Andrés de Luna: un moralista contemporáneo

Por José María Espinasa

[¿Cómo describir literariamente con exactitud a Andrés de Luna, habitante perenne de la Ciudad de México aunque nacido en Tampico en 1955? Es la ardua pretensión de este ensayo escrito por el poeta José María Espinasa, director del Museo de la Ciudad de México, a través de la lectura de uno de los libros recientes de De Luna, autor entregado al estudio, sobre todo, del erotismo y cómo ejerce su influencia o es proyectado en las capas sociales…]

 

Llevo mucho tiempo leyendo los textos que Andrés de Luna escribe, unos 40 años, toda una vida como se dice en las conversaciones de sobremesa. A lo largo de esos años hemos sido también amigos, que no son dos cosas que necesariamente sucedan de forma conjunta.

      Desde los años en que ambos hacíamos crítica de cine me ha llamado la atención su condición heterodoxa en el contexto mexicano. Su primer libro fue sobre la Revolución Mexicana en su representación cinematográfica. En la presentación, junto a mí, había un par de guaruras armados que a la media hora se miraban desconcertados, como si alguien los hubiera engañando. Supe después que pertenecían al entonces servicio secreto de Gobernación que vigilaba todo acto donde apareciera la palabra revolución. He fantaseado con que a esos guaruras aquella presentación les haya cambiado la vida y se volvieran aficionados al cine.

      Su filiación europeísta lo llevaba a conocer lo más vanguardista del arte europeo y a buscar las provocaciones más insólitas. Cuando yo descubría alguna película y se la comentaba, él ya la había visto. Gracias a él cometí el error de buscar un cine extraño en Nueva York y asistir a un programa triple de películas de John Waters y solazarme con la belleza de Divine. Pero a pesar de esa continuidad de la lectura de sus textos nunca he tenido claro cómo definirlo. La palabra crítico no lo describe bien. Lo es, pero no de la manera tradicional. Sabe, por ejemplo, manejar ese conocimiento sin duda pedante, con gracia que le quita el dejo superior del iniciado en ciertos misterios, pero que no renuncia al papel del maestro zen.

      Sus crónicas cinematográficas le dieron un conocimiento del oficio que luego desarrollaría en vertientes llamativas. Por ejemplo, travestido en filósofo alemán se dedicó a reflexionar sobre el erotismo y se interesó también en las artes plásticas y en el arte culinario. Pero esto no lo hace extraño sino más bien prototípico. Teniendo una fama bien ganada como profesor, nunca ha caído en el aburrimiento de escribir como académico. Si sobre el cine lo sabía todo, sobre la cocina no sabía nada: se basaba en su gusto, en el disfrute del contexto y de la situación, lo que sin duda para el tema era una virtud. Supo apreciar los matices de la nueva cocina, pero rechazaba la racanería del menú de degustación. La cocina es el arte que tiende cuerpos entre lo abstracto y lo concreto.

      No obstante el prestigio que ganó con sus publicaciones semanales, sus búsquedas como escritor no se conformaron con lo adquirido, sino buscó con paciencia su tono propio. Las historias y análisis sobre sus temas predilectos —el cine, el erotismo— dejaron el lugar a ficciones, pequeñas fábulas, que con el tono de una crónica periodística o de una confesión privada, de un chisme sabroso —ese famoso cotilleo— o una anécdota de esas que los italianos califican así: si non e vero e ven trovata, que se vuelven un placer para el lector. No sé si alguna vez escribirá una novela, pero estos libros de relatos y fábulas —no es adecuado llamarlos cuentos por lo que argumentaré después— le marcan un ritmo muy propio de su personalidad, con la chispa y tono precisos.

 

Crueldad enternecida

Como dije al principio, nunca he sabido del todo cómo ubicarlo como escritor. Hoy ensayaré una posible respuesta a partir de En un día claro se ve la noche.

      Andrés de Luna, tan dado a relatarnos transgresiones, es un moralista. No digo que paradójicamente es un moralista, porque no hay paradoja. El gran momento de la literatura moral en el siglo XVIII desembocó en las obras del Marqués de Sade y Choderlos de Laclos, aunque Andrés tiene más que ver con Joseph Joubert. De Luna es un moralista porque ve al ser humano con distancia pero con afecto, con algo que quisiera llamar crueldad enternecida. Las pulsiones sexuales que nos hacen perder el control y la paciencia son vistas como si fueran un rasgo fisionómico, el color de los ojos o el brillo de una sonrisa, Orson Welles vuelto Neptuno tonante en las playas de Río o un gris pareja de oficinistas aficionados a las prácticas swinger, son vistos con la misma contemplativa mirada crítica, en sus bajas pasiones, su impotencia y el cumplimiento de sus sueños lúbricos más elementales, aunque por definición lo lúbrico no puede ser elemental, o —al menos— no debería.

