Lo que la pandemia nos enseñó sobre los amigos y a quién queremos de regreso "cuando todo esto termine"

Alex Williams
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No es como si 2020 haya sido un año sin amigos. Brindamos en fiestas de cumpleaños por Zoom, organizamos noches de concursos en Google Meet y pasamos más tiempo que nunca esperando en filas, sin duda un gran lugar para hacer nuevos amigos.

Yo incluso hice un nuevo amigo. Su nombre es Josh y es un escritor que vive en mi vecindario. Durante años, Josh permaneció en la categoría de “tipo genial que sin duda debería conocer mejor”. La vida se interpone en el camino.

Pero la vida cambió en marzo del año pasado. Cuando nuestras familias se unieron en una misma burbuja, Josh se convirtió en una especie de salvavidas para mi cordura mientras otros amigos desaparecían. Asamos hamburguesas en un clima de 1 grado Celsius y nos estresamos sobre política mientras nuestros hijos jugaban al escondite. La crisis creó una cercanía.

Unos amigos pasan el rato en Queens, el 21 de marzo de 2021. (Jeanette Spicer/The New York Times)
Unos amigos pasan el rato en Queens, el 21 de marzo de 2021. (Jeanette Spicer/The New York Times)

Sin embargo, pasar todo ese tiempo con Josh también me hizo darme cuenta de cuánto se había reducido el resto de mi vida social. Muchos amigos desaparecieron dentro de sus propias burbujas. Nuestro amigo en común, Jay, quien me presentó a Josh, estuvo en su casa de Connecticut durante toda la pandemia. Todavía tengo la botella de whisky envuelta en papel de regalo que le compré para su cumpleaños 40, en febrero de 2020.

¿Mis amigos en Los Ángeles? Pues, se quedaron en Los Ángeles. ¿Mis amigos de la universidad? Nuestra última reunión fue el 11 de marzo de 2020: cenamos en TriBeCa. Nos enteramos de que la NBA había suspendido la temporada mientras disfrutábamos nuestras ostras.

Atrás quedaron las noches de martes de póquer que estábamos intentando convertir en costumbre (alguien todavía me debe 14 dólares). Atrás quedaron las cenas con las parejas que veíamos cada tres meses. Y aparentemente, atrás quedó la mitad de los amigos que son padres de los compañeros de escuela de nuestros hijos.

¿No tenemos todos historias parecidas? Para muchos de nosotros la pandemia fue un gran cernedor social, una reducción de nuestros círculos de amigos más amplios a un grupo mínimo esencial: aquellos que estaban próximos y disponibles en nuestro círculo de confianza.

¿Todos los demás? Bueno, quedaron “en espera” hasta que “todo esto termine”, por citar una frase trillada. Pero dado que los estadounidenses están recibiendo más de dos millones de dosis de vacuna al día, ese día podría estar cerca. La suposición común es que todos estamos contando los minutos para volver a salir, y lanzarnos de cabeza entre multitudes alegres como fiesteros en carnaval. Las fiestas en casa con la música a todo volumen. Las pistas de baile sudorosas. Darnos codazos para pedir un trago en un bar a reventar. En resumen: ¡gente!

Y para muchos, eso sin duda es cierto. Quizás no para todos. Un año es mucho tiempo. La gente envejeció, se mudó. Algunas personas se casaron, otras se divorciaron. La gente cambió. Otros fallecieron. En el proceso, las redes sociales que nos conectaban llegaron al límite de su capacidad.

“Todos han cambiado su manera de interactuar”, afirmó Rebecca G. Adams, profesora de sociología y gerontología en la Universidad de Carolina del Norte en Greensboro, que estudia las redes de compañeros. Durante el año pasado, dijo, dejamos de explorar y a menudo limitamos nuestros raros encuentros a pequeños grupos de personas de confianza. No obtuvimos nuevas amistades.

“Si no puedes salir a lugares públicos”, dijo Adams, “no haces nuevos amigos casuales, y los amigos casuales que ya tienes simplemente desaparecerán de tu radar. No sabemos cuál será el efecto duradero de estas alteraciones sociales”.

Estamos a punto de averiguarlo. Es más que razonable preguntarse si seremos capaces de revivir todas esas amistades que pasaron un año “en espera”, e incluso si acaso queremos hacerlo.

