Análisis: Washington sufre las convulsiones finales de la era Trump

Peter Baker
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WASHINGTON.- Tras 1448 días de guerra de trincheras con amigos y enemigos por igual, 1448 días de exabruptos por Twitter y violación de todas las normas de gobierno, 1448 días de dominio sobre el debate nacional y reescritura de la realidad para intentar ajustarla a sus necesidades, al presidente Donald Trump le llegó este miércoles la hora de la verdad. Y lo único que quedó fue el eco de sus ladridos.

Salvo que ocurra un imprevisto, el Congreso de Estados Unidos ratificará la derrota electoral de Trump con mayoría bipartidaria, a pesar de las frenéticas presiones para convencer a los republicanos de bloquear el conteo. Al mismo tiempo, los demócratas parecían a punto de ganar la segunda de dos elecciones de desempate en Georgia que le daría control del Senado y completaría la ocupación demócrata en las ramas ejecutiva y legislativa del poder.

El naufragio de la presidencia de Trump y los daños colaterales para el Partido Republicano pudieron verse en uno de los extremos de la Pennsylvania Avenue, mientras el negacionismo se manifestaba en el otro extremo de esa tradicional calle de Washington. Mientras los legisladores se dirigían hacia el Capitolio para recibir los votos electorales que sellaban la victoria del presidente electo Joe Biden, Trump quedó bramando fútilmente ante sus seguidores congregados en el frío inclemente del parque Ellipse, al sur de la Casa Blanca que Trump deberá desalojar dentro de 14 días.

"Nunca nos rendiremos", declaró Trump en el acto convocado bajo el lema de "Salvemos Estados Unidos", un manotazo de ahogado para justificar su fracasada apuesta electoral con falsas denuncias de fraude que ya fueron refutadas por las elecciones, los jueces y hasta su propio procurador general. "Nunca lo aceptaremos. No va a ocurrir. Cuando hay robo de por medio, no hay que aceptarlo. ¡Ya basta! Este país no lo va a aceptar."

En Washington fue un día convulsionado que presagiaba la inminente conclusión de cuatro turbulentos años que trastocaron todas las convenciones y desafiaron a las instituciones de una capital asentada en sus doscientos años de historia. Ni demócratas ni republicanos nunca supieron del todo cómo manejarse con esa estrella de reality de televisión que desafiaba las expectativas, las tradiciones, las reglas y la verdad. Algunos lo enfrentaban, otros buscaban manejarlo, y la mayoría de sus correligionarios optó por inclinar la cabeza, al menos hasta ahora, cuando el precio ya es demasiado alto. Pero lo cierto es que nunca terminaron de aceptarlo.

Mientras los manifestantes de parque Ellipse gritaban "¡A luchar por Trump! ¡A luchar por Trump!", el presidente se despachó contra los miembros de su propio partido por no ayudarlo a aferrarse al poder por encima de la voluntad popular. "Está lleno de republicanos débiles", disparó, y luego volvió a prometer venganza contra los que considera poco leales.

Señaló al gobernador de Georgia, Brian Kemp, un republicano que lo irritó por haberse negado a intervenir en la elección, describiéndolo como "uno de los gobernadores más tontos de Estados Unidos". Y después se descargó contra William Barr, el procurador general que no validó sus reclamos electorales. "Bill Barr se dio vuelta de golpe", se quejó Trump.

Otros oradores, incluidos sus hijos Donald Trump Jr. y Eric Trump, criticaron a los legisladores republicanos por no defender a su padre. "Esta manifestación debería ser un mensaje para todos aquellos que no hicieron nada para detener este robo", dijo Donald Jr. "Este Partido Republicano ya no les pertenece a ellos. Este es el Partido Republicano de Donald Trump."

Para muchos republicanos, el problema era precisamente ese. Por más que a Trump la presidencia se le escurría entre las manos, los republicanos lo atacaban más y más, furiosos por las derrotas en Georgia, que atribuyeron al comportamiento errático del presidente desde las elecciones del 3 de noviembre y por las presiones sobre los legisladores para que se pusieran a favor o en contra de una elección democrática.

Gabriel Sterling, alto funcionario electoral de Georgia y un republicano histórico que ha refutado enérgicamente las falsas afirmaciones del presidente sobre irregularidades en las elecciones en su estado, dijo que Trump es "100 por ciento responsable" de las derrotas del partido en las elecciones senatoriales de desempate del martes. El exsenador Jeff Flake, de Arizona, uno de los republicanos más críticos del Trump, dijo en CNN que los resultados de las elecciones de Georgia fueron "una coda adecuada para el final del gobierno de Trump".

Los titulares de algunos sitios web de medios conservadores fueron implacables.

"Trump y sus operadores le robaron las elecciones a los republicanos de Georgia", declaró una columna de The Washington Examiner.

"¡Los demócratas tienen control del Senado! Barren en Georgia. Nuevo amanecer para el progresismo. ¡Gracias Donald!", rezaba el titular de The Drudge Report, un medio que rompió con Trump hace unos meses.

En cuanto a los demócratas, estaban felices por la victoria confirmada del reverendo Raphael Warnock y la posible victoria de Jon Ossoff en Georgia, que de concretarse resultaría en un 50-50 en el Senado, con la votación de desempate de la vicepresidenta electa Kamala Harris que confirmaría la mayoría para los demócratas. "Se siente como un nuevo día", escribió exultante el senador Chuck Schumer, de Nueva York, a punto de convertirse en jefe de la bancada mayoritaria.

Pero Trump no estaba dispuesto a admitir nada y seguía presionando al vicepresidente Mike Pence para que hiciera lo que incluso el veterano abogado del presidente, Jay Sekulow, dijo que el vicepresidente no tenía el poder de hacer: rechazar a los electores de estados indecisos donde perdieron los republicanos. "Espero que Mike haga lo correcto", dijo Trump. "Así lo espero, porque si Mike Pence hace lo correcto, ganaremos las elecciones."

Traducción de Jaime Arrambide