Ambición y desorden, la impronta de Alberto Fernández para ganar su primera batalla

Jorge Liotti

Un importante exfuncionario de la administración macrista miraba por TV el tratamiento en el Congreso de la ley de emergencia económica y no pudo evitar el comentario obvio: "¿Te imaginás si esto lo hacíamos nosotros?". La reflexión, sencilla en apariencia, disimulaba en realidad dos interpretaciones.

Por un lado, exhibía la vigencia de la vieja discusión entre shock y gradualismo, el camino que finalmente tomó Cambiemos para evitar un mayor daño social. Alberto Fernández se llevó en tres días un volumen de atribuciones que Mauricio Macri no pudo acumular en sus cuatro años de gestión, y no solo por no tener mayoría parlamentaria. Una exhibición de poder avasallante amparado en la premisa de que todo el costo hay que pagarlo de arranque. Un debate estratégico que puede condicionar el éxito de una gestión.

La otra arista de la reflexión del exministro está vinculada con la probable reacción política y callejera que se hubiese generado. El legado de las 14 toneladas de piedras que pesó Patricia Bullrich tras la aprobación de la reforma previsional de 2017.

El sistema político argentino tiene una estructura y una dinámica que favorece la gestión de los gobiernos peronistas. Cuando gestiona una administración de otro signo, el sistema parece detectar un cuerpo extraño y activa mecanismos de autoprotección. Y si, además, comete la cantidad de errores del gobierno de Macri, mucho peor.

Los gobernadores que eran remolcados a la Casa Rosada por Cambiemos, a pesar de haber recibido fondos de coparticipación, posaron en un salto esta semana para firmar el fin del pacto fiscal que les refresca los ingresos impositivos. Los gremios y movimientos sociales que obtuvieron importantes concesiones de Macri nunca ocultaron una incomodidad que no exhiben estas semanas. Los industriales dicen por lo bajo que ahora pueden dialogar con funcionarios que comprenden la necesidad de reactivación. La Iglesia se sentó a la mesa de Fernández, con protocolo y todo. Y la Corte Suprema brindó el lunes con la ministra Marcela Losardo por la independencia del Poder Judicial.

La Argentina acaba de conseguir un logro institucional histórico: por primera vez en casi un siglo un gobierno no peronista puede terminar en tiempo y forma su mandato. El desafío pendiente es más profundo: que el sistema naturalice la alternancia.

Alberto Fernández ganó su primera gran batalla política y logró, así, una reafirmación vital en la construcción de su poder. El proyecto tiene su sello y el de su equipo. Trabajaron allí Martín Guzmán, Matías Kulfas, Cecilia Todesca, Santiago Cafiero, Vilma Ibarra, Gustavo Beliz, entre otros.

Descomunalmente ambicioso, Fernández introdujo una decena de reformas de calibre grueso en su primera movida. Dio vuelta la pirámide social de un saque con un torniquete impositivo y cambiario a las clases media y alta, e incentivos económicos a los sectores más humildes. Urgencia de asistencia social y, también, correlación directa con su electorado.

Quedó con las manos libres para reformar el cálculo de las jubilaciones, en una demostración de que la heterodoxia puede estar sazonada con dosis de recetas clásicas. Según los economistas, las medidas representan entre el 1% y el 1,5% del PBI y puede ser una carta aceptable para renegociar la deuda.

Casi se lleva también el famoso artículo 85, con atribuciones para reformar todos los organismos descentralizados, un gesto que a esa altura del proyecto parecía pura avaricia. El brazo ejecutor en el Congreso lució vigoroso, con Sergio Massa y Máximo Kirchner consiguiendo el quorum y los votos a plena rosca.

Puro albertismo

Todo fue puro albertismo; Cristina Kirchner lució apartada de la cocción del plato. Así pareció inaugurarse una dinámica distributiva: el Presidente, a cargo de la administración de la crisis; ella, de los temas sensibles (Seguridad, con Sabina Frederic; la AFI, con Cristina Caamaño; Justicia, con Carlos Zannini y Juan Mena; Cultura, con Tristán Bauer). Él, al frente de la administración nacional; la vicepresidenta, guardiana de la gestión bonaerense de Axel Kicillof.