Unos amigos se pasan un celular en Brooklyn, el 20 de marzo de 2021. (Jeanette Spicer/The New York Times)
Unos amigos se pasan un celular en Brooklyn, el 20 de marzo de 2021. (Jeanette Spicer/The New York Times)

La música ambiental de otros humanos

Recuerda el fantástico festival de música electrónica Neverland de 2019. Recuerda las fiestas a las que fuiste, los picnics, las noches en las discotecas. ¿Dónde están todas esas personas ahora? ¿Cuánto las extrañas?

Depende de los amigos, obviamente.

Los amigos por lo general caen en categorías, como esos viejos afiches de pirámides alimentarias en el comedor de la escuela, excepto que, en este caso, el pequeño triángulo en la cima es donde están los mejores amigos que más te nutren. La amplia base de la pirámide representa a los conocidos, los casi amigos, los amigos de los amigos y a las personas amigables que, al igual que los panqués de matcha y las salchichas envueltas, son geniales para picar como bocadillos en una fiesta, pero no llegan a ser una comida completa.

Este tipo de conocidos casuales pueden ser categorizados como relaciones de “vínculo débil”, para invocar un término acuñado por el sociólogo de la Universidad Stanford Mark Granovetter en la década de 1970, y recordado por Amanda Mull en un artículo de The Atlantic en enero. Fueron los primeros en desaparecer durante la pandemia, cuando las tiendas, los restaurantes y las oficinas cerraron.

Mull les brindó un panegírico a estos casi amigos que repentinamente desaparecieron de su vida: “El chico que siempre está en el gimnasio al mismo tiempo que tú, la barista que comienza a hacer tu pedido habitual mientras todavía estás al final de la fila”.

Si bien es posible que no tengas el número de estas personas en tu celular, son importantes en su conjunto, dijo Adams, quien lo siente en su propia vida. Como una fanática de la música, Adams extraña a las multitudes que bailaban y llenaban los clubes de Greensboro. Ya se aventurará a regresar a esos lugares en algún momento. La escena será diferente.

Demasiado casual, íntimo, distante, lejano

Lo más probable es que otra persona ocupe el lugar de esa barista amigable que desapareció.

Pero, ¿qué sucede con los amigos de segundo y tercer nivel, esas personas con las que todavía eres lo suficientemente formal como para intercambiar correos electrónicos, pero no mensajes de texto? La compañera del trabajo demasiado sincera con la que solías chismear mientras bebían unos tragos antes de que la despidieran durante la pandemia; los padres de familia con los que te quedabas a conversar un rato a la hora de la salida de la escuela; la hilarante víctima de la moda que se unía a tus salidas a los clubes antes de esfumarse a Miami.

Las amistades casuales se basan principalmente en la proximidad y la conveniencia, más que en una conexión verdadera”, dijo Irene S. Levine, exprofesora de psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York, quien escribe sobre la amistad. “Están vinculadas a una situación”.

El solo concepto de proximidad suena risible. Según una firma de investigación, Unacast, que analizó datos del GPS de millones de celulares, los estadounidenses se reunieron en grupos un 80 por ciento menos que antes de la pandemia.

Las burbujas pandémicas que muchos de nosotros creamos tal vez fueron un factor. Por definición, unirse a una burbuja significa ver a pocas personas fuera de ella. Y una vez dentro, esa burbuja puede volverse ligeramente parecida a un culto, con matices de “nosotros contra el mundo”. Desarrollas chistes internos y un lenguaje compartido. Todos los demás están fuera del círculo de confianza. ¿Cuán cuidadosos son? ¿Será seguro pasar el rato con ellos?

Shana Beal, directora de comunicaciones de una organización sin fines de lucro que vive en Greenbrae, California, vio cómo su círculo social se redujo a unas pocas personas cuando estuvo de vacaciones con su familia y otras dos amigas en una casa aislada por la nieve en el lago Tahoe al comienzo de la pandemia.

Al regresar a casa, el “Equipo coronavirus”, como se autodenominaron las mujeres, pasó los siguientes meses enviándose mensajes de texto varias veces al día: “¿Debemos limpiar lo que compramos en el supermercado?”, “Mi esposo y yo estamos peleando otra vez, quiero gritar”.

“Estaba en picada, presa del pánico, leyendo noticias sombrías, trabajando, criando niños, explotando por dentro”, dijo Beal, de 40 años. “Pero saber que tenía a estas dos mujeres disponibles cuando las necesitara me ayudaba a soportarlo”.

Pero también eran lo único que tenía. Incluso hoy, no hay citas para que los hijos jueguen con otros niños, “horas felices” de bares ni cenas con otros amigos. “Es solo este grupo y nuestra familia”, dijo Beal. “Ellos me entienden. Han visto lo malo y lo feo”.

