Aníbal Fernandez reina en el escenario de su decadencia

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Aníbal Fernández quedó en el frente de las críticas por sus desafortunados tuits
Aníbal Fernández quedó en el frente de las críticas por sus desafortunados tuits

Esta semana presenciamos una tragedia en tiempo real. El primer acto sucedió en las redes y quizás sea eso lo más asombroso. El ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, respondió un tuit del humorista Nik de una manera que una enorme cantidad de gente, no solamente miembros de la oposición, encontró inapropiada. No hace falta abundar mucho, todo se ha dicho: desde la amenaza velada que se lee en la difusión de una información privada hasta la posibilidad del antisemitismo pasando por referencias familiares. No hay mucho para discutir acerca de la fenomenal metida de pata de Fernández. Ya está en la historia de los desaciertos políticos.

Un ministro de la Nación, que acaba de asumir, que tiene a su cargo uno de los temas más candentes de los últimos años, que se supone que tiene en su haber una experiencia política enorme, acumulada en cargos ejecutivos a lo largo de todos los gobiernos peronistas desde que se retomó la democracia, se toma el trabajo de contestar un tuit de un ciudadano particular que ni siquiera lo mencionaba. Hay que hacer un esfuerzo fenomenal para imaginar la escena: el ministro, en lugar de ocuparse de sus menesteres, revisa en su celular tuits de personas que considera relevantes, encuentra el de Nik y decide tomarse el trabajo de responder.

Nik, sobre el pedido de disculpas de Aníbal Fernández: “He visto carpetazos y amenazas, pero nunca había visto meterse con los hijos”
Archivo


Nik, sobre el pedido de disculpas de Aníbal Fernández: “He visto carpetazos y amenazas, pero nunca había visto meterse con los hijos” (Archivo/)

Nik: “Aníbal me mandó un mensaje a mi WhatsApp y un mail horrible”

No solo eso, fiel a su estilo (ahí sí que no hay sorpresas) lo hace en tono compadrito y prepotente, convirtiendo una crítica genérica al Gobierno en una interpelación personal, lo cual sabemos es una forma de degradar la conversación pública. ¿No había en el escritorio del ministro una pila de carpetas describiendo problemas no resueltos? ¿No explotaba su celular de mensajes de personas que necesitaban respuesta a algún problema de seguridad o de asesores con propuestas para resolverlos?

El segundo acto apareció no mucho más tarde en la forma del asesinato de un menor. En Quilmes, en la mañana en que Aníbal Fernández se victimizaba por la repercusión de su tuit, un muchacho de 17 años salía de su casa minutos antes de las ocho de la mañana para asistir a sus clases en el colegio Papa Eugenio Pacelli. Otros chicos, apenas dos o tres años mayores que él, le quisieron robar bicicleta y celular. En el forcejeo, le dieron un puntazo y lo mataron.

Una vida segada a tan temprana edad: el crimen es tan atroz, la tragedia tan profunda que invita al silencio. Sin embargo, quedar callado por respeto al inmenso dolor de sus seres queridos termina disimulando lo que ya es imposible de tolerar. No se trata de hacer responsable al ministro de Seguridad, recién asumido, de cada víctima por un hecho de violencia.

De lo que se trata es de asumir que esa situación abismal vivida en un barrio de Quilmes que implica no una sino cuatro vidas arruinadas (a la víctima hay que sumarles a los victimarios, tan jóvenes y ya asesinos por nada) es ahora la situación de buena parte de la Argentina. Un país que se empeña a mostrarle a sus jóvenes que no tiene ningún futuro para ofrecerle. Con ese estado de cosas, un funcionario público, especialmente a nivel nacional y de esa área no está autorizado a ser frívolo.

El ministro podría haber tomado nota de la repercusión de sus dichos y adoptado un perfil más bajo, acorde a sus responsabilidades y a la gravedad del momento. Sin embargo, de todas las reacciones posibles eligió nada menos que la victimización. Lo hizo en un tuit desaforado, mal escrito, con errores de ortografía y cerrando con un poderoso, pero totalmente inadecuado grito político: “Ante el formidable ataque mediático sin precedente, que va desde las tapas de los diarios a muchos programas, por UN TWEET que quieren hacer decir lo que no dice, sepan las compañeras y compañeros que me enviaron su afecto, que los he leído y los agradezco de corazón Viva Peron!”.

La redacción es errática y faltan tildes en “mediático”, “corazón” y “Perón”, lo cual es curioso, porque son palabras bastante utilizadas por los peronistas. Lo más insólito, lo que habla de una desconexión total con la realidad, es el final vivando a su líder. Aníbal Fernández se ve a sí mismo como a un militante de la Resistencia de la década del 60, reprimido por las dictaduras, haciendo los dedos en V mientras las fuerzas de seguridad lo llevan detenido. En realidad, es un funcionario que antes de demostrar alguna eficacia en su función encuentra intolerable que se lo critique públicamente. El meme del perro grande, perro chico encuentra en esta victimización un ejemplo perfecto.

Y no es un detalle menor que el crimen que debería haberlo hecho optar por el arrepentimiento y el pedido de disculpas genuino (no esas formulaciones condicionales que son más insultantes que el insulto original) haya ocurrido en Quilmes. El niño muerto, los niños asesinos, la miseria, la inseguridad, la falta de futuro, todo eso se demostró en Quilmes, su propio territorio, en donde fue amo y señor y hoy, escenario de su decadencia.

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