      Así, De Luna vuelve intensos sus textos gracias a un sabio manejo referencial. El lector conoce la parte menos heroica de Dickens o las debilidades sadomasoquistas de una actriz. Para nadie es ya una sorpresa que el terreno del sexo sea un escenario de juegos de poder y una teatralización del deseo. De allí, por ejemplo, el placer del mirón (voyeur, diría Andrés) o la satisfacción del exhibicionista, y el poco terreno que hay entre el artista del performance y el show de burlesque, salvo su elaboración teórica y sus coartadas reflexivas. De Luna no es un iconoclasta sino alguien que festeja nuestra miseria física en los pocos momentos en que ésta es celebrable, y hace de esa puesta en escena una exigencia moral.  El lapso de sus ficciones —hay que llamarlas así aunque puedan tener un referente real concreto— se ejerce entre la vida sexual que sale de la interioridad en busca de lo colectivo y su posterior regreso a la interioridad cargada de sonrisas y —también— lamentos.

      El verdadero refinamiento de estos textos no está, pues sería demasiado obvio, en los sofisticados referentes culturales que maneja sino en su mirada, esa de la crueldad enternecida, en provocar la sonrisa iconoclasta e irla transformando en un gesto comprensivo. Si, como señala el poeta, todos desnudos somos hermosos, aquí se corrige el aserto, y se transforma en que todos desnudos tenemos algo triste, la melancolía de la derrota, y sólo a través de la creación —en este caso recreación— conservamos esa condición de belleza original. Saber que Marilyn Monroe olía mal o Johnny Weissmüller tenía el pene pequeño no les quita su condición icónica, simplemente los humaniza. Así, el escritor que nunca supe describir se sitúa a sí mismo en un libro como En un día claro se ve la noche (Nirvana Libros, 2018) como un irreprochable viñetista de nuestra esplendorosa miseria en la medida que toda fantasía es un paraíso perdido (que es el único paraíso que existe, en palabras de Borges).

 

La búsqueda del placer

Por eso toda la parafernalia de bebidas, comidas, prácticas sociales y culturales, pues la comida y la vista tienen que ver con la cerámica y los diseños, los materiales y las telas, el mobiliario y la atmósfera, es decir todo ello es vestimenta, una manera de evitar la desnudez y provocar el desnudamiento. El moralista participa en el hecho en que se pone en escena el desenfreno y en él aprende a mirarse, pero no puede estar dentro y afuera si no lo transforma en representación. Por eso la creación y la vida cotidiana no necesitan coincidir, y si lo hacen es por casualidad y como tal no prueba nada. Si se viviera lo que se escribe para qué escribirlo, lo que se hace es ponerlo en escena, que es una manera, a veces vicaria a veces más intensa, de vivir.

      Es, sin embargo, evidente que es una literatura fechada, que tiene que ver con la aventura que un par o tres de generaciones vivieron, impulsadas por el descubrimiento de la píldora anticonceptiva y frenada por la aparición del VIH. De allí parte la mirada retrospectiva sobre los referentes culturales. El happening, el performance, el body art son fósiles fascinantes de nuestra época. ¿Qué tiene que ver el circo Atayde con el Cirque du Soleil? Desde el público, De Luna mira el escenario en que hacen malabares los artistas canadienses y recuerda el circo de pueblo con una sonrisa cómplice. Toda transgresión tiende a volverse convención en la medida en que se hace realidad y pierde lo esencial de su atractivo. ¿Cómo evitar que se pierda? Volviéndolo ficción. El término, lo sabemos bien desde Borges, a quien cito por segunda vez, no es un sinónimo de invento o mentira sino que designa una relación distinta.

      El horizonte de la muerte, presente en varios de los textos, no les da un mayor relieve, es también en cierta manera un elemento descriptivo, como los vinos, las posiciones y las obras de arte que “adornan” los espacios y las situaciones. De Luna ha conseguido tener un tono muy particular en estos textos. La ironía no se transforma en sarcasmo, la narración se detiene en el filo de la burla, pero no se vuelve conmiseración, su ternura sólo encuentra sentido en la crueldad que legitima la escritura. Rito y cotidianidad se ponen a dialogar sin vergüenza y, ¡oh sorpresa!, se entienden entre ellos mejor de lo que pensábamos.

      Un escritor como Andrés es muestra de una literatura que alcanza un nivel de madurez tanto estilística como genérica. Un moralista como él aparece o irrumpe sólo cuando hay una moral en la que se refleja, la moral de la creación. Así, el mayor gesto moral es precisamente la escritura, y es que el terreno de la libertad que representa es a la vez el terreno de la búsqueda del placer.



Andrés de Luna

NTX/JME/VRP/JC