Además de avasallante, el proceso también fue desordenado. El fin de semana, Cafiero había dado precisiones sobre el proyecto, que se desvanecieron el lunes en la voz del propio Fernández. El domingo, Massa recibió en su casa a los macristas Cristian Ritondo y Álvaro González para adelantarles detalles que nunca estuvieron en el texto que llegó el martes al Congreso. Todo fue mutando minuto a minuto en un caótico devenir que dejó sus secuelas.

Por eso, el Gobierno adoleció de defensores públicos del proyecto, una carencia que le hizo pagar costos altos en materia de percepción pública. Especialmente cuando se desató el escándalo por las jubilaciones especiales de jueces, políticos y diplomáticos, una demostración de que la dirigencia nunca deja de subestimar el malestar social a la hora de los intereses particulares.

Bilardista, un hombre que no deja de pisar la sombra de Fernández sintetizó: "Lo único importante era sacar la ley. Era la demostración de poder que necesitábamos". Ni siquiera hubo consultas a la Corte Suprema para saber si los apoyarían ante las demandas judiciales que seguramente generarán los cambios jubilatorios (en 2019 el máximo tribunal emitió 16.000 fallos solo en materia previsional, cuando su promedio anual es de 12.000 sentencias en total).

Fernández no se siente incómodo con cierta desorganización. Disfruta de tomar decisiones repentinas. Prefiere mostrarse activo, aunque eso lo lleve a retrocesos que difícilmente califique como tales.

El Presidente se esforzó mucho en lucir dialoguista y abierto a los cambios, aunque en realidad no haya resignado nada sustancial del proyecto. Lujos que puede darse gracias a su mayoría parlamentaria.

Muy funcional a ese propósito fue el guiño cómplice de Juan Schiaretti y la definitiva reconciliación con el lavagnismo (el exministro ya colocó cinco funcionarios en distintos cargos, empezando por su hijo Marco en el Indec y dialoga periódicamente con Fernández).

Con sus legisladores activó una negociación del articulado poco comprometedor para el espíritu de la ley. Así, buscó eludir comparaciones con aquellas viejas imágenes de kirchneristas inflexibles llevándose iniciativas del Congreso sin hacer concesiones. Una representación que suma a la construcción del perfil propio que persigue el albertismo. Peronismo de buenos modales. Poder y Twitter.

No complicar el arranque

Tampoco Juntos por el Cambio estuvo en condiciones de frustrarle los festejos. En su debut como oposición mostró su propósito constructivo para no complicar el arranque del nuevo gobierno, y, al mismo tiempo, expuso cierto estado de anarquía interno.

Como aporte institucional tuvo dos gestos insoslayables: en Diputados permitió la jura de 23 legisladores para que el oficialismo contara con quorum propio, y en el Senado se quedó afuera del recinto para que el peronismo lograra los dos tercios necesarios para tratar la emergencia sobre tablas. La ley hubiera salido igual, pero la oposición facilitó el proceso. Una mezcla de concesión inicial al flamante gobierno, con admisión de la herencia transferida.

Al mismo tiempo, lució su dispersión. El radicalismo quedó partido entre el ánimo cooperativo de Gerardo Morales y la línea menos concesiva de Mario Negri. El jujeño dice que intervino porque hubo un sector que quería bloquear la jura de los nuevos diputados. En el Congreso, en cambio, sostienen que lo hizo porque está complicado con las cuentas y asumió compromisos tras firmar el freno al pacto fiscal con Fernández.

En Pro ocurrió algo parecido. Macri no se involucró y solo habló con sus guardianes mediáticos más activos para promover una postura intransigente. Lo hizo antes de partir a Qatar para ver la final de la Copa Mundial de Clubes. Cuestión de preferencias. Horacio Rodríguez Larreta, como suele hacer, se preservó sin exponerse demasiado porque entiende que su tiempo aún no llegó. En este estado de situación los principales interbloques opositores se quedaron sin referencias y actuaron con cierta autonomía. La mesa política que inauguraron poco antes de dejar del poder ni siquiera se reunió.

Fernández empezó a tomar impulso y a dejar su impronta, avasallante, desordenada, dialoguista. Le alcanzó para llevarse un paquete legislativo que le permitirá renegociar la deuda con una carta de intención efectiva y para gobernar sin depender demasiado del Congreso en los primeros meses. No es poco para los primeros diez días. Ahora deberá demostrar que la herramienta es eficaz. Lo aguardan las asperezas de una crisis muy profunda.