Onishi, quien en la actualidad es profesor asociado de estudios religiosos en Skidmore College.

La cultura evangélica en la que fue criado, dijo, “le enseña a las mujeres a odiar sus cuerpos por ser una fuente de tentación, y le enseña a los hombres a odiar sus mentes por llevarlos a la lujuria y la inmoralidad sexual”.

Robert Aaron Long, el sospechoso de las masacres que dejaron un saldo de ocho muertos, le dijo a la policía la semana pasada que tenía una “adicción sexual”, y que había sido cliente de dos de los espás que atacó. Estaba tan decidido a evitar la pornografía que bloqueó varios sitios web en su computadora y buscó ayuda en una clínica de rehabilitación cristiana. Un excompañero de cuarto afirmó que a Long le angustiaba la posibilidad de “perder la gracia de Dios”.

Cuando Long, de 21 años, fue arrestado el 16 de marzo mientras se dirigía a Florida, les dijo a los oficiales que había planeado llevar a cabo otro ataque en un negocio vinculado con la industria de la pornografía, según la policía.

Muchas personas vieron claras señales de misoginia y racismo en los ataques, en los que seis de las víctimas fueron mujeres de ascendencia asiática.

Sin embargo, la caracterización que hizo Long de sus motivaciones también fue muy reconocible para los observadores del evangelismo y para algunos evangélicos. Parecía haber tenido una obsesión por la tentación sexual, una que puede generarle desesperación a las personas que creen que no están cumpliendo con el ideal de abstenerse del sexo e incluso de la lujuria fuera del matrimonio heterosexual.

La lucha contra la pornografía y el deseo sexual inapropiado es un tema permanente dentro del evangelismo conservador contemporáneo. En las iglesias, los hombres se asocian en “grupos de rendición de cuentas” para vigilarse unos a otros y evitar la tentación sexual y otros peligros morales. Otros usan “software de rendición de cuentas” como Covenant Eyes, el cual monitorea la actividad en pantalla y envía informes sobre el uso de pornografía a un “aliado” designado. Existen incontables libros que prometen estrategias prácticas y espirituales para deshacerse del hábito.

Históricamente, algunos líderes evangélicos también han trazado una línea directa entre la pornografía y la violencia. James Dobson, el influyente fundador de Enfoque a la Familia, grabó una entrevista en video con Ted Bundy el día anterior a la ejecución del asesino serial en 1989. El mensaje de Bundy fue que la “adicción” a la pornografía había alimentado sus crímenes.

“¡Qué tragedia!”, escribió Dobson más tarde, al referirse a la violencia de Bundy. “Existe al menos la posibilidad de que esto no hubiera ocurrido si ese niño de 13 años nunca se hubiera tropezado con revistas pornográficas en un basurero”.

En las últimas décadas, muchos líderes evangélicos conservadores y sus iglesias han comenzado a hablar con mayor franqueza sobre sexo.

“Se habla de manera muy abierta de que Dios creó la sexualidad, que no es algo de lo que hay que avergonzarse y que Dios la hizo para sus propósitos”, dijo Anson McMahon, un pastor en Buford, Georgia, quien fue orador invitado en varios viajes de verano para jóvenes a principios de la década de 2000 en la iglesia bautista a la que luego asistió Long.

Pero si bien las conversaciones sobre temas sexuales se han vuelto más francas, el mensaje de que el sexo está reservado para las parejas casadas heterosexuales no ha cambiado.

Muchos cristianos remontan su condena a la pornografía al mismo Jesús.

“Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”, se le cita en el Evangelio de Mateo.

Para los protestantes en particular, cuya fe prioriza las creencias internas y actitudes espirituales correctas, ese pasaje ha contribuido a una visión del mundo en la que los pensamientos sexuales inapropiados son tan pecaminosos como las malas acciones.

En esta visión, el problema con la pornografía es la manera en la que afecta la mente y el corazón de la persona.

“La masturbación en sí misma, es un acto biológico”, afirmó Heath Lambert, pastor líder de la Primera Iglesia Bautista de Jacksonville, Florida, y autor de un libro para hombres evangélicos que luchan contra el uso de la pornografía. “Lo que está mal es la lujuria, lo que pasa en mi corazón”.

Los ataques en los espás violaron todas las enseñanzas de la iglesia, dijo Lambert, quien piensa que la evidente raíz de la violencia fue la pornografía que el atacante acusado “estaba consumiendo y tratando de evitar”.

Según Samuel Perry, sociólogo de la Universidad de Oklahoma que ha investigado el papel de la pornografía en la vida de los protestantes conservadores, los evangélicos blancos no consumen más pornografía que otros grupos demográficos. De hecho, los evangélicos blancos que asisten de manera regular a la iglesia ven menos pornografía que la población general.