Los celulares y las computadoras portátiles omnipresentes que mantienen unidos a los amigos lejanos quizá también, paradójicamente, ayudaron a distanciarlos. Parte de esto se debió a una mera cuestión de números. ¿Cuántas personas puedes incluir en un chat grupal antes de que se convierta en un caos? ¿Cinco, siete? No todo el mundo será seleccionado.

¿Dónde están tus amigos esta noche?

¿Y qué sucede con nuestros amigos más cercanos? La gente de Wall Street a menudo habla de una “huida hacia la calidad”, la tendencia de los inversores a abandonar las acciones más riesgosas y menos establecidas y preferir acciones de rentabilidad segura durante una crisis. Lo mismo podría decirse de las amistades durante la pandemia, ya que hemos reducido nuestra cartera de amigos a cantidades conocidas.

Las tragedias personales, en un año que ha estado lleno de ellas, a veces tuvieron el mismo efecto.

“Yo siempre mantenía mi red más amplia de conocidos cerca de mí, por seguridad”, dijo Amy Lin, de 31 años, maestra de escuela en Calgary, Canadá. En agosto perdió a su esposo de manera repentina por una enfermedad no relacionada con el COVID-19. “Todo lo que tenías establecido con tanto cuidado desaparece”, afirmó, “y ese dolor no para de gritarte: ‘¡Estás sola!’”.

Lin comentó que, al mes siguiente de su pérdida “tuve que tomar decisiones muy específicas sobre con quién pasaba el tiempo, y las personas con las que pasé tiempo han tenido que cargar con un peso muy grande en cuanto a mi duelo”.

Eso incluyó a una de sus mejores amigas, quien condujo 3 horas para recogerla en el hospital donde falleció su esposo. Y a los amigos que caminaron con ella bajo temperaturas heladas cuando necesitaba hablar. Lin se dio cuenta de que no necesitaba esa enorme red de seguridad de conocidos.

“No sé si habría encontrado este tipo de amistad radical sin estas circunstancias horrendas”, confesó. “Mis mejores amigos, sin ninguna duda, estuvieron allí para mí”.

La cantidad adecuada de amigos

Ahora estamos en primavera. El clima está mejorando, los restaurantes, bares y estadios están volviendo a llenarse, y las tasas de COVID-19 se han desplomado a nivel nacional. Es hora de reunir a la vieja pandilla, ¿cierto?

Para muchas personas, seguro que sí. Pero no siempre es tan sencillo.

“Nos acercamos a un final, y cuando las personas se acercan a los finales, tienden a saborear en vez de explorar”, dijo Laura L. Carstensen, profesora de psicología en la Universidad Stanford, que fundó un centro sobre la longevidad. Ante el cierre de un capítulo, tendemos a “centrarnos en personas y posibilidades conocidas, no en lo expansivo, lo nuevo. No pensamos: ‘Vamos a probar cosas nuevas’”.

Los estudiantes universitarios y los jóvenes adultos solteros, explicó Carstensen, tienen más probabilidades de regresar al estilo de vida prepandémico, al coleccionar amigos en masa para maximizar sus oportunidades de encontrar parejas, construir carreras y hallar su lugar en el mundo. A juzgar por las multitudes de vacacionistas primaverales que inundaron las playas de Florida este mes, sin mencionar a los grupos de veinteañeros que atestan las fiestas clandestinas sin cubrebocas, muchos parecen estar más que listos.

Otros también aprendieron a apreciar la simple calma de todo esto.

“Finalmente, la cultura en general dio permiso para que uno no tuviera que asistir a todo”, dijo Lisa Cochran, de 39 años, madre y ama de casa que trabaja medio tiempo en la empresa de plomería de su esposo en Fairfax, Virginia. “Hay algo de libertad en eso”.

Incluso los extrovertidos aprendieron lecciones al replegarse.

LaTonya Yvette, de 31 años, estilista y bloguera de Brooklyn, solía organizar fiestas enormes. Eran días de ruido, decenas de personas gritando para ser escuchadas por encima de otras. De la energía compartida de cuerpos, conocidos o no, amontonados y ceñidos. Sin embargo, Yvette ha llegado a disfrutar las amistades íntimas que florecieron el año pasado, como la de un vecino que empezó a cantar con ella en su pórtico todas las noches a las siete durante los días más oscuros de la primavera pasada.

“Estoy muy agradecida de tener más espacio emocional”, afirmó Yvette. “No me veo cambiando eso. No quiero que eso necesariamente cambie”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company