Amigas por un fin de semana

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La primera vez que subí a un avión tenía 19 años, estaba en la universidad, segundo semestre, pero si nos hubieran visto corriendo en el aeropuerto después de haber sido voceadas como niñas perdidas en el supermercado seguro pensarían que teníamos 8.

Íbamos a un evento relacionado con la Universidad, recuerdo que tuve que pedir el viernes en el trabajo de medio tiempo para poder asistir e irme con mis compañeras, gasté todos mis ahorros -que claro, eran pocos- en esos boletos de avión y el viaje en si mismo. Para bien o para mal una de las características de ir en una universidad pública es la pluralidad de perfiles que te acompañan una vez que logras ingresar, se intentan borrar las líneas divisorias entre el nivel socioeconómico y el educativo, o bueno, al menos en el discurso se supone que así funciona.

No me gustaría que se confunda la narrativa con una queja contra el sistema, es sólo para explicar el contexto. Nunca me faltó nada, pero siempre me ha costado todo; más trabajo, más esfuerzo, más atención, en fin…bien es cierto aquello de que nadie sabe lo qué hay detrás de cada persona, por eso mejor evitar juzgar al libro por la portada o incluso por la reseña o por quien lo recomienda.

Llegamos a La Paz, allá se llevaba a cabo el dichoso symposium, por fortuna logramos ser parte del staff, lo cual nos consiguió alojamiento, alimentos y transportación con bajo costo, fue un fin de semana lleno de conferencias interesantes, comida deliciosa pero sobre todo de conocer gente cariñosa y muy amable, un día antes de nuestro regreso programado decidimos salir a divertirnos y conocer algunos bares, lo que quizá nos falló fue poner alarmas para despertarnos en tiempo y medir los traslados, así que a la mañana siguiente salimos a toda prisa de la casa que nos habían prestado para quedarnos y llegamos lo más rápido posible al aeropuerto, pero no fue suficiente, y para sorpresa de mi yo del presente en ese entonces los vuelos salían muy a tiempo, o bueno, no exageremos, ese día si estaba en tiempo por lo que todas perdimos el avión, y para colmo de todo por salir corriendo había dejado olvidado mi teléfono (que en ese entonces no era para nada un smartphone, sólo phone).

Corriendo entre mostradores mis amigas consiguieron un vuelo que salía hacia nuestro destino casi que en ese mismo momento pero por otra aerolínea, ellas que podían compraron los boletos para ese nuevo vuelo mientras que yo analizaba mis opciones, puesto que no tenía más que lo justo para pagar una diferencia y volar al día siguiente en el mismo horario del vuelo perdido y no había logrado comunicarme con nadie que pudiera ayudarme.

Ellas, mis amigas; se fueron y yo me quedé sola e incomunicada con un boleto de ida para el día siguiente, en un aeropuerto que no estaba abierto las 24 horas y sin dinero, así que hice lo que cualquiera hubiera hecho: me solté a llorar, y me senté desconsolada a sacar toda esa frustración e impotencia.

Justo estaba en medio de ese momento de llanto descontrolado cuando, una de las chicas del mostrador de la aerolínea que se había percatado de todo lo que había sucedido se me acercó, me ofreció un pañuelo y me dio acceso a un teléfono para hacer llamadas. Llamé a mis padres quiénes no fueron de mucha ayuda, pero al menos podrían avisar en mi trabajo que no llegaría en la fecha esperada, también me facilitó el acceso a una computadora y

mediante facebook pude localizar al chico que nos había dado hospedaje y le escribí un mensaje para que guardara mi teléfono, claro que, entonces la gente no respondía en esa red social de forma inmediata, así que habría que esperar.

Mercedes y su compañera Mónica trabajaban juntas en el aeropuerto y ya me habían ayudado a hacer el trámite del cambio del vuelo y así evitar la necesidad de comprar uno nuevo. Lo que no me esperaba es que además de eso me invitaran a comer con ellas y me ofrecieran hospedaje para ese día.

Es increíble cómo aunque ahora comprendo la situación en ese momento que me sentí completamente sola y abandonada hasta por mis amigas, fueran dos mujeres desconocidas quiénes me tendieran la mano y me ayudaran a ver el otro lado de la situación. Me pidieron que las esperara mientras terminaban sus turnos, después me llevaron a comer, después a casa de una de Mercedes a dejar las cosas, ducharme e instalarme. Yo me sentía proporcionalmente agradecida y apenada, no paraba de decir gracias ante aquellas muestras de solidaridad y empatía, por si no fuera suficiente Mónica le contó a su familia y nos invitaron a cenar a su casa, personas maravillosas que sin dudarlo me abrieron las puertas de su cada, hoy sigue pareciéndome tan extraordinario como aquel día, hablamos, comimos, compartimos anécdotas y resultó que hasta conocían a algunos de los organizadores del symposium, un gran cierre para un día que no había comenzado del todo bien.

Hay personas salvavidas que quizá sin saberlo cambian tu vida y la marcan para siempre. A la mañana siguiente salimos muy temprano de casa de Mercedes ya que ella debía abrir el mostrador, antes de abordar se me acercó y me dio un paquetito con un burrito y un yogurt para el camino, la abracé fuerte y de nuevo le agradecí.

Aquella noche por fin regresé a casa y dormí tranquila, un par de días después me escribieron vía facebook (seguía un tanto incomunicada) para decirme que habían ubicado a nuestro anfitrión y no sólo eso; sino que me habían enviado mi teléfono en avión. Aún ahora que lo escribo se me dibuja una enorme sonrisa al recordar aquello, por eso es que cada oportunidad que tengo de ser tantito como ellas la aprovecho, no porque quiera que alguien un día cuente una historia como esta sino porque se lo que se siente y cómo transforman los actos de bondad nuestra vida y la de los demás. Mi historia pudo haber sido completamente distinta si no me hubieran dado la mano aquel día, aprendí valiosas lecciones durante ese fin de semana y debo confesar que hasta el día de hoy cuando debo de tomar un avión temprano me acuerdo de aquello y pongo varias alarmas, ah y ya no viajó con esas mismas amigas.

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