Los amotinados del 6 de enero no aman a EEUU; odian y temen al país en que nos estamos convirtiendo | Opinión

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Fue un acto de amor al país.

Esto es lo que se nos ha dicho repetidamente sobre el motín en el Capitolio, hace un año esta semana. La afirmación comenzó, cómo las mentiras descaradas que aparecen tan a menudo, con Donald Trump. “Estas son las cosas y los acontecimientos que suceden”, dijo, “cuando una victoria electoral sagrada y aplastante es arrebatada de manera tan poco ceremoniosa y viciosa a grandes patriotas que han sido mal e injustamente tratados durante tanto tiempo”.

Esto es lo que tuiteó esa tarde. Después de que los muros fueran escalados y las ventanas destrozadas, después de que se fracturaran huesos y se derramara sangre, después de que los legisladores se atrincheraran y el vicepresidente huyera, después de que el edificio fuera saqueado y las paredes manchadas, después de que se hicieran disparos y muriera una mujer, después de un día que vivirá absolutamente en la infamia, esa fue su respuesta: Los “grandes patriotas” habían hecho todo esto después de haber sido engañados con sus votos.

Fue una declaración de una mendacidad tan asombrosa un año después, sigue habiendo cero evidencia de un fraude electoral significativo— que uno se atreve a esperar que incluso los llamados conservadores la rechacen.

Pero el Partido Republicano es el lugar donde el valor moral va a morir, por lo que en el año siguiente, el embuste de Trump se ha convertido en moneda de cambio en la derecha. El representante Paul Gosar ha calificado de “patriotas pacíficos” a los artífices del peor ataque al Capitolio desde la Guerra de 1812. Tucker Carlson los llamó “estadounidenses sólidos”. El senador Ron Johnson dijo que eran “gente que ama a este país”.

La derecha se ha resistido tenazmente a la idea de exigir responsabilidades al hombre —Trump— que convocó a los amotinados, que los exhortó, como si fuera el coach de football Vince Lombardi en un discurso previo al partido, y los apuntó como una pistola al corazón de la democracia estadounidense.

Esta negativa a imponer consecuencias, combinada con la aprobación de leyes diseñadas para restringir el acceso de los votantes de tendencia demócrata a las urnas y la instalación de representantes leales a Trump en puestos de autoridad sobre las elecciones estatales, sugiere con fuerza que los acontecimientos del 6 de enero acabarán siendo no un hecho aislado, sino un ensayo general de algo mucho peor.

Porque, ya ven, ellos “aman” mucho a Estados Unidos. Ah, y sus votos fueron “robados”.

En este primer aniversario, parece apropiado —de hecho, necesario— llamar a esa afirmación por la despreciable patraña que es.

¿Sabes a quién le han robado los votos? En realidad, ¿realmente robado?

A las mujeres, que no tuvieron ningún derecho de voto garantizado por el gobierno federal hasta que se aprobó la Enmienda 19 en 1920, a los asiáticoamericanos, que no disfrutaron de pleno acceso al derecho de voto hasta la Ley McCarran-Walter de 1952, y a los afroamericanos, cuyo derecho de voto fue ampliamente denegado hasta la Ley de Derecho de Voto de 1965; y, aun así, sigue estando amenazado hasta el día de hoy.

¿Y saben quiénes amaban a Estados Unidos? Ellos. Lo amaban lo suficiente como para pasarse décadas discutiendo con él, trabajando en sus tribunales, exigiéndole que venerara sus propios ideales. Nunca asaltaron el Capitolio. Amaban a Estados Unidos lo suficiente como para creer en él.

Así que es más que irritante escuchar a estos gánsteres de la democracia, estos mocosos malcriados que atacaron la sede del gobierno porque, por Dios, perdieron unas elecciones, alabados como avatares del amor al país. No, son avatares de la cobardía, del miedo al cambio demográfico.

¿Y el amor? Aman los rebuznos del fascista, las respuestas fáciles del demagogo, los razonamientos del populacho, la justicia de los puños y la fuerza, el silencio impotente de los desfavorecidos y despreciados.

No aman a Estados Unidos. Aman un país que no existe.

Todavía.

Pitts
Pitts
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