Sin embargo, reportan tener significativamente más angustia en torno a la práctica. Cerca del 30 por ciento de los blancos evangélicos afirman que se sienten deprimidos luego de consumir pornografía, en comparación con el 8,6 por ciento de los protestantes liberales blancos y el 19 por ciento de los católicos blancos, según una encuesta que Perry codesarrolló en febrero como parte de la Public Discourse and Ethics Survey. Los evangélicos blancos también son bastante más propensos a reportar ser “adictos” a la pornografía.

Para algunos con experiencia en la cultura juvenil evangélica, la fijación de Long por la tentación sexual es un recordatorio de la existencia de una estrategia dañina para enseñarle a los jóvenes a abordar la sexualidad.

“Presenta una visión muy degradante de la virilidad”, dijo Rachael Denhollander, una abogada evangélica de víctimas de abuso sexual. “Cada vez que le enseñas a una mujer, en presencia de un hombre joven, que es su responsabilidad evitar que el hombre experimente lujuria, y que ella tiene el poder de alejarlo de la perversión sexual con su ropa y acciones, lo que él escucha es que ella es la culpable”.

Jeff Chu, un escritor de Míchigan, asistió a una escuela secundaria y preparatoria evangélica que, al igual que muchas escuelas similares, imponían reglas estrictas sobre el largo de las faldas de las chicas, con el objetivo de fomentar el pudor.

“Rara vez se trataba de que los hombres controlaran sus propios deseos y por lo general se centraba en el hecho de que las mujeres no fueran tentadoras”, recuerda Chu. “Muchos de nosotros, que no encajamos dentro de las normas de esa cultura, ya sean mujeres o personas queer, siempre somos vistos como el problema”.

Y aunque la policía dijo que Long había asegurado que no tenía motivaciones raciales, algunos vieron una conexión entre las concepciones sexuales rígidas y la violencia contra las mujeres asiáticas en particular.

“La cultura de la pureza les enseña a los jóvenes a ver a las mujeres jóvenes que no se esfuerzan en mantener la modestia como fuerzas siniestras”, dijo Onishi. “Es difícil no pensar en el hecho de que las mujeres asiáticas han sido sexualizadas y configuradas para ser vistas a través de un lente que las muestra como un otro exótico sexualmente deseable”.

A pesar de las preocupaciones del evangelismo por la moralidad sexual individual, las fallas de sus líderes son tan numerosas que se han convertido en cliché. En el ejemplo más reciente de alto perfil, Ravi Zacharias International Ministries anunció el mes pasado que su fundador epónimo había tenido un patrón de manosear y mostrarle sus genitales a masajistas, entre otras conductas sexuales inapropiadas. Zacharias, quien falleció en 2020, fue dueño de dos espás diurnos en Atlanta.

Long buscó tratamiento para lo que le describió a la policía como una “adicción al sexo” en HopeQuest, un centro de tratamiento evangélico en Acworth, Georgia, la ciudad donde tuvo lugar uno de los ataques. El centro promociona sus tratamientos de “adicción al sexo” y “adicción a la pornografía”, además de los de drogas, alcohol y juegos de azar. El centro enumera algunas señales de la adicción al sexo, como “violar las creencias o valores personales en el comportamiento, lo cual resulta en una angustia emocional extrema y sentimientos de culpa y vergüenza”.

El lenguaje de la adicción se usa a menudo en los círculos evangélicos para describir a alguien que consume pornografía o se involucra en otros comportamientos sexuales que violan sus propios valores, pero que no necesariamente alcanza el nivel de adicción clínica, dijo Perry.

La “adicción al sexo” no es un diagnóstico psiquiátrico establecido, y existe un debate en la comunidad de la salud mental acerca de cómo definir y tratar el comportamiento sexual compulsivo.

“No existe un tratamiento con base empírica para la adicción al sexo”, afirmó Joshua Grubbs, profesor asistente de psicología en la Universidad Estatal Bowling Green y psicólogo clínico.

El tratamiento evangélico de la adicción al sexo tiende a enfocarse en la abstinencia total de cualquier comportamiento sexual fuera del matrimonio heterosexual.

“No consideran el hecho de que los humanos son criaturas con impulsos sexuales”, dijo Grubbs.

Long y su familia fueron miembros activos de la Primera Iglesia Bautista Crabapple en Milton, Georgia, la cual está afiliada a la Convención Bautista del Sur. En el grupo juvenil de la iglesia para estudiantes de secundaria, Long era “uno de esos jóvenes principales involucrados en todo lo que hacíamos”, dijo Brett Cottrell, un expastor de jóvenes y misionarios de la iglesia.

La iglesia, que rechazó una solicitud de entrevista con sus líderes, emitió un comunicado el 19 de marzo condenando la violencia en los espás de Atlanta así como las “razones declaradas por el sospechoso para cometer este plan malvado”.

La iglesia también enfatizó que el único culpable por sus acciones era el atacante.

“Las mujeres a las que les pagó para actos sexuales no son responsables de sus perversos deseos sexuales ni tienen ninguna culpa en estos asesinatos”, afirmó la iglesia. “Estas acciones son el resultado de un corazón pecador y una mente depravada”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company